Cocojam
Mi hermana era autista. Según los médicos, sufría una "sobrecarga sensorial severa". La regla era muy simple: nada de ruidos repentinos. Nunca.
Por eso, toda mi vida transcurrió en silencio.
Nunca usaba tacones. Nunca alzaba la voz. Ni siquiera podía reírme. Todo para evitar que mi hermana tuviera una crisis.
Mi padre, Victor, el Don de la familia Castellano, solía agarrarme del hombro.
Su rostro reflejaba pesar.
—Sera, eres una buena hija. Es nuestro deber proteger a tu hermana. Tú eres fuerte y estás sana. Puedes sacrificarte un poco por ella, ¿verdad?
Aquel día me encontraba en la terraza del segundo piso cuando, por accidente, tiré una maceta de rosas blancas.
El estruendo de la maceta al romperse provocó una crisis en mi hermana, que tomaba el sol en el jardín.
Por primera vez, Victor me miró como si fuera su enemiga.
—¡¿No puedes estar en silencio?! ¡¿Quieres volverla loca?! —rugió.
Mi hermana retrocedió aterrorizada y chocó contra una mesa de cristal. Entonces soltó un grito agudo.
Victor pasó corriendo junto a mí, cegado por la rabia y el pánico. Mientras bajaba las escaleras para ayudar, me embistió con fuerza.
Perdí el equilibrio y caí de pecho contra la esquina afilada de uno de los postes de hierro forjado de la barandilla.
Un dolor intenso me atravesó el pecho. Abrí la boca para gritar, pero no salió ningún sonido.
Toda mi familia corrió a rodear a mi hermana, que no dejaba de gritar. Nadie se molestó siquiera en mirarme.
Mis pulmones se llenaron de sangre. Me estaba ahogando allí mismo, en el suelo.
Todos pensaban que mi hermana, la autista, necesitaba el consuelo de la familia. Creyeron que yo solo me había caído y que podía esperar.
Se equivocaron.