Enferma con adicción al sexo
—¡No, ahí ya no cabe más!
Tirado en la cama de hospital, con las nalgas pálidas al aire, el doctor me examinaba por mi problema de adicción sexual.
Pero parecía más bien estar jugando conmigo. Sus manos no paraban de acariciar mis glúteos, hasta que introdujo un dedo en mi interior.
Cuanto más le suplicaba, más excitado parecía ponerse.
No pudiendo soportarlo, volví la cabeza para mirar.
¡Ese no era el doctor, era mi profesor de la universidad!
Al siguiente instante, sus movimientos se volvieron aún más violentos.