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Capítulo 1:
—Les presento a su nuevo jefe. Las palabras resonaron en el amplio salón de reuniones, pero para Yasmín, el sonido se convirtió de inmediato en un zumbido ensordecedor. Se quedó paralizada en su asiento, sintiendo cómo el aire se le escapaba de los pulmones. Al levantar la mirada, sus ojos se cruzaron con la figura que acababa de cruzar la puerta con absoluta sobriedad y seguridad. Era Sebastián. Sebastián, el hombre que había jurado no volver a ver jamás. El hombre que le había destrozado el corazón años atrás y de quien había huido para rehacer su vida desde cero. Él vestía la elegancia de quien se sabe dueño del lugar, caminando hacia el centro de la sala sin inmutarse, ajustándose la chaqueta antes de dirigir una mirada panorámica al equipo. Cuando sus ojos se posaron en Yasmín, no hubo sorpresa en su rostro; solo una leve, casi imperceptible curva en sus labios que a ella le hizo hervir la sangre. —A partir de hoy, asumiré la dirección general de la compañía —anunció Sebastián con una voz firme y profunda que retumbó en los oídos de Yasmín—. Espero el compromiso total de cada uno de ustedes. Mis estándares son altos, pero sé que este equipo tiene el potencial necesario. Los aplausos de los demás empleados llenaron la sala, pero Yasmín ni siquiera podía mover las manos. Estaba atónita, con los puños apretados debajo de la mesa y las uñas clavándosele en la palma de la mano. Sintió una rabia ciega, un calor sofocante que le subía por el cuello. No podía estar pasando esto. Ella había luchado muchísimo por conseguir esta pasantía, una oportunidad clave para su carrera profesional, y resulta que ahora su jefe supremo era nada más y nada menos que su expareja. En cuanto la reunión terminó y los ejecutivos comenzaron a dispersarse conversando entre ellos, Yasmín no esperó a que la despidieran. Se levantó de golpe, haciendo retroceder su silla con brusquedad, y caminó a pasos agigantados directamente hacia la oficina principal del fondo. Entró sin golpear la puerta, cerrándola de un portazo seco detrás de ella que hizo retumbar los cristales. —¿Qué significa esto, Sebastián? —gritó, encarándolo con el rostro encendido de indignación. Sebastián estaba de pie tras el escritorio de madera, revisando una carpeta. Ante el estruendo de la puerta ni siquiera se sobresaltó; tan solo alzó la vista despacio, mostrando una calma desesperante que solo avivó la furia de ella. —Te sugiero que bajes la voz, Yasmín. Estás en mi oficina y ahora soy tu superior —dijo él serenamente, rodeando el escritorio con elegancia y cruzándose de brazos. —¡Me importa un carajo que seas el jefe de este lugar! —espetó ella, dando varios pasos hacia él hasta quedar a menos de un metro de distancia—. ¡Tú no puedes estar aquí! ¡No voy a trabajar para ti ni un solo segundo más! Me voy. En este mismo instante renuncio. Sebastián dejó escapar una risotada seca, llena de ironía, y negó lentamente con la cabeza mientras caminaba hacia su escritorio para tomar un documento que ya tenía preparado. —Lamento decirte que no es tan sencillo, Yasmín —contestó él, extendiéndole la carpeta abiertamente—. Firmaste un contrato de pasantía hace exactamente tres días. Un contrato con cláusulas de permanencia obligatoria por un año entero. Yasmín le arrebató la carpeta de las manos y empezó a pasar las páginas precipitadamente, buscando con desesperación la sección de términos y condiciones. —¡Esto es una trampa! —exclamó con la voz temblorosa por la rabia—. ¡Tiene que haber una cláusula de rescisión! —La hay —respondió Sebastián, dando un paso hacia ella y mirándola fijamente a los ojos—. Puedes marcharte hoy mismo si quieres, pero tendrás que pagar la penalización por incumplimiento de contrato. Son cincuenta mil dólares por abandono intempestivo de puesto. ¿Tienes esa suma de dinero disponible en tu cuenta bancaria ahora mismo? El impacto de la cifra dejó a Yasmín helada. Cincuenta mil dólares. Era una cantidad astronómica, una suma que jamás podría pagar en su situación actual. Apreto los dientes mientras las lágrimas de rabia amenazaban con salir de sus ojos, pero se negó rotundamente a mostrar debilidad frente a él. —Eres un cínico, un despreciable... ¡Hiciste esto a propósito! Supiste desde el principio que yo estaba aquí y compraste o aceptaste la dirección solo para jodermes la vida —le recriminó, señalándolo con el índice. —Yo no controlo el mundo, Yasmín, solo aprovecho las oportunidades —dijo Sebastián acercándose un poco más, reduciendo el espacio entre los dos hasta que ella pudo sentir el peso de su presencia—. Acepta la realidad. Vas a tener que verme la cara todos los días durante los próximos doce meses. No puedes huir de mí esta vez. —¡Te odio, Sebastián! —gritó ella, arrojándole la carpeta al pecho con toda la fuerza de su frustración—. ¡Te odio con toda mi alma y me das asco! No pienses que me vas a pisotear. Voy a cumplir mi año, pero te juro que te haré la vida imposible cada maldito día. —Esperaré con ansias que lo intentes —contestó él con una sonrisa desafiante y provocadora que terminó por romper la poca paciencia que a ella le quedaba. Yasmín dio media vuelta y salió corriendo de la oficina, dando otro portazo desgarrador. Cruzó el pasillo a toda prisa, ignorando las miradas curiosas de los empleados que murmuraban al verla descompuesta. Necesitaba salir de ese edificio, respirar aire fresco y alejarse de la sombra de Sebastián.Capítulo 10: El sol de la mañana comenzaba a filtrarse entre los cristales tintados de la torre corporativa, pero dentro de las oficinas el ambiente se sentía helado, denso y cargado de una electricidad peligrosa. Yasmín bajó del ascensor con la barbilla en alto, los hombros erguidos y la mirada fija hacia el frente. Había pasado una noche espantosa, dando vueltas en la cama, reviviendo cada herida del pasado y escuchando las palabras de Camilo retumbar en su cabeza. Ya no había espacio para las lágrimas. El llanto se había secado, dejando en su lugar un poso amargo de rabia contenida y un deseo feroz de resistencia. Avanzó por el pasillo principal del área administrativa. Los murmullos entre los cubículos cesaron de golpe a su paso. Los empleados, que el día anterior habían sido testigos de su irrupción furiosa y del portazo en el despacho de la alta dirección, la observaban de reojo con una mezcla de curiosidad, morbo y temor. Sabían que algo grave había ocurrido entre la nueva
capítulo 9: —No te imaginas la felicidad que sentí en ese momento, Camilo —prosiguió ella, con el rostro bañado en lágrimas—. Pensé que ese bebé sería nuestra salvación. Pensé que al enterarse de que iba a ser padre, Sebastián por fin reaccionaría, tomaría la decisión de sacarme de esa casa y defendería a su familia de las garras de Federica. Preparé una sorpresa pequeña, algo sencillo pero lleno de amor. Lo esperé en la habitación toda la tarde. Él se había ido desde temprano diciendo que tenía una reunión de trabajo larga y complicada... Yasmín apretó los dientes, sintiendo cómo el recuerdo se volvía tan vívido que casi podía escuchar el sonido de su teléfono móvil sonando en aquella habitación solitaria. —Estaba sentada en el borde de la cama, mirando las zapatillitas de bebé que había comprado, esperando escuchar el auto de Sebastián llegar a la entrada. Y de repente, mi teléfono vibró. Era un mensaje de texto. Un número desconocido... Pero al abrirlo, me di cuenta de que la
capítulo 8: Yasmín apretó los puños sobre su regazo, sintiendo la frialdad de los recuerdos invadirle el pecho. —Por no tener dinero, terminamos mudándonos a la casa de su madre —continuó Yasmín, con una mueca de asco al pronunciar la última palabra—. A la casa de Doña Federica. Dios mío, qué error tan colosal. Desde el primer segundo en que pisé esa residencia, esa mujer me declaró una guerra silenciosa y despiadada. Federica es una mujer egocéntrica, clasista, vil... Una arpía que no podía soportar que su hijo se hubiera casado con una muerta de hambre. Para ella, yo era una basura, una advenediza que se había metido en la vida de Sebastián para sacarle provecho. —Recuerdo perfectamente a esa señora —comentó Camilo con el ceño fruncido—. Tenía una vibra oscura, pesada. Cada vez que iba a buscarte se sentía la tensión en el aire. —¡Era insoportable! —exclamó Yasmín, con la voz subiendo de tono por la indignación reprimida—. ¿Te acuerdas, Camilo? ¿Te acuerdas cuando te conté l
Capítulo 7: El impacto del portazo retumbó en las paredes de cristal del piso ejecutivo como un disparo en medio de un santuario. Yasmín caminaba a pasos agigantados por el pasillo, con la vista nublada por las lágrimas que finalmente habían traicionado su coraza de hierro. Mantenía la barbilla en alto por puro instinto de supervivencia, pero por dentro se estaba desmoronando a pedazos. Cada paso que daba alejándose de la oficina de Sebastián se sentía como si arrastrara cadenas invisibles que no solo la devolvían al presente, sino que la hundían de cabeza en el barro de un pasado que había intentado enterrar durante tres años. Camilo venía justo detrás de ella, intentando seguirle el ritmo acelerado sin llamar aún más la atención de los empleados que se asomaban discretamente sobre los divisores de sus cubículos. Él no decía nada en ese instante; conocía esa mirada. Sabía que cualquier palabra vacía de consuelo solo serviría para romper el frágil dique que sostenía la cordura de
capítulo 6:—Tú te callas, muchacho —dijo Sebastián con voz helada—. No estoy hablando contigo. Si de verdad quieres jugar al prometido héroe, te sugiero que aprendas primero a revisar la situación legal de la mujer con la que pretendes casarte antes de hacer el ridículo en una oficina pública. —¡No le hables así! —gritó Yasmín poniéndose enfrente de Sebastián, interponiéndose entre los dos hombres—. Camilo es mil veces más hombre de lo que tú jamás serás. Y si piensas que me vas a tener atada a ti con este papelucho arruinado, estás muy equivocado. Exijo que firmes el divorcio ahora mismo. ¡Hoy mismo nos vamos con un abogado y le pones fin a esta locura! Sebastián volvió a caminar hacia su sillón principal, rodeó el escritorio y se sentó con absoluta serenidad. Apoyó los codos sobre la madera pulida, entrelazó los dedos de las manos y miró a Yasmín con una expresión de triunfo absoluto, disfrutando visiblemente del colapso emocional de su esposa. —No —dijo Sebastián secamente. La
capítulo 5: —Ah... eso —dijo Sebastián encogiéndose de hombros con una serenidad insultante—. Pensé que habías descubierto algo realmente grave. Qué lástima desilusionarte con un trámite burocrático tan vulgar. —¿"Qué lástima"? ¿"Eso"? —repitió Yasmín con la voz quebrada por la indignación, sintiendo que la sangre le hervía en las venas—. ¡Eres un cínico desgraciado! ¡Hace tres años firmamos los papeles del divorcio! ¡Tú mismo firmaste el acuerdo de separación frente a los abogados! Te quedaste con los documentos y me juraste que te encargarías de meter la demanda en el juzgado y cerrar ese capítulo para siempre. ¡Me mentiste! ¡Me hiciste creer durante tres años que era una mujer libre! Sebastián rodeó el escritorio lentamente, caminando hacia ella con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. Se detuvo a escasos centímetros de ella, obligándola a alzar la mirada para sostenerle los ojos. La diferencia de estatura y su postura dominante no hicieron más que intensificar la







