La luz de la mañana se filtraba perezosa a través de los ventanales polarizados del apartamento, tiñendo las sábanas de un tono grisáceo y suave. El silencio de la estancia era pesado, interrumpido únicamente por el ritmo pausado de la respiración de Rory, cuyo cuerpo descansaba completamente relajado contra mi costado, con una de sus piernas enredada entre las mías y la cabeza apoyada plácidamente sobre la curva de mi hombro.Sin embargo, a diferencia de la paz absoluta que parecía envolverla, en mi interior se desataba un huracán de proporciones sísmicas.Tenía los ojos abiertos de par en par, fijos en el techo, sintiendo un sudor frío recorrer mi nuca a pesar de la agradable temperatura del aire acondicionado. No era alivio lo que me recorría las venas; era pánico. Un pánico visceral, sordo e insoportable que amenazaba con arrancarme el aire de los pulmones.Durante toda mi vida, las reglas del juego habían estado claras. Había mantenido mi existencia compartida en compartimentos e
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