Quiero que me seas infiel
De cierta forma, sí, era un consuelo, pero eso dejaba a Antonio como el esposo ejemplar, el que no tenía nada qué ocultar, mientras que ella seguía cargando una enorme roca de culpa que podía aplastarla en cualquier momento, ante el más mínimo traspié.
—Bueno, ¿pero qué nos dices sobre regresar? ¿Vas a pensarlo?
Estefanía no respondió en seguida. Primero terminó la crema y solo después de pasarse la servilleta por los labios, contestó:
—Tengo al mejor esposo del mundo, ¿por qué no querría regresar con él?
Ignacio y Estela se miraron como si acabaran de escuchar que su hija había decidido dedicarse a una vida contemplativa en la cima del monte Everest. Siguieron almorzando y solo hablaron sob