LOGINLa recuperación de Isabella en la mansión Greco no fue un proceso silencioso. Desde su habitación en la planta alta, se escuchaban los gritos hacia las enfermeras y el estrépito de alguna bandeja de plata volando por los aires. Pablo, apostado en el pasillo, mantenía el rostro impasible, aunque por dentro la ironía lo devoraba: estaba custodiando la vida de la mujer que deseaba ver destruida.
Matheo salió de la habitación de su hermana frotándose las sienes y se detuvo frente a Pablo.
—Es un demonio cuando está convaleciente —suspiró Matheo, pero luego su expresión se volvió seria—. Rizzo, mi padre y yo lo hemos discutido. Has demostrado más lealtad y eficacia que hombres que llevan diez años con nosotros. A partir de hoy, no eres solo un operativo de seguridad. Serás el guardaespaldas personal de Isabella. Donde ella pise, tú pones la suela de tu zapato.
Pablo tensó la mandíbula. Era la oportunidad perfecta para estar cerca de los secretos de la familia, pero era también su peor condena.
—Es un honor, Matheo —mintió Pablo con voz firme.
En ese momento, Apolo Greco apareció al final del pasillo. Caminaba con la parsimonia de un rey. Un hombre le seguía cargando un maletín de cuero negro. Apolo se detuvo frente a Pablo y, con un gesto seco, el subordinado abrió el maletín. Estaba lleno de fajos de billetes de alta denominación.
—Una recompensa por traer de vuelta lo que más quiero —dijo Apolo con voz profunda—. Tómalo. Es un adelanto de lo que significa ser un hombre de confianza en esta familia. Pero recuerda, Rizzo: el precio de fallarme es mucho más alto que el valor de este maletín.
—Lo tengo claro, señor —respondió Pablo, aceptando el dinero que, para él, olía a la sangre de su pasado.
Por la tarde, el calor de Apulia se volvía denso. Pablo estaba cerca de la piscina olímpica de la mansión, observando el perímetro, cuando el silencio se rompió. Isabella salió de la casa a paso rápido, con un vestido ligero de seda blanca que ondeaba con su marcha furiosa. Tras ella, Matheo intentaba calmarla mientras Ally caminaba detrás, riéndose por lo bajo de la rabieta de su hermana menor.
—¡No voy a permitir que ese hombre me siga hasta al baño, Matheo! ¡Es un grosero y un insolente! —gritaba Isabella, señalando vagamente hacia donde estaba Pablo.
—Es por tu seguridad, Bella. Los Rizzo son... —Matheo se interrumpió, pero Isabella ya se había plantado frente a Pablo.
Ella lo miró de arriba abajo con desprecio. A pesar del labio aún un poco hinchado, su belleza era una distracción peligrosa.
—Tú —escupió ella—. No creas que porque me cargaste como a un saco de papas tienes derecho a vigilarme. No te quiero cerca.
Pablo arqueó una ceja, manteniendo esa sonrisa ladeada que tanto la irritaba.
—No se confunda, señorita. Yo tampoco disfruto de su compañía. Pero su padre me paga para evitar que la vuelvan a secuestrar por su propia imprudencia. Si fuera por mí, estaría en cualquier otro lugar menos aguantando sus caprichos.
—¿Imprudencia? —Isabella se acercó un paso más, temblando de rabia—. ¡Eres un simple empleado! Deberías estar agradecido de que no pedí tu cabeza después de cómo me hablaste en la fiesta.
—Estoy temblando de miedo —ironizó Pablo, cruzándose de brazos—. Pero mientras el cheque de su padre se cobre, aquí me tiene. Como su sombra. Una sombra que, por cierto, tiene mucho más carácter que usted.
Fuera de sí, Isabella levantó las manos para darle un empujón en el pecho. Pablo, entrenado para anticipar cualquier movimiento, dio un paso lateral instintivo. El impulso de Isabella, sumado a la humedad del borde de mármol de la piscina, hizo que sus pies resbalaran.
Con un grito ahogado, ella cayó de espaldas al agua profunda.
Al principio, Pablo no se movió. Se quedó en el borde, mirando la superficie burbujeante con indiferencia. Pensó que ella estaba fingiendo, que saldría en cualquier momento gritando más insultos para llamar la atención de Matheo, que venía caminando a lo lejos.
—Muy gracioso, señorita. ¿Ya terminó su espectáculo? —dijo Pablo con tono burlón.
Pero pasaron los segundos y Isabella no salía. El agua se agitaba de forma errática. Pablo frunció el ceño. Vio cómo los dedos de ella buscaban desesperadamente el borde, pero volvían a hundirse. Sus ojos se abrieron de par en par bajo el agua, fijos en los de él, llenos de un terror genuino.
No sabe nadar.
La realización lo golpeó como una descarga eléctrica. Cuando vio a Matheo empezar a correr hacia ellos gritando su nombre, Pablo no esperó. Se despojó de la chaqueta y se lanzó al agua.
El frío del agua cortó su respiración por un segundo, pero rápidamente alcanzó el cuerpo de Isabella, que se hundía. La tomó por la cintura, sintiendo cómo ella se aferraba a su cuello con una fuerza desesperada, asfixiándolo casi a él también.
Pablo la subió a la superficie y la llevó hacia los escalones de la piscina. Mientras salían, Isabella tosía violentamente, aferrada a su camisa empapada. Pablo la sostuvo por los hombros, obligándola a mirarlo para asegurarse de que estaba bien.
En medio del jadeo y el agua que escurría, sus rostros quedaron a escasos centímetros. La ira de la discusión anterior se transformó en una tensión eléctrica, una energía pesada que los dejó mudos por un instante. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la ropa mojada y ver cómo las gotas de agua corrían por sus labios rojos.
—Te... te odio —susurró ella entrecortadamente, aunque no se soltaba de sus brazos.
—Entonces deje de intentar matarse —respondió Pablo con la voz ronca, sin apartar la mirada de sus ojos—. Porque no pienso salvarla una tercera vez.
Matheo llegó al borde, jadeando, rompiendo el hechizo. Pablo soltó a Isabella con brusquedad, levantándose mientras el agua goteaba de su ropa, sintiendo que ese rescate le había costado mucho más que su orgullo.
Diez años. Diez años habían pasado desde que Isabella Greco finalmente caminó hacia mí en aquel jardín de la Toscana, no como una prisionera, ni como una madre por obligación, sino como la mujer que decidió, por voluntad propia, unir su destino al mío. Diez años de matrimonio que se sentían como un suspiro y, al mismo tiempo, como una vida entera de batallas ganadas.Hoy, la mesa del comedor había sido un caos absoluto, el tipo de caos que yo antes habría despreciado y que ahora era mi único motor. Elena, con sus quince años y esa mirada afilada que heredó de su madre, discutía de política con Matheo hijo, de ocho. Los gemelos, de seis años, intentaban convertir sus guisantes en proyectiles mientras Isabella intentaba mantener la compostura de una reina, aunque yo veía la comisura de sus labios temblar por la risa contenida.—Sabes que técnicamente no soy tu esposa frente a estos niños cuando se portan así —me había susurrado ella mientras pasaba a mi lado para recoger los platos—. En
La villa en Florencia se había convertido en mi purgatorio y mi paraíso personal. Durante el último año, me había acostumbrado a vivir en esa línea delgada que Isabella había trazado con una precisión cruel: el "solo sexo". Era un trato que acepté con la desesperación de un náufrago, sabiendo que, aunque ella decía que solo buscaba alivio físico, sus ojos me contaban una historia de amor que su orgullo todavía no se atrevía a pronunciar.Cada encuentro era una batalla silenciosa. Yo la tocaba con una devoción que intentaba derribar sus muros, y ella me recibía con una intensidad que a veces me hacía olvidar que, al salir de esa habitación, volveríamos a ser "solo los padres de Elena".Esa noche, el calor en la Toscana era sofocante, pero no tanto como el fuego que siempre estallaba entre nosotros.Habíamos cenado en silencio, un silencio cargado de electricidad, mientras Elena dormía en la habitación contigua bajo la vigilancia de la niñera. Isabella me había mirado sobre la copa de v
El aire de la noche en Florencia era denso, cargado con el aroma de los jazmines que trepaban por los muros de la villa que los Greco habían asignado a Isabella. Había pasado un año exacto desde que el llanto de Elena rompió el silencio de aquella clínica en Atenas. Un año en el que yo había sido un espectador en la periferia de su vida, cumpliendo la promesa de darle espacio, mientras mis manos picaban por la necesidad de sostenerla, de protegerla, de amarla como el hombre que finalmente era.Esa noche, sin embargo, el aire era distinto. Isabella me había citado. No para hablar de los fondos del fideicomiso de la niña, ni para discutir las medidas de seguridad que Austin insistía en reforzar. Me había citado después de que Elena se durmiera, con una voz que, por primera vez en meses, no sonaba a distancia profesional.La encontré en la terraza superior. Llevaba un camisón de seda negra que apenas rozaba sus muslos, y su cabello oscuro caía en cascada sobre sus hombros, brillando bajo
La luz dorada del atardecer de la Toscana se filtraba a través de los ventanales de la villa, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de terracota. El aire olía a romero, a tierra húmeda y al aroma inconfundible del café recién hecho que Pablo preparaba en la cocina. Habían pasado cinco años desde que la oscuridad de Atenas casi los consume a ambos. Cinco años desde que Elena nació para iluminar sus ruinas.Su relación era algo que nadie afuera podía entender, un rompecabezas de piezas que no encajaban del todo pero que se negaban a separarse. Después del primer año de distancia, de visitas cortas y silencios cargados de tensión, Isabella había sido la que rompió el hielo con una propuesta que pretendía ser pragmática: Solo sexo. Un acuerdo para liberar la tensión de dos cuerpos que se buscaban como imanes, una mentira piadosa que ambos aceptaron para no tener que admitir que sus almas seguían encadenadas.Pero la naturaleza tiene su propia forma de reírse de los acuerdos de los
El hospital privado en las afueras de Atenas olía a antiséptico y a una paz forzada que me resultaba ajena. Durante nueve meses, el mundo exterior había seguido girando: el imperio de los Vince se había desmoronado bajo el peso de las traiciones de Francesco, y los Greco habían recuperado su trono, pero para mí, el tiempo se había detenido en aquel almacén. Había cumplido mi palabra. Me mantuve a la distancia exacta: lo suficientemente cerca para cubrir los gastos, para asegurar que los mejores especialistas la atendieran y para que ningún remanente de odio la alcanzara, pero lo suficientemente lejos para que mis ojos no le recordaran el dolor de la cabaña.Había pasado meses viviendo en una casa frente al mar, solo con mis fantasmas y con la sombra de una verdad que me quemaba: Ethan estaba con Cianna en algún lugar de Europa, bajo la vigilancia de Austin, pero ya no era mi hijo. Y la mujer que llevaba a mi verdadera sangre en su vientre, me había pedido tiempo. Un tiempo que se sint
La luz del amanecer se filtraba tímidamente por los ventanales altos del almacén, bañando la habitación en un tono grisáceo y melancólico. El estruendo de la guerra en el puerto se había convertido en un eco lejano, pero dentro de esas cuatro paredes, el silencio era mucho más pesado.Entré sin pedir permiso, ignorando la advertencia de Matheo, que me vigilaba desde el pasillo con la mano puesta sobre su arma. Mis botas hacían un ruido sordo sobre el suelo de cemento hasta que llegué al pie de su cama. Isabella estaba despierta. Tenía la mirada fija en un punto inexistente de la pared, pero en cuanto sintió mi presencia, sus ojos se clavaron en los míos. Estaba pálida, con ojeras profundas que marcaban su cansancio, pero la fiereza seguía ahí, intacta.—Francesco te lo dijo, ¿verdad? —su voz fue apenas un susurro, pero cortó el aire con la precisión de un bisturí.Me senté en la silla de metal al lado de su cama, sintiendo el peso de mis propios pecados sobre los hombros. No intenté t







