Noventa y nueve veces te perdoné
¿Cuánto me llegó a amar mi esposa?
En aquel entonces, me pidió noventa y nueve veces que nos casáramos.
Fue recién a la centésima cuando su insistencia terminó por conmoverme.
El día de nuestra boda, le regalé noventa y nueve vales de reconciliación.
Prometimos que, mientras le quedara uno solo, yo nunca me iría de su lado.
Tras cinco años de casados, ella canjeaba un vale cada vez que salía a ver a su alma gemela.
Al usar el número noventa y siete, ella notó de pronto que algo en mí había cambiado.
Ya no había lágrimas ni escenas, ya no le suplicaba que se quedara a mi lado.
Una vez, mientras ella perdía la cabeza por atender a su joven y mimado secretario, le pregunté en voz baja:
—Si te vas con él, ¿puedo cobrar un vale de reconciliación?
Se quedó pasmada un segundo y, extrañamente, cedió:
—Está bien. Total, apenas habremos usado unos sesenta. Úsalo si quieres.
Asentí y la dejé irse.
No se imaginaba que era el noventa y siete. Ni que solo nos separaban dos vales del final.