Romper el guion, encontrar su luz
Diego, heredero Zambrano y mi prometido de conveniencia —eso que llamaban el Príncipe—, mantenía una amante. La consentía tanto que la volvió caprichosa e insufrible.
Justo cuando yo comenzaba los trámites para anular el compromiso, de repente vi un torrente de comentarios flotando ante mis ojos:
“¿Qué culpa tiene el Príncipe? Solo quiere que le prestes atención.”
“¡Nenita, no canceles la boda! Con solo unas lágrimas, él te entregaría hasta la luna.”
Giré la cabeza. Afuera, por la ventana, aquella amante, cubierta de joyas de lujo, sonreía radiante mientras se colgaba del brazo de Diego.
Él, por su parte, bajó la mirada con indolencia, con una suerte de condescendencia distraída.
Sonreí y respondí al mensaje de mi abogado: “Continúe redactando el acuerdo de ruptura del compromiso.”