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capítulo 4

Author: Anto_2608
last update publish date: 2026-09-15 17:36:51

capítulo 4:

Yasmín se subió al auto cerrando la puerta con una fuerza tan descomunal que todo el marco tembló. Camilo se acomodó rápidamente en el asiento del conductor, encendió el motor y aceleró a fondo, cortando el tráfico del centro de la ciudad. El trayecto hacia el edificio corporativo se convirtió en un silencio sofocante, interrumpido únicamente por la respiración agitada de Yasmín y el crujido de sus puños apretados contra sus muslos.

Cada semáforo en rojo era un tormento para ella. En su mente se repetían en bucle las imágenes de la mañana: la sonrisa autosuficiente de Sebastián, su tono burlón al mostrarle el contrato de trabajo de cincuenta mil dólares, su aire de superioridad al asegurarle que tendría que verle la cara durante doce meses. Y ahora esto. La certeza de que el hombre al que consideraba su mayor error en la vida tenía aún en sus manos el poder legal sobre su libertad.

Cuando el auto de Camilo se frenó bruscamente frente a la imponente torre corporativa, Yasmín ni siquiera esperó a que el vehículo se detuviera por completo. Abrió la puerta y saltó a la acera, caminando a pasos agigantados hacia las puertas giratorias del vestíbulo.

—¡Yasmín! ¡Espera! —exclamó Camilo bajando del auto a toda prisa y corriendo tras ella.

Yasmín no escuchó. Atravesó el vestíbulo principal como una exhalación. Las recepcionistas trataron de saludarla, pero al ver la expresión desencajada y amenazante de la joven pasante, nadie se atrevió a interponerse en su camino. Yasmín llamó al ascensor, presionó el botón de la planta ejecutiva varias veces con desesperación y se metió dentro en cuanto las puertas se abrieron. Camilo logró deslizarse al interior justo antes de que las puertas se cerraran.

—Yasmín, te lo suplico, trata de mantener el control —le dijo Camilo agitado, tratando de ponerle una mano en el hombro—. Si armas un escándalo público en su piso, va a usar esto en tu contra. Ya sabes cómo es ese tipo.

—Que use lo que quiera —respondió ella con la voz grave, helada y temblorosa por la furia—. Ya no tengo nada que perder. Se acabó el juego, Camilo. Hoy Sebastián me va a dar la cara y me va a explicar esta maldita porquería.

Las puertas del ascensor se abrieron con un suave timbre en el piso de la alta dirección. El piso estaba decorado de forma elegante y silenciosa, con alfombras espesas y cristales opacos. La secretaria ejecutiva de Sebastián, una mujer mayor de aspecto impecable, se levantó de su escritorio al ver llegar a la pasante a paso de carga.

—Señorita Yasmín, no puede pasar sin anunciarse, el señor Valderrama está en una reunión confidencial con...

Yasmín ni siquiera la miró. Pasó por al lado de la secretaria apartándola suavemente con la mano y caminó directo hacia la enorme puerta de madera maciza del despacho principal. Sin tocar, sin dudarlo un solo segundo, levantó la pierna y le dio un empujón violento a la puerta, haciendo que se abriera de golpe con un impacto ensordecedor que rebotó contra los muros de la oficina.

En el interior, Sebastián estaba sentado al frente de su gran mesa de centro junto a Apolo, su mejor amigo y socio principal de negocios. Apolo sostenía un vaso de whisky en la mano y revisaba unas carpetas sobre la mesa, mientras Sebastián, cómodamente reclinado en su sillón de piel, alzaba una ceja ante el estruendo.

Los dos hombres se giraron bruscamente. Apolo se puso de pie por instinto, sorprendido por la intrusión, pero Sebastián no se inmutó. La miró despectivamente, luego paseó la mirada hacia Camilo que venía corriendo detrás de ella, y finalmente regresó los ojos hacia Yasmín con una calma hiriente, dibujando en su rostro esa sonrisa sarcástica y helada que a ella le revolvía las entrañas.

—Vaya, vaya... —dijo Sebastián con voz pausada, arrastrando las palabras con una ironía aplastante mientras colocaba su bolígrafo sobre el escritorio—. Pero si es mi pasante estrella. Me alegra ver que te tomas tus descansos con tanto entusiasmo. Aunque debo recordarte que dar portazos y derribar las puertas de la dirección general no figuraba exactamente en la descripción de tus tareas diarias.

—¡Cierra la boca, Sebastián! ¡Cierra la maldita boca! —gritó Yasmín fuera de sí, advancing a pasos acelerados hasta encararlo directamente frente a su escritorio.

Apolo intervino rápidamente, dando un paso al frente para mediar.

—Yasmín, por favor, cálmate un poco. Si hay algún problema operativo podemos revisarlo con el departamento de recursos humanos o...

—¡Tú no te metas, Apolo! —lo cortó Yasmín señalándolo con furia—. ¡Esto no es un problema operativo ni tiene nada que ver con la empresa! ¡Esto es entre este miserable cínico y yo!

Sebastián hizo un leve gesto con la mano hacia Apolo, indicándole que guardara silencio y no se preocupara. Luego, se puso de pie muy despacio, arreglándose los puños de la camisa con una parsimonia irritante. Cada movimiento suyo estaba calculado para sacarla de quicio.

—Déjala hablar, Apolo —comentó Sebastián, mirándola fijamente con sus ojos fríos y calculadores—. Parece que mi querida Yasmín tiene algo muy urgente que comunicar. A ver, dime, mi amor... ¿A qué se debe este despliegue de drama digno de una telenovela barata? ¿Te diste cuenta de que no te alcanza el sueldo para pagar los cincuenta mil dólares de rescisión de contrato?

—¡Vengo del Registro Civil, Sebastián! —vociferó ella, dándole un golpe seco al escritorio con la palma de la mano—. ¡Vengo de intentar casarme! ¡Y resulta que el funcionario me sale con que no puedo hacer absolutamente nada porque ante la ley de este país sigo casada contigo!

Un silencio sepulcral cayó sobre la oficina. Apolo abrió los ojos de par en par, mirando primero a Yasmín y luego a Sebastián con evidente sorpresa. Camilo, por su parte, permaneció firme al lado de la puerta, cruzado de brazos y con la mirada clavada en el magnate.

Sebastián no pestañeó. Escuchó la acusación sin mostrar el más mínimo rasgo de asombro o remordimiento. En lugar de eso, dejó escapar una leve risilla baja, burlona y cargada de un sarcasmo corrosivo que congeló el aire del recinto.

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