Dawn Trueman
Tenía una pérdida auditiva parcial que me había dejado prácticamente sorda del oído derecho.
Desde que éramos niños, Tristan Lockhart siempre procuraba ponerse de ese lado.
—Así podré enterarme primero si alguien habla a tus espaldas —solía decirme.
Con el tiempo, nos comprometimos y, para entonces, las invitaciones de boda ya estaban impresas y listas para enviarse.
Todo el mundo decía lo afortunada que era por tener a mi lado al amor de mi infancia, un hombre que había cuidado de mí durante más de diez años.
Sin embargo, todo cambió cuando Sunny Pierce comenzó a trabajar con Tristan. Era deslumbrante, llena de energía y siempre llevaba una sonrisa radiante en el rostro.
La primera vez que me vio, se quedó observando mi audífono durante unos segundos. Luego miró a Tristan con una sonrisa burlona.
—Con esa cosa... ¿de verdad puede escucharte cuando le susurras cosas bonitas al oído por las noches?
Me quedé pálida al instante. Tristan, en cambio, apenas frunció el ceño.
—Sunny no piensa antes de hablar. No le hagas caso.
Llegó el día del ensayo de la boda.
Justo afuera de las enormes puertas de la capilla, escuché la voz de Sunny. Estaba leyendo mis votos en voz alta, burlándose de cada una de mis promesas.
—Gracias por soportarme durante todos estos años y por aceptar que siempre seré una complicación para ti. Prometo ser tu consuelo, tu sombra y tu complicación favorita por el resto de mi vida.
Las carcajadas resonaron en el interior de la capilla y, en medio de aquel alboroto, alcancé a escuchar la risa de Tristan.
—Ya basta, deja de hacerte la graciosa —dijo entre risas—. Si se entera de que le cambiaste los votos, se va a poner mal otra vez.
Sunny hizo una pausa y luego preguntó con picardía:
—Entonces, ¿de verdad todavía piensas casarte con ella?
Tristan guardó silencio.
Fueron solo dos segundos, pero parecieron eternos.
—Las invitaciones ya se enviaron —respondió, con voz apagada—. ¿Qué se supone que haga ahora?
Me quedé inmóvil al final del pasillo. El paraguas que él me había regalado seguía goteando sobre el piso de baldosas.
Fue entonces cuando comprendí que ya no sentía ningún deseo de cruzar esas puertas.