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Ahora Lloras, Pero Yo Ya No Te Amo
Ahora Lloras, Pero Yo Ya No Te Amo
Author: Patricia Muñoz

Capítulo 1

Author: Patricia Muñoz
Cecilia había crecido junto a Andrés y se había ido al extranjero años atrás. Cuando regresó, un año antes, descubrió que él y Rosalía se habían casado en secreto. Desde entonces, se aprovechaba de su amistad de toda la vida con Andrés para hostigar a Rosalía cada vez que podía.

Rosalía había llorado, discutido y sentido celos, pero Andrés insistía en que veía a Cecilia como a una amiga y solo le pedía que la tolerara y cediera.

Rosalía se acarició el vientre. Sin responderle, miró hacia la entrada de la estación.

Andrés llegó muy pronto. Su figura alta y erguida atrajo todas las miradas en cuanto entró, pero él ni siquiera miró a Rosalía. Fue directamente hacia Cecilia.

—¿Estás bien?

Cecilia lanzó una mirada triunfal a Rosalía, se levantó de golpe y se arrojó a sus brazos, con expresión afligida.

—Por fin llegaste. Nunca me habían traído a una estación de policía. Estaba muerta de miedo.

Él la rodeó por la cintura con toda naturalidad.

—Ya estoy aquí. Todo está bien.

Un agente comentó con tono respetuoso:

—Así que usted es la verdadera esposa del señor Juárez. Cuando vi a esa mujer con un embarazo tan avanzado, creí que decía la verdad. ¡Quién iba a imaginar que mentía!

Solo entonces Andrés miró a Rosalía, que estaba en un rincón, como si fuera una desconocida. Le bastó un vistazo antes de volver la mirada hacia el agente.

—Entonces me llevaré a mi esposa.

Al verlo tomar de la mano a Cecilia y disponerse a salir, Rosalía habló con amargura:

—Espera.

Abrió su bolso, sacó el acta de matrimonio y se la ofreció al agente.

—Esta es mi acta de matrimonio con Andrés. Tiene el sello oficial y un número de registro que pueden consultar. Basta con que lo revisen para saber si es auténtica.

Cecilia palideció y miró a Andrés con inquietud.

—Andrés…

Él frunció ligeramente el ceño y, antes de que el agente pudiera tomar el documento, se lo arrebató a Rosalía. Ante todos, lo hizo pedazos sin vacilar y los arrojó al suelo.

—Es falsa.

Rosalía se quedó mirando los trozos de papel. Luego alzó la vista hacia él, incrédula.

Cecilia comprendió enseguida lo que pasaba. Se recostó contra el pecho de Andrés y soltó una risita.

—Seguro que no lo saben, pero esta mujer era una simple empleada del Grupo Juárez. ¡Siempre soñó con conseguir un hombre rico! Hace unos meses la despidieron porque no dejaba de acosar a Andrés con mensajes de amor. Toda la empresa lo sabe. Ahora está cada vez peor: hasta trae documentos falsos.

El agente frunció el ceño y miró a Rosalía.

—¿Hasta falsificó un acta de matrimonio? ¿No sabe que falsificar documentos es un delito? ¡Se trata del heredero de la familia Juárez! ¿De verdad cree que puede aprovecharse de él así?

Rosalía siguió mirando a Andrés con obstinación.

—¿De verdad es falsa?

Él no respondió. Se llevó de la mano a Cecilia, que sonreía con satisfacción.

Rosalía permaneció inmóvil, viendo cómo se alejaban. Las lágrimas que había contenido mientras Cecilia la maltrataba terminaron por desbordarse.

Aunque no habían comprobado que el acta fuera falsa, la mantuvieron detenida durante tres días. Finalmente la dejaron salir por su avanzado estado de embarazo.

Al salir de la estación, vio de inmediato el auto de Andrés junto a la acera. Él extendió la mano al ver su rostro pálido, como si quisiera acariciarle la mejilla, pero Rosalía giró la cara para evitarlo.

La expresión de Andrés se endureció. Su explicación sonó más a reproche.

—Te dije que mantuviéramos nuestro matrimonio en secreto y fuéramos discretos. No debiste llevar tu pelea con Cecilia hasta la policía para obligarme a reconocer delante de todos que eres mi esposa. Además, ella es delicada de salud. No podía dejarla detenida, así que tú tenías que aguantar un poco. Vamos, volvamos a casa.

Rosalía se llevó la mano al vientre abultado sin darse cuenta. A él le preocupaba dejar detenida a su amiga de la infancia, pero no a su esposa, que ya tenía ocho meses de embarazo.

Esbozó una sonrisa amarga.

—Andrés, quiero el divorcio.

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