De Su Amor a Su Venganza
Arrinconada y sintiéndose sin apoyo, Mariana bajó la cabeza y, sollozando, musitó:
—Sebastián, Inés, lo siento.
Era la primera vez en su vida que pronunciaba esas palabras con sinceridad. Cuando acabó, sus ojos estaban tan rojos que parecían sangrar.
Inés no sintió culpa alguna; esa disculpa era justo lo que merecía, y miró a Mariana, satisfecha. Al ver la leve curvatura en los labios de Inés, Sebastián aflojó el semblante y se reclinó contra el sofá.