Mi primer choque con su música fue a través de esa ola de canciones pegajosas que parecían hechas para TikTok antes de que TikTok existiera: «One Night» y aquel estilo burbujeante de «Lil Boat». Al principio su sonido se sintió deliberadamente ingenuo, una mezcla de autotune alegre, melodías cortas y una estética de chico marinero que era más personaje que autobiografía. En esos mixtapes y EPs la producción era minimalista pero efectiva, con beats simples que dejaban espacio para la voz juguetona y el
carisma. Esa imagen lo convirtió en una figura viral: colorido, divertido y ligeramente absurdo.
Con el tiempo noté cómo fue alejándose del esquema cómodo. Tras el
éxito inicial llegó «Teenage Emotions», donde intentó un pop más amplio y una producción más pulida; después regresó con «Lil Boat 2», que sonó más agresivo y orientado al trap, como si quisiera demostrar que podía competir en estilos más duros. Más adelante su obra se volvió aún más impredecible: algunos trabajos lo muestran experimentando con rock,
psicodelia y texturas menos comerciales, culminando en proyectos recientes donde abandona la chirriante ligereza de sus inicios por paisajes sonoros más densos.
Lo que más me gusta es la valentía del cambio: no se quedó explotando el mismo gimmick. Eso le costó algunos fans, le ganó otros y le permitió crecer como artista que prueba sin miedo. Al final lo veo como alguien que empezó como fenómeno de internet y fue puliendo su paleta hasta tocar varios géneros, manteniendo siempre una actitud juguetona aunque ahora con más capas y matices.