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Acta Falsa: Me Casé con Su Tío
Acta Falsa: Me Casé con Su Tío
작가: Mendoza Z.

Capítulo 1

작가: Mendoza Z.
—Hola. Quiero solicitar un duplicado de mi acta de matrimonio.

En el Registro Civil, Celina entregó los documentos y su identificación.

La funcionaria los recibió sin levantar la cabeza y tecleó algo, mientras murmuraba:

—Nombre: Celina Blasi…

La luz de la pantalla se reflejaba en sus lentes, con una frialdad fría, cortante.

Unos segundos después, el tecleo se detuvo.

La funcionaria alzó la vista. Por primera vez la miró de frente, con una mirada rara, evaluándola.

—Señorita, ¿dónde tramitó este documento?

A Celina se le hizo un nudo en el estómago, pero por fuera se mantuvo serena.

—Aquí mismo.

—Es imposible.

La funcionaria le devolvió la carpeta húmeda, tajante.

—En nuestro sistema no aparece ningún registro de su matrimonio.

Señaló la pantalla, como si fuera una broma.

—Si no me cree, mire usted misma: Celina Blasi, soltera.

***

Afuera el sol brillaba con fuerza, pero Celina sintió que se le nublaba la vista, como si al mundo le hubieran bajado el volumen de golpe.

Héctor Girón era su novio desde la universidad. Cinco años juntos. Y el mes pasado habían "firmado" el acta.

Aunque Héctor era de una rama secundaria de los Girón, la amaba, si no, no la habría perseguido durante un año entero.

Celina respiró hondo y volvió a dictar una serie de números que se sabía de memoria.

—¿Y esta persona?

La funcionaria tecleó otra vez. Pasaron unos segundos y la funcionaria alzó la cabeza, con un dejo de compasión.

—En el sistema, el señor Girón aparece como casado.

A Celina le zumbaban los oídos.

—Su esposa soy yo.

—No.

La funcionaria negó con la cabeza sin titubeos y giró un poco el monitor hacia ella.

—Aquí dice que la esposa del señor Girón es una señora llamada Violeta Sandoval. Fecha de registro: 12 de agosto de hace tres años.

Hace tres años.

En ese entonces, Héctor acababa de cumplir veintidós. Y justo por esas fechas, ella y Héctor estaban en su segundo año de relación.

A Celina se le vino el mundo encima. Se quedó clavada a la pantalla, mirando el nombre "Violeta Sandoval". La sangre se le congeló y las manos, heladas.

No lloró ni armó escándalo.

Cuando notó las miradas curiosas alrededor, solo respiró hondo y, con una calma casi anestesiada, dijo:

—¿Podría imprimir esa página con la información, por favor?

Al salir del Registro Civil, la luz del sol le ardió en los ojos.

Se sentó en el auto sin encender el motor.

Marcó un número.

—Necesito que me investigues a dos personas: Héctor Girón y Violeta Sandoval. Todo. No dejes nada fuera.

La eficiencia fue implacable.

Al día siguiente por la tarde, en una cafetería discreta, Celina recibió un sobre que contenía la burla de sus cinco años de juventud.

Las fotos y los datos, una carpeta tras otra.

Resultó que Violeta era compañera de preparatoria de Héctor y también esa amiga de la infancia de la que él hablaba: la que supuestamente estaba "delicada de salud y recuperándose en el extranjero".

Al fondo del sobre había una copia de un acta de matrimonio:

Esposo: Héctor Girón.

Esposa: Violeta Sandoval.

La fecha era exactamente la misma que había visto en el registro civil.

"Entonces, ¿qué era yo? ¿La tercera en discordia sin saberlo? ¿Una idiota a la que engañaron?", pensó Celina.

Celina miró el tráfico interminable tras el ventanal y esbozó una sonrisa helada. Esos cinco años de amor, ese supuesto matrimonio, desde el principio habían sido una trampa perfectamente planeada. Y esa acta falsa que ella había tirado al basurero era la mayor humillación.

¿Por qué Héctor había hecho algo así? ¿Para quedarse con el patrimonio de la hija única de los Blasi? ¿O para usarla como trampolín para ascender dentro de los Girón?

Celina tomó el celular y volvió a marcar.

—Quiero un sistema de vigilancia para toda la casa. Cámaras ocultas. Con audio. Sin dejar rastro de la instalación. Hoy. Tiene que quedar listo hoy.

***

Por la noche, cuando Héctor regresó a esa casa que compartían, Celina ya había preparado una maleta pequeña.

—¿Qué pasa, amor? ¿Tienes un viaje de trabajo?

Héctor se acercó y la abrazó por la espalda con naturalidad. Apoyó la barbilla en el hueco de su hombro, con una voz suave.

Celina olió su perfume familiar y el estómago se le revolvió.

Con razón. Aquella vez que le preguntó por qué olía a perfume de mujer, él dijo que era un regalo elegido para ella.

No, era el que le gustaba a Violeta.

Celina se tragó las ganas de apartarlo. Se giró con una sonrisa idéntica a la de siempre.

—Sí. Salió un problema con un proyecto en la ciudad vecina. Voy a ir a revisarlo. Unos tres o cuatro días.

—¿Tan de repente? Te llevo al aeropuerto.

—No hace falta.

Celina le acomodó el cuello de la camisa. Sus dedos estaban fríos.

—El cliente mandó un auto. Quédate en casa, compórtate bien.

La forma en que pronunció "compórtate bien" fue ligera y, al mismo tiempo, extraña.

Héctor no notó nada. Lo tomó como cariño.

—Está bien. Te espero.

Celina salió con la maleta. No fue a ninguna ciudad vecina: se hospedó en un hotel de cinco estrellas, a poca distancia de casa.

Encendió la laptop, se conectó a la red y abrió un programa con nueve recuadros.

Las imágenes mostraban con nitidez cada rincón: sala, habitaciones, estudio.

Se sirvió una copa de vino tinto y esperó en silencio.

Y, como era de esperarse, no la decepcionó.

Ni una hora después de que ella se fuera, la cerradura con código se abrió.

Héctor apareció en la entrada y detrás de él venía una mujer menuda: Violeta.

La mujer "enferma y frágil" de la que él hablaba estaba ahí, caminando como dueña de la casa. Se aferró al brazo de Héctor y se dejó caer en el sofá de la sala, sin el menor pudor.

—Amor, esta casa está preciosa. Mucho mejor que nuestro departamentito.

La voz de Violeta destilaba una satisfacción ácida.

—¿Te gusta? Esta va a ser nuestra casa en el futuro. Entonces primero tienes que dejar contento a tu esposo.

Celina miró la pantalla sin expresión. Subió el volumen.

Muy pronto, el audio se volvió insoportable.

—¿Y el medicamento? ¿Cuándo se lo vas a dar a Celina?

Violeta jadeaba, pero no soltaba el tema.

—El médico ya lo dijo: a mi cuerpo le cuesta embarazarse. Solo queda buscar a alguien que lleve el embarazo. Los genes y la condición física de Celina son excelentes; nos viene perfecto.

La voz de Héctor sonó ronca, satisfecha.

—¿Para qué tanta prisa? La próxima semana es la cena familiar de los Blasi. Voy a echarle algo al vino. Ni se va a dar cuenta. Ella va a creer que fue un accidente. Cuando nazca el bebé, con ese primer nieto de los Blasi, voy a conseguir el apoyo para el proyecto multimillonario en el sur de la ciudad y, entonces sí, voy a ser el que mande de verdad.

—¿Y después de que nazca? ¿Qué haces con ella?

—¿Qué hago?

Héctor soltó una risa fría.

—Es solo una herramienta que me va a dar un hijo. Me invento un motivo para que "desaparezca en un accidente" o me deshago de ella y listo. Violeta, tranquila. Tú siempre has sido mi esposa, desde el principio.

—Eres lo mejor.

El resto quedó ahogado por ruidos aún más intensos.

"Gestación. Desaparecer. Herramienta. Así que ese era el verdadero motivo. Qué jugada", pensó Celina.

La luz de la pantalla bañaba el rostro de Celina. En sus ojos no había lágrimas: solo una calma muerta, hecha de hielo.

No supo cuánto tiempo pasó.

Hasta que tomó el celular y marcó otro número.

—Señor Girón, ¿le interesa escuchar una propuesta de cooperación?
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