LOGINCapítulo 3:
El aire en la pequeña oficina del Registro Civil pareció congelarse en un instante. Las palabras del funcionario no solo resonaron en los oídos de Yasmín, sino que atravesaron su pecho como una estocada helada. La confusión inicial dio paso a una ola de incredulidad absoluta, una sacudida violenta que le nubló la vista y le hizo perder el aliento por un segundo entero. —¿Qué... qué dijo? —alcanzó a articular Yasmín, apoyando ambas manos sobre el borde del mostrador de madera para evitar que las rodillas le temblaran del todo—. No, no, no. Usted tiene que estar equivocado. Revise bien ese sistema, por favor. Eso es imposible. Hubo un error de digitación, una confusión de cédulas, una falla en la base de datos... ¡Cualquier cosa! Revise otra vez. El funcionario se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz con parsimonia desesperante, emitiendo un leve chasquido con la lengua antes de volver a clavar la vista en la pantalla parpadeante del ordenador. —Señorita, no hay ningún error —respondió el hombre con la frialdad autómata de quien repite lo mismo diez veces al día—. El número de documento corresponde exactamente a su nombre completo y a su fecha de nacimiento. En el sistema nacional figura un matrimonio vigente, legalmente registrado y plenamente activo. Usted no puede contraer un nuevo matrimonio civil porque, ante la ley de este país, usted ya es una mujer casada. Camilo, que permanecía al lado de Yasmín en un silencio sepulcral, reaccionó de golpe, dando un paso al frente y dando un golpe seco sobre la barra de atención. —¡Esto tiene que ser una broma de pésimo gusto! —exclamó Camilo con el rostro desencajado por la indignación y el desconcierto—. ¡Ella no está casada con nadie! ¡Nosotros venimos a casarnos hoy! ¿Con quién se supone que está casada según esa maldita pantalla? ¡Díganos el nombre ahora mismo! El funcionario suspiró con pesadez, visiblemente molesto por el tono elevado del joven, y giró ligeramente el monitor para que ambos pudieran observar los datos. En la parte superior de la ficha registral, con letras negras, nítidas e inconfundibles, leyeron el nombre del cónyuge: Sebastián Alejandro Valderrama. Un escalofrío violento recorrió la espalda de Yasmín desde la nuca hasta los pies. Sintió que el suelo debajo de sus zapatos se abría por completo. Sebastián. Otra vez Sebastián. Como si no hubiera sido suficiente la pesadilla matutina en la empresa, el fantasma de su pasado no solo había vuelto para controlar su vida laboral, sino que mantenía encadenada su vida personal sin que ella lo supiera. —No... no puede ser... —murmuró Yasmín con el hilo de voz que le quedaba, dando dos pasos hacia atrás mientras se llevaba las manos a la cabeza—. Nosotros firmamos la demanda de divorcio... Nosotros terminamos todo hace años... ¡Él se quedó con los papeles! ¡Él juró que los tramitaría con sus abogados! —Pues lamento informarle que ese trámite jamás se concluyó ni se inscribió en el registro —sentenció el funcionario cerrando la carpeta sobre el mostrador—. Hasta que no exista una sentencia definitiva de divorcio debidamente ejecutoriada e inscrita en este despacho, usted sigue legal y oficialmente casada con el señor Valderrama. Siguiente en la fila, por favor. Yasmín no escuchó nada más. La rabia, el dolor, la frustración y una furia ciega, destructiva y visceral comenzaron a arder en su sangre como una explosión de gasolina. Los recuerdos de la separación, los años de dolor, el esfuerzo colosal por reconstruir su vida lejos de él y la humillación sufrida esa misma mañana en la oficina se condensaron en una sola idea fija. —Yasmín, espera, ¿a dónde vas? —gritó Camilo tratando de alcanzarla mientras ella daba media vuelta y salía a zancadas furiosas del edificio del Registro Civil. —¡A la empresa! —bramó Yasmín sin detenerse, cruzando la puerta de cristal como un torbellino fuera de control—. ¡Voy a matar a ese infeliz! ¡Voy a destrozarle la vida así como él pretende destrozarme la mía! —¡Yasmín, por favor, cálmate! —suplicó Camilo siguiéndola de cerca mientras ella avanzaba decidida hacia el auto—. No puedes ir en este estado. Si vas así, vas a cometer una locura. Déjame llamar a un abogado primero, revisemos la situación con calma. —¡No hay nada que revisar con calma, Camilo! —gritó ella girándose bruscamente para encararlo en medio de la acera, con los ojos inyectados en sangre y las lágrimas de rabia rodando por sus mejillas—. ¡Ese desgraciado sabía exactamente lo que estaba haciendo! ¡Me mantuvo casada con él a mis espaldas durante todos estos años! ¡Sabía que hoy arruinaría mi vida! ¿Crees que me voy a quedar de brazos cruzados? ¡Me subo a ese coche ahora mismo o me voy corriendo a pie, pero de hoy no pasa! Camilo, al ver la determinación salvaje y fuera de sí en la mirada de su amiga, entendió que era imposible detenerla. Sacó las llaves del bolsillo, desaseguró el vehículo y le abrió la puerta del copiloto. —Está bien, sube. Te llevo. Pero no me pidas que me quede abajo viendo cómo te metes en la boca del lobo. Voy contigo.Capítulo 10: El sol de la mañana comenzaba a filtrarse entre los cristales tintados de la torre corporativa, pero dentro de las oficinas el ambiente se sentía helado, denso y cargado de una electricidad peligrosa. Yasmín bajó del ascensor con la barbilla en alto, los hombros erguidos y la mirada fija hacia el frente. Había pasado una noche espantosa, dando vueltas en la cama, reviviendo cada herida del pasado y escuchando las palabras de Camilo retumbar en su cabeza. Ya no había espacio para las lágrimas. El llanto se había secado, dejando en su lugar un poso amargo de rabia contenida y un deseo feroz de resistencia. Avanzó por el pasillo principal del área administrativa. Los murmullos entre los cubículos cesaron de golpe a su paso. Los empleados, que el día anterior habían sido testigos de su irrupción furiosa y del portazo en el despacho de la alta dirección, la observaban de reojo con una mezcla de curiosidad, morbo y temor. Sabían que algo grave había ocurrido entre la nueva
capítulo 9: —No te imaginas la felicidad que sentí en ese momento, Camilo —prosiguió ella, con el rostro bañado en lágrimas—. Pensé que ese bebé sería nuestra salvación. Pensé que al enterarse de que iba a ser padre, Sebastián por fin reaccionaría, tomaría la decisión de sacarme de esa casa y defendería a su familia de las garras de Federica. Preparé una sorpresa pequeña, algo sencillo pero lleno de amor. Lo esperé en la habitación toda la tarde. Él se había ido desde temprano diciendo que tenía una reunión de trabajo larga y complicada... Yasmín apretó los dientes, sintiendo cómo el recuerdo se volvía tan vívido que casi podía escuchar el sonido de su teléfono móvil sonando en aquella habitación solitaria. —Estaba sentada en el borde de la cama, mirando las zapatillitas de bebé que había comprado, esperando escuchar el auto de Sebastián llegar a la entrada. Y de repente, mi teléfono vibró. Era un mensaje de texto. Un número desconocido... Pero al abrirlo, me di cuenta de que la
capítulo 8: Yasmín apretó los puños sobre su regazo, sintiendo la frialdad de los recuerdos invadirle el pecho. —Por no tener dinero, terminamos mudándonos a la casa de su madre —continuó Yasmín, con una mueca de asco al pronunciar la última palabra—. A la casa de Doña Federica. Dios mío, qué error tan colosal. Desde el primer segundo en que pisé esa residencia, esa mujer me declaró una guerra silenciosa y despiadada. Federica es una mujer egocéntrica, clasista, vil... Una arpía que no podía soportar que su hijo se hubiera casado con una muerta de hambre. Para ella, yo era una basura, una advenediza que se había metido en la vida de Sebastián para sacarle provecho. —Recuerdo perfectamente a esa señora —comentó Camilo con el ceño fruncido—. Tenía una vibra oscura, pesada. Cada vez que iba a buscarte se sentía la tensión en el aire. —¡Era insoportable! —exclamó Yasmín, con la voz subiendo de tono por la indignación reprimida—. ¿Te acuerdas, Camilo? ¿Te acuerdas cuando te conté l
Capítulo 7: El impacto del portazo retumbó en las paredes de cristal del piso ejecutivo como un disparo en medio de un santuario. Yasmín caminaba a pasos agigantados por el pasillo, con la vista nublada por las lágrimas que finalmente habían traicionado su coraza de hierro. Mantenía la barbilla en alto por puro instinto de supervivencia, pero por dentro se estaba desmoronando a pedazos. Cada paso que daba alejándose de la oficina de Sebastián se sentía como si arrastrara cadenas invisibles que no solo la devolvían al presente, sino que la hundían de cabeza en el barro de un pasado que había intentado enterrar durante tres años. Camilo venía justo detrás de ella, intentando seguirle el ritmo acelerado sin llamar aún más la atención de los empleados que se asomaban discretamente sobre los divisores de sus cubículos. Él no decía nada en ese instante; conocía esa mirada. Sabía que cualquier palabra vacía de consuelo solo serviría para romper el frágil dique que sostenía la cordura de
capítulo 6:—Tú te callas, muchacho —dijo Sebastián con voz helada—. No estoy hablando contigo. Si de verdad quieres jugar al prometido héroe, te sugiero que aprendas primero a revisar la situación legal de la mujer con la que pretendes casarte antes de hacer el ridículo en una oficina pública. —¡No le hables así! —gritó Yasmín poniéndose enfrente de Sebastián, interponiéndose entre los dos hombres—. Camilo es mil veces más hombre de lo que tú jamás serás. Y si piensas que me vas a tener atada a ti con este papelucho arruinado, estás muy equivocado. Exijo que firmes el divorcio ahora mismo. ¡Hoy mismo nos vamos con un abogado y le pones fin a esta locura! Sebastián volvió a caminar hacia su sillón principal, rodeó el escritorio y se sentó con absoluta serenidad. Apoyó los codos sobre la madera pulida, entrelazó los dedos de las manos y miró a Yasmín con una expresión de triunfo absoluto, disfrutando visiblemente del colapso emocional de su esposa. —No —dijo Sebastián secamente. La
capítulo 5: —Ah... eso —dijo Sebastián encogiéndose de hombros con una serenidad insultante—. Pensé que habías descubierto algo realmente grave. Qué lástima desilusionarte con un trámite burocrático tan vulgar. —¿"Qué lástima"? ¿"Eso"? —repitió Yasmín con la voz quebrada por la indignación, sintiendo que la sangre le hervía en las venas—. ¡Eres un cínico desgraciado! ¡Hace tres años firmamos los papeles del divorcio! ¡Tú mismo firmaste el acuerdo de separación frente a los abogados! Te quedaste con los documentos y me juraste que te encargarías de meter la demanda en el juzgado y cerrar ese capítulo para siempre. ¡Me mentiste! ¡Me hiciste creer durante tres años que era una mujer libre! Sebastián rodeó el escritorio lentamente, caminando hacia ella con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. Se detuvo a escasos centímetros de ella, obligándola a alzar la mirada para sostenerle los ojos. La diferencia de estatura y su postura dominante no hicieron más que intensificar la







