ANMELDENMi madre estaba de pie en el umbral con el teléfono todavía en la mano, mirándonos forcejear con la ropa como si fuera lo más aburrido que hubiera presenciado en toda la semana. No alzó la voz. No necesitaba hacerlo. "Vístanse. Los dos." Miró su reloj. "Luego búsquenme en el estudio. Diez minutos. No me hagan ir a buscarlos." Se dio la vuelta y se alejó, los tacones clicando por el pasillo hacia el estudio. Me bajé la falda de un tirón con manos que no dejaban de temblar. Julian se abotonó la camisa al revés, maldijo entre dientes, la abrió de un tirón y empezó de nuevo. "Ni siquiera está enfadada," dije. "Esa es la peor parte." No me miró mientras lo decía. Sus manos seguían ocupadas con los botones, pero noté que tampoco estaban del todo firmes. "Diez minutos," dije. "¿Quién se queda tan tranquilo justo después de pillar a su hija…" Ni siquiera pude terminar la frase. "Alguien que ya sabía lo que iba a decir." Julian se enderezó la camisa de un tirón. "Eso no ha sido nada. Me
Snap.El carboncillo se partió justo por la mitad."Mierda," murmuré entre dientes. Me inclinó hacia la lata de metal y agarré otro trozo.Julian no se movió. Solo se quedó sentado en ese estúpido taburete alto, el pecho desnudo bajo la bombilla del techo, los hombros hacia atrás como le había dicho hace cinco minutos.Por el pasillo, mi mamá seguía hablando. Alto. Riendo por el teléfono. Si salía de su estudio en ese momento, estaría fuera de esta puerta en tres segundos.Seguí dibujando. Trazos rápidos y toscos. Líneas de la clavícula. La sombra a lo largo de sus costillas. Mis manos ya estaban completamente negras de polvo hasta las muñecas."Estás rechinando los dientes, Tamara," dijo Julian. Voz baja."Cállate. Quédate quieto.""Has estado mirando el mismo punto exacto durante un minuto."Miré hacia arriba. Él ya estaba mirando. Sus ojos oscuros fijos en los míos, como si ya hubiera decidido adónde iban sus manos.Era la misma mirada que tenía la noche en que Andrew nos
La casa se sentía muerta. Cuatro días de silencio no habían limpiado la amenaza de Andrew de la habitación. Cada crujido en las tablas del suelo sonaba como si él estuviera volviendo. Cada sombra en el mármol del pasillo parecía una trampa. Solo estábamos esperando, y la espera nos estaba matando.Me senté cerca de las puertas de cristal del estudio del ala oeste. Mi pulgar frotaba el borde de un lienzo en blanco. El carbón viejo me manchaba las manos de gris, con el polvo clavado en lo profundo de mi piel. Los pinceles estaban secos en un frasco de vidrio junto a la trementina. La pelea que Julian y yo tuvimos tres noches atrás aún flotaba en el aire como una pared.Julian entró sin llamar. Hoy sin chaqueta de traje. Solo una camisa negra con los botones superiores abiertos y las mangas enrolladas. Se veía completamente agotado. Ojeras oscuras debajo de sus ojos.Se detuvo cerca del caballete. Se quedó mirando el lino en blanco y luego los óleos sobre la mesa pequeña. Al principio no
La puerta se cerró de golpe.El pesado silencio dentro de la habitación golpeó como una pared. Olía a la colonia de Andrew. Pesada y barata.Me quedé de pie cerca de la esquina de la cama. Mis piernas temblaban tanto que tuve que trabar las rodillas para mantenerme en pie. Un sudor frío me bajaba por la espalda. Tenía la garganta seca. No podía mirar a Julian.Él estaba sentado en el borde de la cama. Las manos sobre su rostro. Los dedos sepultados en su cabello. Su pecho subía y bajaba rápido.Ninguno de los dos dijo nada. El tiempo simplemente se arrastró.Julian finalmente bajó las manos. Se veía pálido bajo la luz de la lámpara. La mirada fría y suave que siempre tenía había desaparecido. Sus ojos estaban rojos."Me quedé sentado aquí", susurró.Se miró las manos. Le temblaban sobre las rodillas."Me quedé sentado justo aquí y lo dejé", dijo. Con voz áspera. "Tenía formas de detenerlo. Pude haberlo matado antes de que te tocara. Pero me quedé sentado aquí".Le dio un puñetazo al c
Andrew cerró la puerta con un chasquido limpio que resonó en el silencio repentino de la habitación.Me quedé en el suelo helado, sin moverme. El sabor agrio y pesado me quemaba la garganta, y la viscosidad tibia se sentía como una marca sobre mi barbilla y mi pecho. Me pasé el dorso de la mano por la cara una y otra vez, frotando hasta que la piel me ardió, pero la sensación de suciedad no se quitaba. Todo en mí temblaba, desde los hombros hasta las rodillas presionadas contra las tablas del suelo.En la cama, Julian no se había movido. Tenía los rostros sepultados entre las manos, los nudillos tan blancos que parecían a punto de atravesar la piel. La tensión en su espalda era rígida, dura como una piedra.Me puse de pie despacio. Las piernas me flaqueaban, pero me obligué a caminar hacia el baño contiguo. Abrí el grifo del lavabo y me enjuagué la boca una y otra vez, escupiendo el agua fría hasta que el dolor en la garganta sustituyó al sabor. Me lavé la cara con fuerza, refregan
Julian se quedó junto a la barandilla a mi lado, con la chaqueta subida más de lo habitual. La isla se fue encogiendo detrás de nosotros hasta convertirse en solo una línea oscura en el horizonte, y luego nada.Seguí mirando hacia atrás de todos modos. Estúpido. Ya no quedaba nada que ver.Ninguno de los dos dijo mucho en el camino. El motor simplemente zumbaba. Todavía podía sentir la arena en mis zapatillas, rozando contra mis dedos cada vez que me movía. Cada vez que el barco golpeaba un oleaje, sentía el cambio, el aire volviéndose más denso y pesado.Detrás de nosotros quedaba una roca plana donde habíamos discutido durante una hora por el nombre de un cangrejo. Detrás de nosotros quedaba un cobertizo para botes en el que él no había puesto un pie en años, aunque todavía hablara de él como si hubiera sido la semana pasada. Mantuve la boca cerrada. No había forma de decir nada de eso sin sonar como si le estuviera suplicando que se quedara de esta manera.El auto estaba estaci







