เข้าสู่ระบบEl beso se volvió más voraz, un choque destructivo de lenguas y alientos donde la arrogancia de Damián chocaba de frente con la fiereza indómita de Alexa. La presión erecta y dura de su cuerpo contra la cadera de ella hacía estragos en el juicio de ella, quien se aferraba a la solapa del traje del Alfa con las uñas clavadas en la tela. El aire en el despacho olía a fuego, pino quemado y a una necesidad salvaje que amenazaba con devorarlos sobre el mármol.
De pronto, el chasquido metálico de la cerradura resonó en el silencio de la entrada. La puerta de caoba se abrió de par en par con absoluta desenvoltura, revelando a una mujer alta, despampanante, vestida con un traje ceñido de alta costura y tacones de vértigo.
Samara.
Como secretaria personal y encargada de la logística de viajes internacionales del Alfa, poseía acceso libre al despacho sin necesidad de anunciarse con Elena. Pero la sonrisa autosuficiente que traía en los labios se congeló de golpe al presenciar la escena.
Damián rompió el beso despacio, manteniendo una mano apoyada en la pared al lado del rostro de Alexa. Se giró hacia la intrusa con la lentitud de un depredador interrumpido en medio de su caza. Sus ojos ámbar brillaban con una furia abrasadora.
—¿Qué demonios haces aquí, Samara? —la voz de Damián retumbó en el espacio, grave, rasposa y cargada de amenaza.
Samara parpadeó, pasando de la sorpresa al odio mientras recorría a Alexa con una mirada cargada de desprecio. La joven asistente se alisaba la falda con las manos temblorosas, aunque sus ojos castaños mantenían un brillo desafiante.
—¿Que qué hago aquí? —espetó Samara, dando dos pasos firmes hacia ellos, la voz temblándole por una mezcla de rabia y celos —. ¡Aterricé de Miami hace una hora! Venía a entregarte la agenda para la cumbre de la próxima semana, pero veo que estás demasiado ocupado en asuntos de baja categoría. ¿Quién es esta aparecida, Damián?
—Mide tus palabras, Samara —advirtió el Alfa en un susurro peligroso, dando un paso al frente para interponer su imponente figura entre ambas mujeres—. Estás cruzando una línea que no te corresponde.
—¿Línea? ¡Por favor! —protestó ella, cruzándose de brazos mientras la histeria comenzaba a asomar en sus facciones perfectas—. Soy la persona que maneja tu vida privada y ejecutiva.
Alexa soltó una carcajada helada y corta, captando de inmediato la atención de ambos. Damián se giró para mirarla, pero ella ya estaba tomando la carpeta de proyectos con una elegancia impecable.
—Si terminaron con su escena doméstica, me retiro —dijo Alexa con la voz firme, mirándolos alternativamente con desdén—. No me pagan para ser espectadora de dramas de alcoba.
—Tú no te vas a ninguna parte, Alexa —ordenó Damián, alzando la mano para detenerla.
—A mí no me da órdenes cuando se trata de su vida personal, señor Vane —replicó Alexa, erguida, sosteniéndole la mirada con una altivez que hizo parpadear al Alfa de asombro—. Tengo trabajo pendiente.
—¡Es una insolente! —chilló Samara, dando un paso hacia Alexa con intenciones de encararla—. ¡Apuesto a que fuiste tú la que se le abalanzó para conseguir una mejora de puesto! Las muertas de hambre como tú abundan en esta empresa.
Alexa se detuvo justo frente a Samara. La altura de la ejecutiva no la amedrentó en absoluto. Un fulgor dorado cruzó las pupilas de Alexa por una fracción de segundo, y el sordo gruñido de su vuz interna pareció congelar el aire a su alrededor.
—Escúchame bien, amante de viajes —siseó Alexa con una voz tan gélida que hizo retroceder a Samara un paso —. Si tienes problemas para mantener la atención de tu hombre, resuélvelo con él. A mí no me involucres en tus patéticos ataques de histeria. Y si me vuelves a faltar al respeto, te juro que vas a necesitar más que un vuelo a Miami para recuperarte.
—¡Damián! ¿Vas a dejar que esta empleaducha me hable así? —exclamó Samara, volviéndose hacia él en busca de respaldo.
—¡Cállate la boca, Samara! —rugió Damián, y la fuerza de su voz hizo vibrar los ventanales de la estancia.
El Alfa avanzó hacia Samara con una postura tan dominante y aterradora que la mujer palideció de inmediato, dando tres pasos hacia atrás hasta chocar contra la mesa de juntas.
—No vuelvas a alzar la voz en mi despacho y mucho menos te atrevas a hablarle en ese tono a la señorita Grey —sentenció Damián, con los puños apretados y los músculos de la mandíbula marcados—. Tu trabajo es la logística de mis itinerarios en el extranjero. Nada más. No eres mi esposa, no eres mi dueña y no tienes ningún derecho a pedirme explicaciones sobre lo que hago o dejo de hacer.
—Damián... nos conocemos desde hace años —balbuceó Samara, su altivez desmoronándose ante la frialdad brutal del hombre—. Hemos estado juntos en...
—Eso se acabó —la cortó él de tajo, con una voz desprovista de toda empatía—. Vete para tu oficina y quiero el reporte de vuelos en mi mesa en una hora. Si vuelves a entrar a mi oficina sin golpear, estás fuera de la empresa.
Samara parpadeó con lágrimas de rabia e impotencia en los ojos, apretando la mandíbula mientras miraba a Alexa con un odio. Sin decir una palabra más, giró sobre sus tacones y salió del despacho dando un portazo que retumbó en todo el corredor.
Damián exhaló un suspiro pesado, pasándose una mano por el cabello antes de volverse hacia Alexa.
—Alexa, escucha... —empezó a decir, dando un paso hacia ella.
—No hay nada que escuchar, señor Vane —intervino Alexa con frialdad, acomodándose la ropa—. Su vida personal no es de mi incumbencia. Me limito a cumplir con mis deberes.
Sin darle espacio a réplica ni permitir que la tocara de nuevo, Alexa dio media vuelta y salió del despacho con la cabeza en alto, dejando a Damián solo en medio del silencio con una tormenta de frustración y deseo rugiéndole en el pecho.
La confirmación del contrato en el Caribe sacudió las estructuras de toda la empresa. Para el mediodía, el eco del éxito ya había recorrido los pasillos, y el nombre de Alexa comenzó a murmurarse con una mezcla de recelo y respeto entre los compañeros. Sin embargo, en el despacho principal, la vida continuaba bajo las exigencias implacables del Alfa.A las dos de la tarde, la puerta de caoba se abrió con brusquedad. Damián salió de su reunión con el departamento legal, desatándose la corbata con un movimiento impaciente mientras se dirigía directamente al escritorio de Alexa.—Quiero los expedientes de la filial de logística sobre mi mesa antes de las cuatro —ordenó Damián, plantándose frente a ella con los brazos cruzados y una expresión de pura exigencia—. Y asegúrate de revisar las cláusulas de indemnización. No pienso firmar nada que tenga vacíos legales.Alexa levantó la vista de la pantalla, sosteniéndole la mirada con frialdad. Ya se había acostumbrado a su forma de irrumpir en
La luz del jueves entró a raudales por los inmensos ventanales de la presidencia, tiñendo el despacho de una claridad fría que contrastaba con la agitación interna de Alexa. Había llegado diez minutos antes de las ocho, con los nervios a flor de piel y una taza de café humeante entre las manos. Cada segundo que pasaba sintiendo el peso de la expectativa la obligaba a repasar mentalmente cada palabra del texto publicitario que había redactado el día anterior.El lujo de desaparecer en la naturaleza.Había sido una apuesta arriesgada, un golpe de intuición nacido de su doble formación en administración y publicidad, pero sabía que si el concepto fallaba, Damián no dudaría en recordárselo con esa arrogancia imponente que lo definía.A las ocho y diez en punto, la puerta del asensor se abrió con un chasquido suave. El Alfa apareció en el umbral, impecable en su traje gris plomo, con los hombros anchos llenando el espacio y la mirada fija en ella. Su sola presencia hizo que el aire en la e
El resto de la tarde transcurrió bajo un silencio denso y pesado que se podía cortar con un hilo. Desde su escritorio, Alexa sentía la vibración constante de Damián al otro lado de la puerta de caoba, como si la presencia del hombre atravesara la madera. No se habían dirigido la palabra desde el altercado con Samara. Alexa se concentró febrilmente en los números, los informes y la correspondencia, utilizando el trabajo como una barrera contra el calor extraño que todavía le cosquilleaba en la nuca.A las seis de la tarde, Elena se despidió con una reverencia respetuosa y abandonó la planta, dejándolos solos en la penumbra.Alexa guardó sus bolígrafos, apagó el ordenador y se dispuso a tomar su bolso. No pensaba quedarse un segundo más de lo necesario cerca de un hombre que le desordenaba la mente con solo mirarla. Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso hacia el ascensor, la puerta del despacho se abrió con suavidad.Damián estaba apoyado en el marco. Se había quitado la
El beso se volvió más voraz, un choque destructivo de lenguas y alientos donde la arrogancia de Damián chocaba de frente con la fiereza indómita de Alexa. La presión erecta y dura de su cuerpo contra la cadera de ella hacía estragos en el juicio de ella, quien se aferraba a la solapa del traje del Alfa con las uñas clavadas en la tela. El aire en el despacho olía a fuego, pino quemado y a una necesidad salvaje que amenazaba con devorarlos sobre el mármol.De pronto, el chasquido metálico de la cerradura resonó en el silencio de la entrada. La puerta de caoba se abrió de par en par con absoluta desenvoltura, revelando a una mujer alta, despampanante, vestida con un traje ceñido de alta costura y tacones de vértigo.Samara.Como secretaria personal y encargada de la logística de viajes internacionales del Alfa, poseía acceso libre al despacho sin necesidad de anunciarse con Elena. Pero la sonrisa autosuficiente que traía en los labios se congeló de golpe al presenciar la escena.Damián
El traslado al área de creatividad no le dio un solo segundo de respiro. Durante dos horas intensas, Alexa se instaló frente a las pantallas del departamento de publicidad junto al señor Smith. Sus dedos volaban sobre el teclado con una destreza feroz, puliendo cada línea del dossier, reformulando los textos del folleto y reorganizando la narrativa del hotel campestre en el Caribe bajo la mirada entre sorprendida y maravillada del jefe de creativos.A la una y cincuenta de la tarde, Alexa y el señor Smith ingresaron de nuevo al despacho de la presidencia. Damián Vane los esperaba de pie junto al enorme ventanal, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir y la chaqueta apoyada en el respaldo de su sillón. La camisa negra, con las mangas arremangadas hasta los antebrazos, dejaba al descubierto unos brazos firmes y marcados que exudaban una masculinidad brutal.—Está listo, señor Vane —anunció el señor Smith, proyectando en la pantalla principal la nueva propuesta gráf
Alexa terminó de acomodar sus carpetas en la mesa auxiliar cuando el pesado chasquido de la puerta de caoba rompió el silencio. Damián Vane emergió de la sala de juntas, imponente y magnético en su traje de corte perfecto. Su presencia llenaba el espacio con una densidad casi palpable, emanando esa masculinidad dominante que a Alexa le aceleraba el pulso de forma inevitable. Detrás de él caminaban dos hombres con el rostro desencajado por la tensión: el abogado senior de la firma y el jefe del departamento de publicidad.—Elena, señorita Grey —la voz de Damián resonó grave, profunda y carente de rodeos—. A mi despacho. Abran la libreta de actas y tomen nota de esto.Alexa cruzó el umbral tras Elena, sintiendo cómo el intenso aroma a madera de pino y tierra mojada la envolvia de inmediato. La amplia oficina respiraba un lujo sobrio: grandes ventanales, tonos oscuros y una enorme mesa de reuniones repleta de planos y carpetas de la empresa.—Repítales el desastre, Licenciado Rivas —orde







