LOGINDaniela es solo la asistente invisible de Elliot Vance, el magnate más despiadado y sexy de Nueva York. Ella necesita el dinero para sobrevivir; él necesita una segunda esposa para salvar su imperio. Tras una noche de errores en Los Ángeles, Elliot despierta casado con una desconocida cazafortunas. Su única salida: mentir. Le ofrece a Daniela un trato que ella no puede rechazar: fingir que son esposos desde hace semanas a cambio de liquidar todas sus deudas. Es solo un papel. Es solo una semana. Es solo un negocio. Pero entre flashes de cámaras, caricias prohibidas y una tensión que quema, la farsa se vuelve peligrosamente real. Seis meses después, con un embarazo secreto y una rival dispuesta a todo, Daniela descubrirá que el contrato más caro de su vida no se firmó con tinta, sino con fuego. ¿Qué sucede cuando el jefe que odias se convierte en el hombre del que no puedes escapar?
View MoreTres años después.La luz del domingo se filtraba por los inmensos ventanales de la nueva residencia Vance, una propiedad que, a diferencia del ático de cristal y acero de Manhattan, estaba rodeada de robles centenarios y el sonido constante del viento entre las hojas. El hogar ahora olía a café recién hecho, a libros nuevos y a ese aroma inconfundible y dulce que desprenden los niños pequeños.Sebastián, o "Seba", como Elliot lo llamaba con una devoción que aún sorprendía a quienes conocían su antigua faceta de tiburón financiero, corría por la alfombra del salón. Era un niño precioso, con el cabello oscuro y espeso de su padre y los ojos curiosos y brillantes de Daniela. A sus dos años y medio, el pequeño Seba era el centro de un universo que antes había sido frío y solitario.Daniela observaba la escena desde el sofá, con una taza de té entre las manos. Había terminado su tercera canción, que ya encabezaba las listas de los hits con más reproducciones, pero su mayor orgullo no
El silencio que reinaba en el ático esa noche era diferente a cualquier otro que hubieran compartido. Ya no era un silencio cargado de sospechas, ni el vacío gélido de la paranoia de Elliot, ni el peso asfixiante de los secretos de Daniela. Era una quietud vibrante, el tipo de calma que precede a los grandes cambios de marea.Habían regresado del juzgado hacía apenas unas horas. Elliot se había despojado de la chaqueta de su traje de sastre, desabrochando los primeros botones de su camisa blanca y remangándose con ese aire de cansancio victorioso que lo hacía parecer más humano que nunca. Daniela lo observaba desde el umbral del salón. El hombre que el mundo veía como un tiburón implacable estaba allí, de pie frente al ventanal que dominaba Manhattan, simplemente respirando la libertad que Paul y la justicia le habían devuelto.—Parece mentira que se haya acabado —dijo Elliot sin darse la vuelta, su voz resonando con una profundidad suave—. A veces siento que todavía estoy espera
El Palacio de Justicia de Nueva York se alzaba como un titán de piedra y mármol, ajeno a las tormentas emocionales que se desataban en su interior. Aquella mañana de mayo, el aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de la nuca de Daniela se erizara. Era el día. El final de un calvario que había amenazado con consumir su cordura y su futuro junto a Elliot.Sentada en la primera fila de la galería, Daniela entrelazó sus dedos sobre su regazo. Debajo de la tela de su vestido de seda azul marino, sentía una calidez constante.Su secreto seguía allí, palpitando en silencio, dándole la fuerza necesaria para no desmoronarse. A su lado, Elliot permanecía rígido, con el perfil tallado en granito y la mirada fija en el estrado. Ya no era el hombre vulnerable que se derrumbaba en la cocina; era el monarca recuperando su reino.—Orden en la sala —declaró el juez Miller, un hombre cuya reputación de imparcialidad era tan sólida como la maza que sostenía.Paul se
El silencio que siguió al ruido en la ventana fue sepulcral, roto únicamente por el sonido de la respiración agitada de Daniela y el clic metálico de la Magnum que Thea sostenía con una destreza aterradora. La luz de la cocina parecía demasiado brillante, casi cegadora, mientras ambas mujeres mantenían la vista fija en la persiana bajada.Fuera, en la vasta terraza que rodeaba el ático, el drama se desarrollaba en sombras. Uno de los guardias de seguridad de la unidad de élite de Elliot, alertado por el sistema de sensores perimetrales, barrió el ángulo muerto de la jardinera de piedra con su linterna táctica. El haz de luz blanca y fría cortó la oscuridad como un cuchillo, iluminando por una fracción de segundo un rostro que Daniela conocía demasiado bien: Enma.La mujer estaba allí, agazapada como un animal de rapiña, con los ojos inyectados en odio y la piel pálida bajo el frío de Nueva York. Al verse descubierta, Enma no gritó; soltó un siseo de rabia, se puso en pie de un sal






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