Se connecterLa confirmación del contrato en el Caribe sacudió las estructuras de toda la empresa. Para el mediodía, el eco del éxito ya había recorrido los pasillos, y el nombre de Alexa comenzó a murmurarse con una mezcla de recelo y respeto entre los compañeros. Sin embargo, en el despacho principal, la vida continuaba bajo las exigencias implacables del Alfa.
A las dos de la tarde, la puerta de caoba se abrió con brusquedad. Damián salió de su reunión con el departamento legal, desatándose la corbata con un movimiento impaciente mientras se dirigía directamente al escritorio de Alexa.
—Quiero los expedientes de la filial de logística sobre mi mesa antes de las cuatro —ordenó Damián, plantándose frente a ella con los brazos cruzados y una expresión de pura exigencia—. Y asegúrate de revisar las cláusulas de indemnización. No pienso firmar nada que tenga vacíos legales.
Alexa levantó la vista de la pantalla, sosteniéndole la mirada con frialdad. Ya se había acostumbrado a su forma de irrumpir en su espacio, pero no pensaba darle el gusto de verla alterada.
—Los expedientes están listos desde esta mañana, señor Vane —respondió ella con tono neutro, entregándole una carpeta pulcramente organizada—. Y me tomé la libertad de marcar con post-its amarillos los tres puntos grises del contrato de logística. No hay ningún vacío; solo falta que usted decida si acepta o rechaza la exclusividad del territorio.
Damián tomó la carpeta con lentitud, hojeando las páginas marcadas mientras sus ojos ámbar se detenían en la caligrafía de Alexa. Una sonrisa lenta y torcida curvó las comisuras de sus labios.
—Impecable, como siempre —murmuró él, bajando la voz lo suficiente para que solo ella pudiera escucharle—. ¿Tienes el hábito exasperante de adelantarte a mis requerimientos?, Alexa. Eso es peligroso.
—¿Peligroso para quién? —replicó ella, arqueando una ceja con desafío—. ¿Para su ego o para su paciencia?
—Para ambos —respondió Damián sin apartar la vista de su rostro, inclinándose ligeramente sobre el escritorio—. Una mujer que piensa tan rápido y ejecuta con tanta precisión es un boleto directo al desastre. Y reconozco que me encantan los desastres.
—Lástima que yo no esté disponible para arruinarle la semana, Damián —espetó Alexa —. Tengo suficiente trabajo como para hacerme cargo de sus caprichos nocturnos.
—¿Caprichos? —repitieron los labios de Damián en un gruñido bajo, apoyando las palmas sobre el borde del escritorio y acercándose peligrosamente—. ¿Crees que lo de esta cena es un juego o una ocurrencia de última hora?
—Lo que sea que tenga planeado para esta noche, ya le dije que no cuenta con mi aprobación —dijo Alexa, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba peligrosamente al tenerlo tan cerca, aunque se obligó a no retroceder ni un milímetro.
—No necesito tu aprobación para cenar contigo, Alexa —sentenció el Alfa con voz ronca y absoluta autoridad—. A las ocho paso por tu edificio. Un auto te esperará abajo.
—Ni se le ocurra aparecer por mi apartamento —protestó ella, sintiendo que la sangre le hervía de indignación—. No voy a permitir que mezcle mi vida personal de esa manera. Además, ¿cómo sabe dónde vivo?
—Sé todo lo que necesito saber sobre ti, Alexa —respondió Damián con una calma exasperante, enderezándose con su imponente estatura—. Y no pienso presentarme en la puerta de tu casa a tocar el timbre. El chofer te esperará en la entrada a las ocho.
—¿Y si decido no bajar? —lo retó ella, sosteniéndole la mirada.
—Bajarás —aseguró Damián con una sonrisa arrogante y letal, dándose la media vuelta hacia su despacho—. Porque sabes tan bien como yo que esta conversación quedó pendiente desde ayer.
Sin esperar una respuesta que sabía que sería negativa, cerró la puerta con un golpe seco que resonó en todo el espacio.
Alexa exhaló un suspiro cargado de frustración, apretando el bolígrafo entre sus dedos. Odiaba la forma en que ese hombre lograba desequilibrarla con un par de órdenes, y detestaba aún más el hecho de que su propio cuerpo sintiera una punzada de anticipación ante la idea de pasar la noche a solas con él.
A las cinco de la tarde, el bullicio de la salida comenzó a vaciar los pasillos. Elena se despidió con una sonrisa cómplice antes de marchar, dejando a Alexa sola frente a su dilema. Tenía dos opciones: ignorar la advertencia y encerrarse en su casa, o aceptar el reto y demostrarle al Alfa que ella no cedía ante la presión.
A las siete y cuarto, Alexa cruzó la puerta de su apartamento. El salón estaba a oscuras, iluminado únicamente por el brillo azulado de los dos monitores donde Mateo permanecía encorvado, con los auriculares puestos y la mirada perdida en su partida de videojuegos. Ni siquiera levantó la vista al escuchar la puerta.
—Llegaste tarde —murmuró Mateo sin quitar los dedos del teclado ni pausar el juego—. Hay comida rápida en la nevera por si quieres.
Alexa lo observó en silencio durante un segundo. La distancia entre ellos era ya un abismo insalvable; la indiferencia de Mateo chocaba bruscamente con la fijación brutal y hambrienta que Damián mostraba por cada uno de sus movimientos.
—Tengo que salir de nuevo, Mateo —dijo Alexa, probando su reacción.
—Ajá... pásala bien —respondió él en un murmullo automático, ajustándose los cascos para gritarle una orden a su equipo en el juego.
Sin agregar una palabra más, Alexa entró a la habitación y abrió el armario. Escogió un vestido negro clásico y sobrio que realzaba su figura sin esfuerzo. Se maquilló apenas los labios y se peinó en silencio, sintiendo una mezcla de amargura y libertad.
A las ocho en punto, el chofer del sedán oscuro la esperaba en la entrada del edificio. Alexa bajó los escalones con el corazón latiéndole desbocado en la garganta y subió al vehículo, sabiendo perfectamente que cruzaba una línea sin retorno.
La confirmación del contrato en el Caribe sacudió las estructuras de toda la empresa. Para el mediodía, el eco del éxito ya había recorrido los pasillos, y el nombre de Alexa comenzó a murmurarse con una mezcla de recelo y respeto entre los compañeros. Sin embargo, en el despacho principal, la vida continuaba bajo las exigencias implacables del Alfa.A las dos de la tarde, la puerta de caoba se abrió con brusquedad. Damián salió de su reunión con el departamento legal, desatándose la corbata con un movimiento impaciente mientras se dirigía directamente al escritorio de Alexa.—Quiero los expedientes de la filial de logística sobre mi mesa antes de las cuatro —ordenó Damián, plantándose frente a ella con los brazos cruzados y una expresión de pura exigencia—. Y asegúrate de revisar las cláusulas de indemnización. No pienso firmar nada que tenga vacíos legales.Alexa levantó la vista de la pantalla, sosteniéndole la mirada con frialdad. Ya se había acostumbrado a su forma de irrumpir en
La luz del jueves entró a raudales por los inmensos ventanales de la presidencia, tiñendo el despacho de una claridad fría que contrastaba con la agitación interna de Alexa. Había llegado diez minutos antes de las ocho, con los nervios a flor de piel y una taza de café humeante entre las manos. Cada segundo que pasaba sintiendo el peso de la expectativa la obligaba a repasar mentalmente cada palabra del texto publicitario que había redactado el día anterior.El lujo de desaparecer en la naturaleza.Había sido una apuesta arriesgada, un golpe de intuición nacido de su doble formación en administración y publicidad, pero sabía que si el concepto fallaba, Damián no dudaría en recordárselo con esa arrogancia imponente que lo definía.A las ocho y diez en punto, la puerta del asensor se abrió con un chasquido suave. El Alfa apareció en el umbral, impecable en su traje gris plomo, con los hombros anchos llenando el espacio y la mirada fija en ella. Su sola presencia hizo que el aire en la e
El resto de la tarde transcurrió bajo un silencio denso y pesado que se podía cortar con un hilo. Desde su escritorio, Alexa sentía la vibración constante de Damián al otro lado de la puerta de caoba, como si la presencia del hombre atravesara la madera. No se habían dirigido la palabra desde el altercado con Samara. Alexa se concentró febrilmente en los números, los informes y la correspondencia, utilizando el trabajo como una barrera contra el calor extraño que todavía le cosquilleaba en la nuca.A las seis de la tarde, Elena se despidió con una reverencia respetuosa y abandonó la planta, dejándolos solos en la penumbra.Alexa guardó sus bolígrafos, apagó el ordenador y se dispuso a tomar su bolso. No pensaba quedarse un segundo más de lo necesario cerca de un hombre que le desordenaba la mente con solo mirarla. Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso hacia el ascensor, la puerta del despacho se abrió con suavidad.Damián estaba apoyado en el marco. Se había quitado la
El beso se volvió más voraz, un choque destructivo de lenguas y alientos donde la arrogancia de Damián chocaba de frente con la fiereza indómita de Alexa. La presión erecta y dura de su cuerpo contra la cadera de ella hacía estragos en el juicio de ella, quien se aferraba a la solapa del traje del Alfa con las uñas clavadas en la tela. El aire en el despacho olía a fuego, pino quemado y a una necesidad salvaje que amenazaba con devorarlos sobre el mármol.De pronto, el chasquido metálico de la cerradura resonó en el silencio de la entrada. La puerta de caoba se abrió de par en par con absoluta desenvoltura, revelando a una mujer alta, despampanante, vestida con un traje ceñido de alta costura y tacones de vértigo.Samara.Como secretaria personal y encargada de la logística de viajes internacionales del Alfa, poseía acceso libre al despacho sin necesidad de anunciarse con Elena. Pero la sonrisa autosuficiente que traía en los labios se congeló de golpe al presenciar la escena.Damián
El traslado al área de creatividad no le dio un solo segundo de respiro. Durante dos horas intensas, Alexa se instaló frente a las pantallas del departamento de publicidad junto al señor Smith. Sus dedos volaban sobre el teclado con una destreza feroz, puliendo cada línea del dossier, reformulando los textos del folleto y reorganizando la narrativa del hotel campestre en el Caribe bajo la mirada entre sorprendida y maravillada del jefe de creativos.A la una y cincuenta de la tarde, Alexa y el señor Smith ingresaron de nuevo al despacho de la presidencia. Damián Vane los esperaba de pie junto al enorme ventanal, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir y la chaqueta apoyada en el respaldo de su sillón. La camisa negra, con las mangas arremangadas hasta los antebrazos, dejaba al descubierto unos brazos firmes y marcados que exudaban una masculinidad brutal.—Está listo, señor Vane —anunció el señor Smith, proyectando en la pantalla principal la nueva propuesta gráf
Alexa terminó de acomodar sus carpetas en la mesa auxiliar cuando el pesado chasquido de la puerta de caoba rompió el silencio. Damián Vane emergió de la sala de juntas, imponente y magnético en su traje de corte perfecto. Su presencia llenaba el espacio con una densidad casi palpable, emanando esa masculinidad dominante que a Alexa le aceleraba el pulso de forma inevitable. Detrás de él caminaban dos hombres con el rostro desencajado por la tensión: el abogado senior de la firma y el jefe del departamento de publicidad.—Elena, señorita Grey —la voz de Damián resonó grave, profunda y carente de rodeos—. A mi despacho. Abran la libreta de actas y tomen nota de esto.Alexa cruzó el umbral tras Elena, sintiendo cómo el intenso aroma a madera de pino y tierra mojada la envolvia de inmediato. La amplia oficina respiraba un lujo sobrio: grandes ventanales, tonos oscuros y una enorme mesa de reuniones repleta de planos y carpetas de la empresa.—Repítales el desastre, Licenciado Rivas —orde







