El silencio de la madrugada en la casa de Alejandro tenía una textura distinta, una paz que a veces a Lucía le costaba creer que le pertenecía. Con el parpadeo tenue de la lámpara sobre la mesita de noche, se quedó mirando hacia el techo, sintiendo aún el eco de la pasión que la había sacudido la víspera. Estaba firmemente convencida de que Mateo jamás la había querido; la ausencia de noticias suyas durante todo ese año era la prueba irrefutable de que, para él, ella no había sido más que un cuadro decorativo más en los rincones de su casa, un objeto útil que se desecha cuando ya no cumple función. Sin embargo, en medio del agradecimiento profundo que sentía hacia Alejandro —un hombre que la adoraba, la valoraba sin condiciones y cuidaba de su hijo como si llevara su propia sangre—, una sombra de conflicto interno la asaltaba. La invadía una preocupación punzante: ¿Cómo era posible que hubiera sentido semejante desborde de pasión, un fuego tan vivo y real, por un hombre que no era Ma
Zuletzt aktualisiert : 2026-09-25 Mehr lesen