—Con esto ya te puedes casar —dice ella, con una sonrisa. —¿Ah, sí? Qué bueno saberlo —respondo, con una sonrisa. Aprovechando que está distraída, me lleno la mano de harina. —Mira aquí, Stella —la llamo, con voz inocente. —¿Qué? —pregunta ella, voltiándose curiosa. —¡Mira rápido! —digo, y cuando se acerca, le soplo la harina en dirección a la cara. —¡Ay! ¡Tú no hiciste eso! —exclama ella, con los ojos desorbitados, mientras la harina se desparrama por su cara y su cabello. —¡Jajajaja! —me río, sin poder contener me. Ella no se queda atrás. Agarra un puñado de harina y me lo tira a la cara. —¡Toma! —grita ella, riendo. —¡Ahora sí te metiste en problemas, dulcecito! —digo, llenándome otra mano de harina y tirándosela. La guerra de harina empieza. Hay harina por todos lados, tirándonos el uno al otro, riendo como niños. La cocina se transforma en un campo de batalla, cubierto por una neblina blanca. En algún momento, caemos al suelo, exhaustos y sucios, acostados uno al lado
Last Updated : 2026-07-31 Read more