INICIAR SESIÓNcapítulo 4:
Yasmín se subió al auto cerrando la puerta con una fuerza tan descomunal que todo el marco tembló. Camilo se acomodó rápidamente en el asiento del conductor, encendió el motor y aceleró a fondo, cortando el tráfico del centro de la ciudad. El trayecto hacia el edificio corporativo se convirtió en un silencio sofocante, interrumpido únicamente por la respiración agitada de Yasmín y el crujido de sus puños apretados contra sus muslos. Cada semáforo en rojo era un tormento para ella. En su mente se repetían en bucle las imágenes de la mañana: la sonrisa autosuficiente de Sebastián, su tono burlón al mostrarle el contrato de trabajo de cincuenta mil dólares, su aire de superioridad al asegurarle que tendría que verle la cara durante doce meses. Y ahora esto. La certeza de que el hombre al que consideraba su mayor error en la vida tenía aún en sus manos el poder legal sobre su libertad. Cuando el auto de Camilo se frenó bruscamente frente a la imponente torre corporativa, Yasmín ni siquiera esperó a que el vehículo se detuviera por completo. Abrió la puerta y saltó a la acera, caminando a pasos agigantados hacia las puertas giratorias del vestíbulo. —¡Yasmín! ¡Espera! —exclamó Camilo bajando del auto a toda prisa y corriendo tras ella. Yasmín no escuchó. Atravesó el vestíbulo principal como una exhalación. Las recepcionistas trataron de saludarla, pero al ver la expresión desencajada y amenazante de la joven pasante, nadie se atrevió a interponerse en su camino. Yasmín llamó al ascensor, presionó el botón de la planta ejecutiva varias veces con desesperación y se metió dentro en cuanto las puertas se abrieron. Camilo logró deslizarse al interior justo antes de que las puertas se cerraran. —Yasmín, te lo suplico, trata de mantener el control —le dijo Camilo agitado, tratando de ponerle una mano en el hombro—. Si armas un escándalo público en su piso, va a usar esto en tu contra. Ya sabes cómo es ese tipo. —Que use lo que quiera —respondió ella con la voz grave, helada y temblorosa por la furia—. Ya no tengo nada que perder. Se acabó el juego, Camilo. Hoy Sebastián me va a dar la cara y me va a explicar esta maldita porquería. Las puertas del ascensor se abrieron con un suave timbre en el piso de la alta dirección. El piso estaba decorado de forma elegante y silenciosa, con alfombras espesas y cristales opacos. La secretaria ejecutiva de Sebastián, una mujer mayor de aspecto impecable, se levantó de su escritorio al ver llegar a la pasante a paso de carga. —Señorita Yasmín, no puede pasar sin anunciarse, el señor Valderrama está en una reunión confidencial con... Yasmín ni siquiera la miró. Pasó por al lado de la secretaria apartándola suavemente con la mano y caminó directo hacia la enorme puerta de madera maciza del despacho principal. Sin tocar, sin dudarlo un solo segundo, levantó la pierna y le dio un empujón violento a la puerta, haciendo que se abriera de golpe con un impacto ensordecedor que rebotó contra los muros de la oficina. En el interior, Sebastián estaba sentado al frente de su gran mesa de centro junto a Apolo, su mejor amigo y socio principal de negocios. Apolo sostenía un vaso de whisky en la mano y revisaba unas carpetas sobre la mesa, mientras Sebastián, cómodamente reclinado en su sillón de piel, alzaba una ceja ante el estruendo. Los dos hombres se giraron bruscamente. Apolo se puso de pie por instinto, sorprendido por la intrusión, pero Sebastián no se inmutó. La miró despectivamente, luego paseó la mirada hacia Camilo que venía corriendo detrás de ella, y finalmente regresó los ojos hacia Yasmín con una calma hiriente, dibujando en su rostro esa sonrisa sarcástica y helada que a ella le revolvía las entrañas. —Vaya, vaya... —dijo Sebastián con voz pausada, arrastrando las palabras con una ironía aplastante mientras colocaba su bolígrafo sobre el escritorio—. Pero si es mi pasante estrella. Me alegra ver que te tomas tus descansos con tanto entusiasmo. Aunque debo recordarte que dar portazos y derribar las puertas de la dirección general no figuraba exactamente en la descripción de tus tareas diarias. —¡Cierra la boca, Sebastián! ¡Cierra la maldita boca! —gritó Yasmín fuera de sí, advancing a pasos acelerados hasta encararlo directamente frente a su escritorio. Apolo intervino rápidamente, dando un paso al frente para mediar. —Yasmín, por favor, cálmate un poco. Si hay algún problema operativo podemos revisarlo con el departamento de recursos humanos o... —¡Tú no te metas, Apolo! —lo cortó Yasmín señalándolo con furia—. ¡Esto no es un problema operativo ni tiene nada que ver con la empresa! ¡Esto es entre este miserable cínico y yo! Sebastián hizo un leve gesto con la mano hacia Apolo, indicándole que guardara silencio y no se preocupara. Luego, se puso de pie muy despacio, arreglándose los puños de la camisa con una parsimonia irritante. Cada movimiento suyo estaba calculado para sacarla de quicio. —Déjala hablar, Apolo —comentó Sebastián, mirándola fijamente con sus ojos fríos y calculadores—. Parece que mi querida Yasmín tiene algo muy urgente que comunicar. A ver, dime, mi amor... ¿A qué se debe este despliegue de drama digno de una telenovela barata? ¿Te diste cuenta de que no te alcanza el sueldo para pagar los cincuenta mil dólares de rescisión de contrato? —¡Vengo del Registro Civil, Sebastián! —vociferó ella, dándole un golpe seco al escritorio con la palma de la mano—. ¡Vengo de intentar casarme! ¡Y resulta que el funcionario me sale con que no puedo hacer absolutamente nada porque ante la ley de este país sigo casada contigo! Un silencio sepulcral cayó sobre la oficina. Apolo abrió los ojos de par en par, mirando primero a Yasmín y luego a Sebastián con evidente sorpresa. Camilo, por su parte, permaneció firme al lado de la puerta, cruzado de brazos y con la mirada clavada en el magnate. Sebastián no pestañeó. Escuchó la acusación sin mostrar el más mínimo rasgo de asombro o remordimiento. En lugar de eso, dejó escapar una leve risilla baja, burlona y cargada de un sarcasmo corrosivo que congeló el aire del recinto.Capítulo 86: A través del cristal del vehículo y el ventanal abierto de la pequeña panadería, su mirada impactó de lleno contra una figura de espaldas que acomodaba una bandeja sobre el mostrador. El corazón de Sebastián se frenó en seco, propinándole un golpe brutal contra el tórax que le cortó el aliento. Reconocería esa figura, la forma de sus hombros y la curva de su cuello entre un millón de mujeres. —Detén el coche... —alcanzó a articular Sebastián en un hilo de voz ronco, casi inaudible. —¿Señor Valderrama? —preguntó el chófer confundido. —¡Que detengas el maldito coche ahora mismo! —rugió Sebastián, abriendo la portezuela antes de que el vehículo terminara de frenar por completo. Salió a la acera como impulsado por un resorte, ignorando el ruido del tráfico y el murmullo de los transeúntes. Los ojos se le salieron de las órbitas, fijos en la entrada de la panadería. Se quedó de pie en mitad de la acera, tambaleándose ligeramente, sintiendo que las piernas le pesaba
Capítulo 85: El tiempo había seguido su curso implacable, arrastrando con él las hojas del calendario y transformando las heridas en cicatrices silenciosas. Habían transcurrido tres meses desde que la tormenta de la llegada a la ciudad costera se había asentado. Cuatro meses de gestación marcaban ahora la vida de Yasmín, un tiempo suficiente para que la fragilidad de las primeras semanas diera paso a una plenitud evidente y luminosa. Su cuerpo había cambiado. Bajo la tela suave de sus vestidos holgados y los delantales de tela clara, la curva de su vientre ya no era un secreto que pudiera ocultarse. La redondez de su barriguita era notoria, firme y hermosa, albergando la promesa doble de dos vidas que crecían con una fuerza constante y milagrosa. En la tranquilidad de esa pequeña urbe marina, Yasmín había reconstruido su cotidianidad lejos de los lujos asfixiantes y las traiciones del pasado. La modesta panadería que su madre administraba desde hacía años se había convertido en su
capítulo 84:—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó Sebastián con voz ronca y pausada, un susurro que presagiaba un peligro inminente.—Hablo de que esto llegó a su límite —respondió Apolo dando un paso firme hacia el centro del despacho, elevando la voz sin importarle el estado de su socio—. Llevo semanas cubriéndote las espaldas en la junta directiva, apagando los incendios financieros que provocas por andar persiguiendo fantasmas, lidiando con los inversionistas extranjeros y aguantando tu carácter de mierda. ¡Yo soy el vicepresidente y socio de esta empresa, Sebastián! ¡No soy tu empleado ni tu maldito guardaespaldas personal!Las palabras de Apolo cayeron sobre el despacho como gasolina en un bosque en llamas.Sebastián despegó los pies del ventanal y comenzó a caminar hacia él con una lentitud amenazante, como un depredador acechando a su presa.—¿Te atreves a reclamarme a mí? ¿A mí, que levanté este imperio desde los cimientos mientras tú solo firmabas papeles? —escupió S
Capítulo 83: La penumbra de la oficina ejecutiva de Sebastián se había convertido en una cámara de tortura mental. Tras la revelación escuchada en el pasillo, el aire dentro de la estancia se sentía pesado, cargado de una electricidad estática que presagiaba una tormenta inminente. Sebastián permanecía de pie frente al gran ventanal polarizado, con los nudillos de las manos apoyados contra el cristal frío y la mirada perdida en los rascacielos iluminados de la capital. La frase de Camilo seguía rebotando en su mente como un eco ensordecedor: “Está embarazada... Lleva una vida creciendo dentro de ella”. Un temblor sutil recorrió sus hombros, seguido de una oleada de recuerdos que lo golpearon con la violencia de un puñetazo en el estómago. Su mente retrocedió en el tiempo, arrastrándolo hacia el pasado más oscuro de su matrimonio con Yasmín. Recordó con absoluta nitidez aquel día, cuatro años atrás, cuando el hospital los había devuelto a la realidad convertidos en cenizas. Recordó
Capítulo 82:Sebastián, que había salido de la sala de reuniones minutos después para dirigirse a su despacho personal, se había congelado detrás de la pared divisoria al escuchar las voces alteradas. Atraído por la mención de su propio nombre y por la inusual disputa personal entre su socio de confianza y el presidente del grupo aliado, se pegó al muro con la respiración contenida, escuchando cada palabra que salía de sus bocas.Apolo apretó los dientes con dureza, sintiendo que las palabras de Camilo le atravesaban el pecho como dagas filosas.—¿Y qué querías que hiciera? —reclamó Apolo con la voz temblando de frustración y dolor acumulado—. ¿Querías que provocara una guerra abierta en la empresa cuando Sebastián está al borde de la locura? ¿Cuando tu mejor amiga se fue al otro lado del océano y dejó a todo el mundo envuelto en llamas? ¡Tú estabas bajo un estrés inaguantable por culpa de Yasmín!—¡No involucres a Yasmín en esto! —estalló Camilo en un murmullo cargado de veneno—. Yas
Capítulo 81: El ambiente en la sala de juntas principal de la corporación Valderrama era glacial. La mesa de cristal y acero pulido, rodeada de sillones de cuero negro, parecía un campo de batalla recién abandonado tras una tregua forzada. Sobre la superficie no había tazas de café ni carpetas abiertas, solo la tensión pesada, denso e insoportable acumulada tras una reunión ejecutiva relámpago entre los representantes del fideicomiso y la alta directiva del grupo. Camilo, impecablemente vestido con un traje azul marino ajustado que acentuaba su posición como presidente del grupo aliado, recogió sus documentos corporativos con movimientos secos, elegantes y milimétricamente calculados. Mantenía el rostro sereno y la mirada firme, pero por dentro los nervios le jugaban una mala pasada. Cruzar las puertas de esa corporación significaba respirar el mismo aire tóxico del que Yasmín había huido desesperadamente al otro lado del océano, y cada segundo que pasaba en esa torre lo ahogaba. F







