La expresión de Adrián apenas varió, aunque la mirada se le volvió de hielo.—¿Y quién se cree usted para darme órdenes, señor Fuentes?Sus ojos se desviaron un instante hacia Valeria, que a unos metros conversaba con un invitado con una sonrisa ligera en los labios. Luego, volvió a fijarse en Sebastián.—¿O será que tiene la conciencia sucia y por eso siente que todo el mundo está en su contra?Sebastián apretó la mandíbula y cerró los puños sin decir una palabra. Le sostuvo una última mirada helada antes de darse la vuelta e irse.Valeria alcanzó a verlo de reojo. Le murmuró algo a su asistente, quien salió discretamente del salón, y al poco tiempo el hombre se acercó a Adrián.—Señor Salazar, la señorita Reyes lo espera en el salón privado, detrás del escenario.Adrián asintió y lo siguió por un pasillo lateral, lejos de la vista de los invitados.Al entrar, la sonrisa pública de Valeria se había esfumado. Repasaba el registro de la subasta que acababan de entregarle y, al escuchar
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