Siempre me llama la atención la manera en que José María Arguedas pone al Ande en el centro de sus historias, y eso ya es una declaración social por sí misma. Yo encuentro en «Los ríos profundos» una mezcla de ternura y denuncia: la figura del niño-enseñante, los choques entre la escuela y la tradición, y la sensación constante de que las estructuras urbanas y rurales no se entienden. Esa tensión entre mundos se convierte en tema social porque muestra cómo se vulneran derechos, culturas y formas de vida cuando se impone un solo modelo de progreso.
En otras obras, como «Yawar Fiesta» o «Todas las sangres», la denuncia es más explícita: hay conflictos por la tierra, por el poder económico y por la imposición de leyes que no reconocen las formas comunitarias. Arguedas no sólo describe pobreza: humaniza a los pueblos andinos, los escucha y deja que su lengua, sus ritos y su música cuenten la historia. Su escritura incorpora quechua, costumbres y modos de hablar; eso es un acto político porque confronta la invisibilidad.
Termino pensando que su obra sigue vigente. No es un panfleto, pero sí un espejo que devuelve la complejidad social del Perú:
racismo, explotación, mestizaje doloroso y resistencia cultural. Yo siempre salgo de sus páginas con la sensación de que entender lo social en Arguedas requiere sentir la lengua y la geografía, no sólo leer datos, y eso lo hace profundamente conmovedor.