Tengo un recuerdo claro de cómo surgió «Eiranova». Empezó como la suma de dos obsesiones: historias que mezclaban
mitología antigua con tecnología moderna y la necesidad de un espacio donde los fans pudieran contribuir activamente. Dos amigos —Eira y Nova, nombres ficticios que se unieron para crear la marca— lanzaron una fanzine digital en 2015 con
relatos cortos, arte y pequeños juegos narrativos. Lo que llamó la atención fue su voz: íntima, melancólica y atrevida a la vez.
Con el tiempo, esa fanzine se transformó en algo más organizado. Hicieron una campaña de micromecenazgo, reunieron a un equipo reducido de
ilustradores, músicos y programadores, y en 2018 lanzaron su primer proyecto jugable independiente, bautizado en la comunidad como «Eiranova: Amanecer». La comunidad respondió creando fanfics, mods y guías; la propia marca incentivó la co-creación.
Hoy «Eiranova» se percibe como un universo transmedia:
novelas cortas, un podcast de ambientación, y proyectos interactivos que siguen manteniendo esa mezcla entre lo folclórico y lo futurista. Lo que más me gusta es cómo nació de gente con ganas de experimentar: humilde, colaborativo y con una identidad muy clara. Me queda la impresión de que todavía está en evolución y que lo mejor de su historia está por venir.