Ricardo respondió con total seguridad:—Si no te hubieras desmayado en la pequeña capilla familiar, el abuelo no habría culpado a Lorena. Ella no se habría sentido mal ni habría salido a tomar. Si no hubiera tomado, nada de esto habría ocurrido.Elisa soltó una risa llena de incredulidad.—Entonces, según tú, ¿que ustedes dos se hayan besado también es culpa mía?La paciencia de Ricardo comenzó a agotarse. Frunció el ceño y dijo con fastidio:—Ya te expliqué que fue un malentendido. ¿Por qué sigues insistiendo en esto?Elisa sintió una opresión en el pecho, casi hasta el punto de no poder respirar.¿Cómo podía una persona ser tan descarada?Claramente era culpa de él, pero aun así intentaba poner toda la responsabilidad sobre ella.Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió.Lorena entró despreocupadamente y colocó una mano sobre el hombro de Ricardo con toda naturalidad.—Elisa, de verdad Ricardo y yo no tenemos nada. Esa noche estaba borracha y no recuerdo nada de lo
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