INICIAR SESIÓNcapítulo 5:
—Ah... eso —dijo Sebastián encogiéndose de hombros con una serenidad insultante—. Pensé que habías descubierto algo realmente grave. Qué lástima desilusionarte con un trámite burocrático tan vulgar. —¿"Qué lástima"? ¿"Eso"? —repitió Yasmín con la voz quebrada por la indignación, sintiendo que la sangre le hervía en las venas—. ¡Eres un cínico desgraciado! ¡Hace tres años firmamos los papeles del divorcio! ¡Tú mismo firmaste el acuerdo de separación frente a los abogados! Te quedaste con los documentos y me juraste que te encargarías de meter la demanda en el juzgado y cerrar ese capítulo para siempre. ¡Me mentiste! ¡Me hiciste creer durante tres años que era una mujer libre! Sebastián rodeó el escritorio lentamente, caminando hacia ella con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. Se detuvo a escasos centímetros de ella, obligándola a alzar la mirada para sostenerle los ojos. La diferencia de estatura y su postura dominante no hicieron más que intensificar la tensión en la habitación. —Vamos a recordar las cosas como sucedieron en la realidad, mi querida Yasmín, no como a tu conveniente memoria le gusta adornarlas —dijo Sebastián con un tono suave pero afilado como una navaja—. Es verdad que firmamos un borrador de acuerdo. Es verdad que teníamos la intención de divorciarnos. Pero dime algo... ¿Qué fue lo que hiciste tú esa misma noche? Yasmín apretó los labios, dando un paso atrás. —Eso no tiene nada que ver con los papeles... —¡Tiene todo que ver! —contestó Sebastián elevando la voz apenas un tono, lo suficiente para mostrar la frialdad implacable de sus palabras—. Esa misma noche empacaste tus maletas, agarraste tus cosas y te fuiste de mi casa como una cobarde en mitad de la madrugada. Te esfumaste sin dejar un número de teléfono, sin dar una explicación, sin esperar a que el proceso legal siguiera su curso. Te fuiste creyendo que la vida real es como un cuento donde simplemente cierras la puerta y desapareces. —¡Me fui porque no te soportaba más! ¡Me fui porque estabas destruyéndome! —gritó Yasmín encarándolo a escasos centímetros. —Te fuiste antes de que el juez ratificara el acuerdo —la interrumpió Sebastián con una sonrisa fría y victoriosa—. Y como te fuiste y me dejaste tirado con todo el proceso a medio camino, mis abogados me aconsejaron sencillamente no presentar el expediente final. Para que un divorcio por mutuo acuerdo se concrete, se requiere la presencia y ratificación de ambas partes en la audiencia final. Tú no estabas. Te habías escapado. Así que el trámite jamás se congeló ni se ejecutó: simplemente se archivó. Y adivina qué... El matrimonio sigue exactamente tan válido como el primer día en que me diste el "sí" en el altar. Yasmín sentía que el corazón le latía desbocado en el pecho. La rabia se mezclaba con una sensación de sofoco sofocante. —¡Eso es una trampa legal, Sebastián! ¡Sabías perfectamente dónde encontrarme si hubieras querido buscarme para firmar! ¡Lo hiciste adrede! ¡Lo dejaste así para tener una navaja guardada bajo la manga por si algún día regresaba! —¿Buscarote? —Sebastián soltó una carcajada cargada de sarcasmo y negó con la cabeza—. Por favor, Yasmín, no te des tanta importancia. No me molesté en buscarte porque tenía asuntos infinitamente más importantes que atender que ir a perseguir a una mujer caprichosa que huye de sus problemas. Dejé el expediente archivado porque no tenía ninguna prisa. Y mira qué curiosas son las vueltas de la vida... Resulta que ahora la que viene corriendo desesperada a buscarme eres tú. —¡Vine porque hoy me iba a casar! —bramó ella, señalando hacia la puerta donde estaba Camilo—. ¡Iba a rehacer mi vida de verdad con un hombre que sí vale la pena! ¡Iba a casarme con Camilo hoy a mediodía! Sebastián congeló su sonrisa por un milisegundo. Su mirada se desvió lentamente por encima del hombro de Yasmín para fijarse en Camilo, que permanecía erguido al fondo de la estancia. Los ojos de Sebastián se entrecerraron con una frialdad peligrosa, analizando al joven de arriba abajo con evidente desprecio. —¿Con Camilo? —preguntó Sebastián volviendo su atención a Yasmín, esta vez con una voz arrastrada y socarrona—. ¿El mismo Camilo? ¿Tu inseparable e inofensivo mejor amigo? ¿El chico que te lleva la cartera y te escucha llorar cada vez que la vida te supera? —¡Es el hombre que amo! —mintió Yasmín con desesperación, buscando golpear el orgullo de Sebastián donde más le doliera—. ¡Es el hombre con el que quiero pasar el resto de mi vida! ¡Nos amamos con locura, nos adoramos y por eso íbamos a casarnos hoy! Él es todo lo que tú jamás pudiste ser: atento, leal, cariñoso y un verdadero caballero. ¡Estamos profundamente enamorados! Sebastián la escuchó sin pestañear. Durante unos segundos reinó un silencio tenso en la oficina. Luego, lentamente, una carcajada sonora, limpia y descarada brotó de la garganta de Sebastián, resonando en las cuatro paredes del despacho corporativo. —¿Enamorados? —dijo Sebastián entre risas, negando con la cabeza como si acabara de escuchar el chiste más absurdo del mundo—. Por favor, Yasmín... A mí no me vengas con ese cuento barato. Te conozco desde que tenías veinte años. Conozco cada uno de tus gestos, cada una de tus mentiras y cada uno de tus alardes cuando estás acorralada. ¿De verdad pretendes que me crea esa farsa descarada? —¡No es ninguna farsa! —intervino Camilo dando un paso al frente con firmeza—. ¡Yasmín y yo nos amamos y no tienes ningún derecho a meterte en nuestras vidas ni a burlarte de nuestros sentimientos! Sebastián ni siquiera se molestó en mirar a Camilo directamente; solo le dedicó una mirada de soslayo cargada de una superioridad aplastante.Capítulo 86: A través del cristal del vehículo y el ventanal abierto de la pequeña panadería, su mirada impactó de lleno contra una figura de espaldas que acomodaba una bandeja sobre el mostrador. El corazón de Sebastián se frenó en seco, propinándole un golpe brutal contra el tórax que le cortó el aliento. Reconocería esa figura, la forma de sus hombros y la curva de su cuello entre un millón de mujeres. —Detén el coche... —alcanzó a articular Sebastián en un hilo de voz ronco, casi inaudible. —¿Señor Valderrama? —preguntó el chófer confundido. —¡Que detengas el maldito coche ahora mismo! —rugió Sebastián, abriendo la portezuela antes de que el vehículo terminara de frenar por completo. Salió a la acera como impulsado por un resorte, ignorando el ruido del tráfico y el murmullo de los transeúntes. Los ojos se le salieron de las órbitas, fijos en la entrada de la panadería. Se quedó de pie en mitad de la acera, tambaleándose ligeramente, sintiendo que las piernas le pesaba
Capítulo 85: El tiempo había seguido su curso implacable, arrastrando con él las hojas del calendario y transformando las heridas en cicatrices silenciosas. Habían transcurrido tres meses desde que la tormenta de la llegada a la ciudad costera se había asentado. Cuatro meses de gestación marcaban ahora la vida de Yasmín, un tiempo suficiente para que la fragilidad de las primeras semanas diera paso a una plenitud evidente y luminosa. Su cuerpo había cambiado. Bajo la tela suave de sus vestidos holgados y los delantales de tela clara, la curva de su vientre ya no era un secreto que pudiera ocultarse. La redondez de su barriguita era notoria, firme y hermosa, albergando la promesa doble de dos vidas que crecían con una fuerza constante y milagrosa. En la tranquilidad de esa pequeña urbe marina, Yasmín había reconstruido su cotidianidad lejos de los lujos asfixiantes y las traiciones del pasado. La modesta panadería que su madre administraba desde hacía años se había convertido en su
capítulo 84:—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó Sebastián con voz ronca y pausada, un susurro que presagiaba un peligro inminente.—Hablo de que esto llegó a su límite —respondió Apolo dando un paso firme hacia el centro del despacho, elevando la voz sin importarle el estado de su socio—. Llevo semanas cubriéndote las espaldas en la junta directiva, apagando los incendios financieros que provocas por andar persiguiendo fantasmas, lidiando con los inversionistas extranjeros y aguantando tu carácter de mierda. ¡Yo soy el vicepresidente y socio de esta empresa, Sebastián! ¡No soy tu empleado ni tu maldito guardaespaldas personal!Las palabras de Apolo cayeron sobre el despacho como gasolina en un bosque en llamas.Sebastián despegó los pies del ventanal y comenzó a caminar hacia él con una lentitud amenazante, como un depredador acechando a su presa.—¿Te atreves a reclamarme a mí? ¿A mí, que levanté este imperio desde los cimientos mientras tú solo firmabas papeles? —escupió S
Capítulo 83: La penumbra de la oficina ejecutiva de Sebastián se había convertido en una cámara de tortura mental. Tras la revelación escuchada en el pasillo, el aire dentro de la estancia se sentía pesado, cargado de una electricidad estática que presagiaba una tormenta inminente. Sebastián permanecía de pie frente al gran ventanal polarizado, con los nudillos de las manos apoyados contra el cristal frío y la mirada perdida en los rascacielos iluminados de la capital. La frase de Camilo seguía rebotando en su mente como un eco ensordecedor: “Está embarazada... Lleva una vida creciendo dentro de ella”. Un temblor sutil recorrió sus hombros, seguido de una oleada de recuerdos que lo golpearon con la violencia de un puñetazo en el estómago. Su mente retrocedió en el tiempo, arrastrándolo hacia el pasado más oscuro de su matrimonio con Yasmín. Recordó con absoluta nitidez aquel día, cuatro años atrás, cuando el hospital los había devuelto a la realidad convertidos en cenizas. Recordó
Capítulo 82:Sebastián, que había salido de la sala de reuniones minutos después para dirigirse a su despacho personal, se había congelado detrás de la pared divisoria al escuchar las voces alteradas. Atraído por la mención de su propio nombre y por la inusual disputa personal entre su socio de confianza y el presidente del grupo aliado, se pegó al muro con la respiración contenida, escuchando cada palabra que salía de sus bocas.Apolo apretó los dientes con dureza, sintiendo que las palabras de Camilo le atravesaban el pecho como dagas filosas.—¿Y qué querías que hiciera? —reclamó Apolo con la voz temblando de frustración y dolor acumulado—. ¿Querías que provocara una guerra abierta en la empresa cuando Sebastián está al borde de la locura? ¿Cuando tu mejor amiga se fue al otro lado del océano y dejó a todo el mundo envuelto en llamas? ¡Tú estabas bajo un estrés inaguantable por culpa de Yasmín!—¡No involucres a Yasmín en esto! —estalló Camilo en un murmullo cargado de veneno—. Yas
Capítulo 81: El ambiente en la sala de juntas principal de la corporación Valderrama era glacial. La mesa de cristal y acero pulido, rodeada de sillones de cuero negro, parecía un campo de batalla recién abandonado tras una tregua forzada. Sobre la superficie no había tazas de café ni carpetas abiertas, solo la tensión pesada, denso e insoportable acumulada tras una reunión ejecutiva relámpago entre los representantes del fideicomiso y la alta directiva del grupo. Camilo, impecablemente vestido con un traje azul marino ajustado que acentuaba su posición como presidente del grupo aliado, recogió sus documentos corporativos con movimientos secos, elegantes y milimétricamente calculados. Mantenía el rostro sereno y la mirada firme, pero por dentro los nervios le jugaban una mala pasada. Cruzar las puertas de esa corporación significaba respirar el mismo aire tóxico del que Yasmín había huido desesperadamente al otro lado del océano, y cada segundo que pasaba en esa torre lo ahogaba. F







