En Nueva York, los años transcurridos habían moldeado una realidad muy distinta para Alejandro Del Castillo. Con esfuerzo constante y manteniéndose al margen de los chismes del pasado, había logrado construir un nuevo imperio desde cero hacía ya quince años. Llegaba a la sede central de su compañía, vistiendo un traje imponente que reflejaba la madurez y la serenidad que solo el tiempo puede otorgar. Al cruzar el vestíbulo, la recepcionista lo saludó con una sonrisa cordial y profesional: —Señor Del Castillo, su hijo está aquí. —Gracias, muy amable —respondió Alejandro, dirigiéndose de inmediato a su despacho principal. Al abrir la puerta, encontró al joven sentado frente al gran ventanal de la oficina, observando el horizonte de la rascacielos. A sus veintidós años, se había convertido en un muchacho educado, noble y centrado en sus estudios, el verdadero orgullo de Alejandro. —Hijo, ¿cómo estás? —dijo Alejandro al entrar, acercándose para darle un cálido abrazo.
Última actualización : 2026-09-16 Leer más