El día que le llegó la notificación del juzgado, Norma volvió a buscarme para pedirme ayuda.La lluvia caía a cántaros entre truenos. Ella estaba de pie bajo el aguacero, llorando hasta quedarse sin voz, disculpándose una y otra vez conmigo, pidiéndome que le diera otra oportunidad y jurándome que nunca volvería a cometer un error así.Cerré las cortinas, me puse tapones en los oídos y me acosté en mi cama mullida.No sentí la menor compasión.Ella solo había pasado una noche bajo la lluvia, pero mis cinco años de matrimonio habían sido una humedad que me caló hasta los huesos.Creí que, si yo no salía, Norma terminaría yéndose por su cuenta. Pero quién iba a decir que, cuando amaneció al día siguiente, seguía parada frente al edificio.La lluvia le había empapado el cabello, dejándoselo pegado a las mejillas. Su rostro pálido no tenía ni rastro de color.Nunca la había visto tan destrozada.No quería verla, pero tenía que ir a trabajar.Tal como esperaba, apenas salí de casa, Norma ca
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