Me hace gracia rastrear cómo un gag tan básico como el pedo ha viajado por la animación española a lo largo de casi un siglo.
Al principio, la tradición del humor escatológico estaba más en la oralidad, el teatro popular y la prensa satírica que en dibujos animados; la animación española temprana, con obras como «Garbancito de la Mancha», tendía a ser didáctica o fantástica y evitaba lo grosero por las normas morales y políticas de la época. Fue con la llegada de las influencias angloamericanas —los acrobáticos «Looney Tunes» y el humor de «Tex Avery» que no siempre llegó de forma literal, pero sí dejó la idea de la licencia cómica física— cuando los creadores españoles empezaron a jugar más con efectos sonoros y gags corporales.
Durante la dictadura, la autocensura y la corrección oficial limitaron los desplantes más burdos; sin embargo, en la historieta de humor y en la tradición popular ya existía esa chispa irreverente, visible en cómics como «Mortadelo y Filemón». Con la apertura cultural de los años 80 y la Movida, el humor escatológico se integró en propuestas televisivas y animadas más transgresoras; hoy convive tanto en series infantiles que lo usan con prudencia como en productos para adultos que recurren a él con descaro. En lo personal, me parece un espejo curioso: sirve para reír, incomodar y medir límites culturales según la época.
No dejo de sonreír cuando veo a los peques partiéndose de risa con historias sobre pedos; tiene algo de universal y liberador. En España no es tan habitual encontrar montones de títulos originales centrados únicamente en los pedos, pero sí hay libros en español (muchos son traducciones) que tratan las funciones del cuerpo con humor y naturalidad. Un clásico que siempre recomiendo es «Todos hacemos caca», que, aunque no se centre solo en los pedos, normaliza lo corporal y funciona genial para quitar vergüenzas en niños pequeños.
Otra referencia internacional que suele encontrarse en librerías infantiles es «The Gas We Pass» de Shinta Cho, que aparece traducida en librerías y bibliotecas. También he visto colecciones de cuentos cortos y álbumes ilustrados editados en España —sobre todo en sellos de libro infantil con humor— que incluyen cuentos con gasos como recurso cómico. Me encanta cómo este tipo de libros facilita conversaciones honestas y risas compartidas en casa, y termino siempre pensando que reírnos abre puertas para hablar de lo natural sin tabúes.
Me sigue pareciendo divertido cómo un pedo puede romper una escena y dejar a todo el cine riéndose a carcajadas; en España eso ocurre más de lo que uno creería. En mi experiencia viendo comedia española, el recurso escatológico suele aparecer en películas como «Torrente» (cualquiera de la saga) y «Airbag», donde no es tanto el motor de la historia como un detonante cómico que define el tono. En «Torrente» se usa el pedo para subrayar la vulgaridad del protagonista y para crear situaciones humillantes que avanzan la comedia negra.
También recuerdo escenas en adaptaciones de cómics y animación como «Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo», donde el gas corporal se emplea como gag físico que impulsa el desenlace de una broma larga. En general, el pedo rara vez es el eje dramático en el cine español; más bien funciona como catalizador de situaciones incómodas o como punchline que libera tensión. A mí me encanta ese tipo de humor si está bien insertado: puede ser pueril, sí, pero bien usado aporta ligereza y recuerda que cualquier detalle corporal puede ser material narrativo si el director lo aprovecha con criterio.
Me encanta descubrir ese humor castizo que aparece donde menos lo esperas.
En la tradición española el tema del pedo no suele ser el hilo central de una novela, pero sí aparece como recurso cómico en varios textos. Si buscas risas explícitas o escenas groseras, los ejemplos más claros vienen de la picaresca: «Lazarillo de Tormes» y «La vida del Buscón» contienen pasajes donde lo corporal se usa para la burla y la ironía social. Ese humor sirve para ridiculizar status y costumbres, más que para provocar risa gratuita.
En clave moderna me entretienen mucho Eduardo Mendoza y su ironía absurda; novelas como «El misterio de la cripta embrujada» o «Sin noticias de Gurb» recurren a lo escatológico y a los deslices físicos para provocar carcajadas. Camilo José Cela, en «La colmena», introduce un humor más áspero y realista donde lo grotesco y corporal tiene un papel cómico. Personalmente disfruto cómo esas escenas, aunque burdas, sirven para desnudar hipocresías y afianzar el tono humorístico de la obra.