로그인
En la sala del concurso, el aire estaba tenso, como una cuerda a punto de reventar.El proyecto había atraído a todas las firmas más importantes de la ciudad. Ahí no había nadie cualquiera: puros pesos pesados del gremio.Celina estaba sentada en la segunda fila, impecable, serena. Con la punta de los dedos, sin darse cuenta, acariciaba el borde de una carpeta sobre el regazo, mientras su mirada recorría el estrado y a los jueces, todos de renombre.A su lado, Héctor no lograba quedarse quieto. La pantalla del celular se le encendía a cada rato y él la apagaba de inmediato. Varias veces quiso hablar, pero tragaba las palabras. Al final soltó en seco, casi en un susurro:—Celina, ¿estás nerviosa?Ella ni siquiera lo miró. Siguió viendo al representante que estaba exponiendo en el escenario y dejó escapar una sonrisa apenas dibujada.—No. La que debería estar nerviosa no soy yo.A Héctor se le hundió el corazón. Quiso preguntar más, pero justo el representante de la empresa anterior term
—Antes, ustedes eran amigos, casi hermanos.La mirada de Celina rozó a Héctor apenas un segundo y luego volvió a clavarse en Violeta. Su tono se volvió suave, correcto, con esa seguridad de pareja que no admite discusión.—Pero Héctor y yo ya estamos casados. Así que, en cierto modo, tú también eres mi amiga.Celina sonrió, dulce, impecable. Cada palabra sonaba medida y, al mismo tiempo, asfixiante.—Si una amiga rompe sin querer algo, ¿cómo crees que te voy a culpar?Le acomodó el pañuelo con calma, como si estuviera cuidando a una niña.—Así que no te lo tomes a mal. Yo también creo que no lo hiciste a propósito, ¿verdad?Ese "¿verdad?" salió bajito, casi cariñoso. Y, por eso mismo, más afilado.Violeta se quedó sin escapatoria.¿Admitir? Sería aceptar que fue intencional. ¿Negar? Entonces, ¿para qué lloró como si le hubieran matado a alguien querido?Solo pudo asentir rígida, con lágrimas colgándole de las pestañas, hecha la imagen perfecta de una víctima.Héctor, al lado, lo miró t
El reclamo resonó por toda la oficina.Y justo cuando cualquiera habría explotado, Celina sonrió. La sonrisa seguía siendo hermosa, pero Héctor alcanzó a ver sus puños apretados. Ese detalle —mínimo— le clavó una puntada en el pecho, como si la culpa lo pinchara.Héctor reaccionó por instinto: alzó la mano y quiso rozarle la mejilla. Pero Violeta seguía aferrada a su brazo, y su mano quedó suspendida en el aire, ridícula, sin destino.—Celina…La oficina se quedó en un silencio pesado.Las miradas de todos se clavaron en ellos como imanes, y el chisme iba y venía sin necesidad de palabras. Faltaba poco para que alguien inventara telepatía con tal de comentarlo en vivo.Al final fue Lilia quien se llevó a los demás a la fuerza.Cuando las pisadas se perdieron por el pasillo, la tensión por fin aflojó, como si alguien hubiera hecho un agujerito en un globo inflado.—¡Aaah…!Violeta se tapó la cara de golpe.Las lágrimas, grandes y rápidas, se le escaparon entre los dedos. El llanto era a
Celina se rió por dentro. Ni siquiera se dignó a mirar a esos dos melodramáticos. Fue directa a la mesa de dibujo.Cuando vio el plano arruinado, sintió como si una mano le estrujara el corazón. Le dolió. Ahí había líneas, números, cálculos… todo hecho por ella, revisado una y otra vez hasta el cansancio.Pero en su cara no apareció ni rabia, ni llanto, ni el menor quiebre. Solo una calma que daba miedo. Y mientras más tranquila se veía, más pesado se volvía el aire.Toda la oficina contuvo la respiración. Todos conocían esa verdad: lo más aterrador no es el grito, es el silencio antes del golpe.Celina se agachó y, con la yema de un dedo, tocó la zona empapada del plano.¿No fue a propósito? ¡Qué accidente tan preciso!El café había caído justo donde tenía que caer, tapando casi todo el corazón del plano. Ni un saboteador profesional lo haría con tanta puntería.Celina alzó la vista. Los ojos, fríos como cuchillas, se le clavaron en Violeta.Violeta tembló y se encogió instintivamente
Desde aquella noche en el bar, después de ese roce ambiguo en la comisura de sus labios, Celina evitó a Carlos durante varios días.No era rechazo, era… un desorden.Ese contacto, el pulgar rozándole la boca como si nada, se le quedó pegado a la piel como una pluma. Y cada vez que lo recordaba, algo en ella, que llevaba semanas congelado por la traición, se resquebrajaba apenas.Por suerte, el trabajo era el mejor refugio.En ese tiempo, Héctor seguía como una mosca zumbando. Si llamaba, ella colgaba. Si mandaba mensajes, ella los borraba sin abrir.Luego intentó lo de siempre: mandar recados por terceros, invitarla a cenar, decir que tenía algo importante que explicar.Celina solo le pidió a su asistente que respondiera dos palabras: "Estoy ocupada".Y no mentía.La licitación del proyecto se venía encima. Celina llevaba casi dos semanas a mil, durmiendo menos de cuatro horas al día. Adelgazó, sí, pero la mirada se le volvió más afilada, como una estrella al rojo vivo: firme, brillant
Celina se quedó rígida, levantó la cabeza de golpe y se topó con unos ojos oscuros, con una sonrisa apenas insinuada.—Tú…—No te muevas.A Carlos se le escapó un murmullo, con un toque ronco que no debía estar ahí.Al instante, él se inclinó hacia ella. La distancia entre los dos se deshizo.El olor fresco de madera, mezclado con un rastro leve de tabaco, le llenó los pulmones sin pedir permiso. Celina alcanzó a ver las pestañas largas, el puente perfecto de la nariz, y esos ojos profundos que parecían tragarse todo.Demasiado cerca.Tan cerca que podía sentir su aliento tibio rozándole la mejilla. El corazón de Celina se le saltó un latido. Y enseguida empezó a golpearle el pecho como loco, como si quisiera salírsele por la garganta."¿Qué estaba haciendo? ¿No se suponía que solo iban a actuar como pareja, sin contacto extra? ¿Iba a romper el trato?" Celina tenía la cabeza hecha un desastre cuando el pulgar de Carlos rozó la comisura de sus labios, con suavidad.Pero con esa mínima a







