Dormir se había convertido en un territorio hostil. Ya no era descanso, era una trampa; cada noche, una emboscada en la que los recuerdos se disfrazaban de sombras y, justo cuando creía que mi mente empezaba a aflojar, una imagen —una voz, un olor, un roce— me arrancaba del sueño y me devolvía al encierro. Despertaba gritando sin querer, empapada de sudor, con las manos temblando y el corazón galopando como si me persiguiera algo que no tenía forma, pero sí intención. En los cuentos de hadas, cuando la princesa está encerrada en lo alto de una torre custodiada por un dragón, nadie habla de las noches en vela que pasó mirando el techo, contando grietas para no perder la razón. Nadie cuenta que cuando por fin llega el príncipe y la saca de ahí, ella no corre a sus brazos con alivio, sino que duda, porque después de tanto tiempo
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