sol y estrella
Era un día soleado en Massachusetts. Las palmeras se mecían suavemente con la brisa mientras la arena de la playa se extendía frente a mí. A unos metros de distancia, varios niños corrían, reían y construían castillos de arena, completamente ajenos al mundo que los rodeaba.
Yo los observaba desde mi lugar, en silencio.
Sentí una extraña nostalgia.
Ellos tenían algo que yo nunca había podido disfrutar: una infancia feliz.
Cuando era niña, mi vida había sido muy diferente. Mientras otros niños salían a jugar con sus amigos, yo permanecía encerrada en casa, refugiándome entre las páginas de mis libros. Los libros eran mi compañía, mi escape y, de alguna manera, mi forma de conocer un mundo que nunca me había atrevido a vivir.
—Rosita, ¿por qué no sales a jugar con tus amigos? —solía preguntarme mi madre.
Nunca sabía qué responderle.
La verdad era que no tenía amigos.
O, al menos, no amigos de verdad.
Siempre había tenido dificultades para relacionarme con los demás. Prefería quedarme leyendo, escribir o simplemente estar sola antes que acercarme a personas que terminarían haciéndome sentir que no encajaba.
Durante años estuve rodeada de personas que decían ser mis amigos, pero que nunca se preocuparon realmente por mí. Se burlaban de mi forma de ser, de lo débil que parecía y de mi incapacidad para defenderme.
Me hicieron creer que confiar en alguien era un error.
Así que dejé de hacerlo.
Aprendí a esconder mis sentimientos detrás de una sonrisa y a refugiarme todavía más en mis libros. Allí, al menos, podía encontrar historias donde las personas se amaban de verdad, donde alguien podía llegar y cambiarlo todo.
Pero había una pregunta que siempre regresaba a mi mente:
¿Podría existir algo así para mí?
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