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capítulo 3

Autor: Anto_2608
last update Fecha de publicación: 2026-08-31 15:51:27

Capítulo 3:

El aire en la pequeña oficina del Registro Civil pareció congelarse en un instante. Las palabras del funcionario no solo resonaron en los oídos de Yasmín, sino que atravesaron su pecho como una estocada helada. La confusión inicial dio paso a una ola de incredulidad absoluta, una sacudida violenta que le nubló la vista y le hizo perder el aliento por un segundo entero.

—¿Qué... qué dijo? —alcanzó a articular Yasmín, apoyando ambas manos sobre el borde del mostrador de madera para evitar que las rodillas le temblaran del todo—. No, no, no. Usted tiene que estar equivocado. Revise bien ese sistema, por favor. Eso es imposible. Hubo un error de digitación, una confusión de cédulas, una falla en la base de datos... ¡Cualquier cosa! Revise otra vez.

El funcionario se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz con parsimonia desesperante, emitiendo un leve chasquido con la lengua antes de volver a clavar la vista en la pantalla parpadeante del ordenador.

—Señorita, no hay ningún error —respondió el hombre con la frialdad autómata de quien repite lo mismo diez veces al día—. El número de documento corresponde exactamente a su nombre completo y a su fecha de nacimiento. En el sistema nacional figura un matrimonio vigente, legalmente registrado y plenamente activo. Usted no puede contraer un nuevo matrimonio civil porque, ante la ley de este país, usted ya es una mujer casada.

Camilo, que permanecía al lado de Yasmín en un silencio sepulcral, reaccionó de golpe, dando un paso al frente y dando un golpe seco sobre la barra de atención.

—¡Esto tiene que ser una broma de pésimo gusto! —exclamó Camilo con el rostro desencajado por la indignación y el desconcierto—. ¡Ella no está casada con nadie! ¡Nosotros venimos a casarnos hoy! ¿Con quién se supone que está casada según esa maldita pantalla? ¡Díganos el nombre ahora mismo!

El funcionario suspiró con pesadez, visiblemente molesto por el tono elevado del joven, y giró ligeramente el monitor para que ambos pudieran observar los datos. En la parte superior de la ficha registral, con letras negras, nítidas e inconfundibles, leyeron el nombre del cónyuge:

Sebastián Alejandro Valderrama.

Un escalofrío violento recorrió la espalda de Yasmín desde la nuca hasta los pies. Sintió que el suelo debajo de sus zapatos se abría por completo. Sebastián. Otra vez Sebastián. Como si no hubiera sido suficiente la pesadilla matutina en la empresa, el fantasma de su pasado no solo había vuelto para controlar su vida laboral, sino que mantenía encadenada su vida personal sin que ella lo supiera.

—No... no puede ser... —murmuró Yasmín con el hilo de voz que le quedaba, dando dos pasos hacia atrás mientras se llevaba las manos a la cabeza—. Nosotros firmamos la demanda de divorcio... Nosotros terminamos todo hace años... ¡Él se quedó con los papeles! ¡Él juró que los tramitaría con sus abogados!

—Pues lamento informarle que ese trámite jamás se concluyó ni se inscribió en el registro —sentenció el funcionario cerrando la carpeta sobre el mostrador—. Hasta que no exista una sentencia definitiva de divorcio debidamente ejecutoriada e inscrita en este despacho, usted sigue legal y oficialmente casada con el señor Valderrama. Siguiente en la fila, por favor.

Yasmín no escuchó nada más. La rabia, el dolor, la frustración y una furia ciega, destructiva y visceral comenzaron a arder en su sangre como una explosión de gasolina. Los recuerdos de la separación, los años de dolor, el esfuerzo colosal por reconstruir su vida lejos de él y la humillación sufrida esa misma mañana en la oficina se condensaron en una sola idea fija.

—Yasmín, espera, ¿a dónde vas? —gritó Camilo tratando de alcanzarla mientras ella daba media vuelta y salía a zancadas furiosas del edificio del Registro Civil.

—¡A la empresa! —bramó Yasmín sin detenerse, cruzando la puerta de cristal como un torbellino fuera de control—. ¡Voy a matar a ese infeliz! ¡Voy a destrozarle la vida así como él pretende destrozarme la mía!

—¡Yasmín, por favor, cálmate! —suplicó Camilo siguiéndola de cerca mientras ella avanzaba decidida hacia el auto—. No puedes ir en este estado. Si vas así, vas a cometer una locura. Déjame llamar a un abogado primero, revisemos la situación con calma.

—¡No hay nada que revisar con calma, Camilo! —gritó ella girándose bruscamente para encararlo en medio de la acera, con los ojos inyectados en sangre y las lágrimas de rabia rodando por sus mejillas—. ¡Ese desgraciado sabía exactamente lo que estaba haciendo! ¡Me mantuvo casada con él a mis espaldas durante todos estos años! ¡Sabía que hoy arruinaría mi vida! ¿Crees que me voy a quedar de brazos cruzados? ¡Me subo a ese coche ahora mismo o me voy corriendo a pie, pero de hoy no pasa!

Camilo, al ver la determinación salvaje y fuera de sí en la mirada de su amiga, entendió que era imposible detenerla. Sacó las llaves del bolsillo, desaseguró el vehículo y le abrió la puerta del copiloto.

—Está bien, sube. Te llevo. Pero no me pidas que me quede abajo viendo cómo te metes en la boca del lobo. Voy contigo.

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