La puerta se cerró detrás de ellos con un clic sutil, amortiguando el mundo exterior.Lauren sintió que el aire cambiaba. Más denso. Más cálido. Cargado de un perfume amaderado con toques dulces, sándalo y ámbar, tal vez. Las velas repartidas por la sala creaban sombras largas en las paredes rojas, que parecían palpitar con una respiración invisible. Cojines grandes cubrían el suelo, y en el centro, sobre una mesa baja de madera oscura, reposaban rollos de cuerda de algodón japonés, perfectamente enrollados. Roja, negra y una dorada.Yusuf cruzó las manos a la espalda y la observó en silencio durante algunos instantes. Ninguna música. Ninguna palabra. Solo el sonido de la propia respiración de Lauren, un poco más rápida que antes, y cada vez más consciente.Finalmente habló, en voz baja.— Quítate los zapatos. Lentamente.Ella dudó, luego se inclinó, primero el derecho, después el izquierdo, los tobillos firmes a pesar de las manos temblorosas. El suelo estaba tibio bajo sus pies.— A
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