Aquel hombre respiró hondo, como si estuviera ensayando desde hacía tiempo lo que iba a decir. “Camila… las cosas se salieron de control. No quería hacerte daño y, ciertamente, no quería que te hicieran daño.” Lo miré sin prisa. No sentí el impulso de interrumpirlo ni de corregirlo de inmediato. Dejé que sus palabras se asentaran en el aire, torpes, incompletas, insuficientes. “No hay una disculpa ahí”, dije al fin, con calma. No como un reproche, sino como una constatación. Frunció el ceño, incómodo, y asintió una vez, como si eso bastara. “No veía otra salida”, insistió. “Estaba acorralado.” “Y decidiste que yo fuera la salida”, respondí, sin levantar la voz. “N
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