Se connecterEl trayecto de regreso en el autobús de la tarde estuvo acompañado por el golpeteo monótono de la lluvia contra las ventanillas empañadas. Alexa apretaba la tira de su bolso contra su hombro, sintiendo el leve relieve del papel con el sello de contratación de Logística e Innovación del Norte guardado en el bolsillo interior. Tenía trabajo. Por fin una puerta se había abierto: un respiro en medio del ahogo financiero.
Al girar la llave en la cerradura del apartamento, el familiar olor a café soluble y humedad la recibió. La televisión del salón estaba encendida en un canal de videojuegos; el sonido de disparos virtuales y música electrónica llenaba el estrecho espacio.
Mateo estaba sentado en el borde del sofá, con una taza humeante a medio terminar sobre la mesa de centro y el mando inalámbrico descansando en sus muslos. Ni siquiera apartó los ojos de la pantalla cuando la puerta se cerró.
—Llegas tarde —dijo él con la voz relajada, casi cantarina, sin pausar el juego—. ¿Cómo te fue en el tour de las humillaciones corporativas? ¿Te trataron muy mal los altos ejecutivos?
Alexa se quitó los zapatos en la entrada, sintiendo un alivio inmediato en sus pies castigados por los tacones de imitación de cuero. Caminó hasta la sala y se detuvo justo frente al televisor, tapando parcialmente la luz parpadeante que daba sobre el rostro de su novio.
—Me contrataron —anunció ella. Su voz salió con un matiz neutro, conteniendo esa mezcla de orgullo y fatiga que la acompañaba desde la mañana—. Es un puesto de asistente junior en Logística e Innovación del Norte. Empiezo el lunes a primera hora.
Mateo parpadeó, soltando el mando sobre el cojín del sofá. Su rostro adoptó una expresión de extraña perplejidad, como si le hubieran dicho que planeaba mudarse a Marte.
—¿De asistente junior? —preguntó, incorporándose un poco y arqueando las cejas con genuina incredulidad—. Dime que estás bromeando, Alex. Tú dirigías equipos de treinta personas hasta hace un año. Tenías una oficina con vista panorámica. ¿En serio te vas a sentar a archivar facturas y organizar el correo de algún gerente mediocre?
—Las facturas de la luz se pagan con dinero real, Mateo, no con títulos pasados —respondió Alexa, sintiendo un pinchazo de irritación en las sienes—. El sueldo es ajustado, pero cubre lo básico y me dejará empezar a abonar al capital de la tarjeta de crédito. Necesito volver a construir mi camino desde donde sea.
Mateo soltó una risa corta, incrédula, y se reclinó de nuevo cruzándose de brazos. Su postura era la de un espectador cómodo que observa un drama ajeno desde la tranquilidad de la platea.
—Ay, amor, de verdad que te encanta complicarte la vida —suspiró él, negando con la cabeza—. Siempre buscas dramatizar todo. Podríamos aguantar un poco más así, viviendo al día sin ahogarnos tanto.
—¿Viviendo al día? —lo cuestionó ella, cruzándose de brazos—. Nos quedan cuatro dólares en la cuenta, Mateo. Eso no es vivir al día, es estar al borde del desalojo.
—Mañana me pagan a mí, ya te lo dije —replicó él con tono manso, estirando la mano para acariciarle la pierna con cariño—. Compramos la comida, pagamos lo urgente y ya. ¿Para qué matarte la espalda en una oficina ocho o nueve horas diarias si al final la mitad del sueldo se lo va a tragar el banco? Es una trampa de ratas, Alex. Mira mi trabajo en la librería: es tranquilo, nadie me presiona, tengo tiempo libre... Deberías relajarte un poco. El sistema solo quiere a la gente estresada, y tú le estás haciendo el juego.
Las palabras de Mateo flotaron en el aire reducido de la sala, pesadas y desconectadas de la realidad. Alexa lo miró fijamente durante unos segundos en silencio. En sus ojos no había maldad; Mateo no era un villano ni un hombre abusivo. Era simplemente alguien aterrorizado por la vida adulta, un eterno muchacho acurrucado en su diminuta zona de confort, esperando que los problemas se disolvieran solos o que alguien más se hiciera cargo de resolverlos. No iba a pelear por el futuro de ambos porque ni siquiera estaba dispuesto a pelear por el suyo propio.
—El sistema no me está embargando, Mateo. El banco sí —respondió ella, y su voz bajó de tono, volviéndose extrañamente densa—. No me puedo dar el lujo de relajarme mientras el agua me llega al cuello.
—No te llega al cuello, amor, estás exagerando —insistió él, regalándole esa sonrisa dulce que antes solía desarmarla—. Estamos bien. Nos tenemos el uno al otro, ¿no? Eso es lo que importa.
—Eso no paga la renta, Mateo —dijo ella suavemente.
De pronto, el calor sordo en su nuca, esa brasa invisible que había sentido por la mañana en la oficina de recursos humanos, volvió a encenderse con fuerza. Sus manos se cerraron en puños a los costados de la falda, clavándose las uñas en las palmas. Por un segundo, el contorno del rostro de Mateo se vio borroso, distorsionado por una oleada de calor que le nubló la vista, acompañada por el eco lejano de un gruñido gutural que pareció retumbar dentro de su propia mente.
Respira, se ordenó con fiereza interior, apretando la mandíbula y tragando saliva hasta que el extraño pulso cedió.
—No me voy a quedar de brazos cruzados —sentenció Alexa en un susurro gélido, dándose la vuelta para caminar hacia la pequeña cocina—. Y en cuanto cobre mi primera quincena, voy a inscribirme en un curso nocturno para actualizarme. Voy a salir de este hueco, Mateo. Y voy a hacerlo aunque tenga que empujar el carro yo sola.
Mateo la observó desde el sofá, sorprendido por la helada determinación en sus palabras, pero no dijo nada más. Tras un suspiro derrotado, volvió a tomar el mando entre sus manos, encendió la pantalla y dejó que el estruendo del videojuego volviera a inundar el apartamento, ahogando cualquier intento de conversación.
La confirmación del contrato en el Caribe sacudió las estructuras de toda la empresa. Para el mediodía, el eco del éxito ya había recorrido los pasillos, y el nombre de Alexa comenzó a murmurarse con una mezcla de recelo y respeto entre los compañeros. Sin embargo, en el despacho principal, la vida continuaba bajo las exigencias implacables del Alfa.A las dos de la tarde, la puerta de caoba se abrió con brusquedad. Damián salió de su reunión con el departamento legal, desatándose la corbata con un movimiento impaciente mientras se dirigía directamente al escritorio de Alexa.—Quiero los expedientes de la filial de logística sobre mi mesa antes de las cuatro —ordenó Damián, plantándose frente a ella con los brazos cruzados y una expresión de pura exigencia—. Y asegúrate de revisar las cláusulas de indemnización. No pienso firmar nada que tenga vacíos legales.Alexa levantó la vista de la pantalla, sosteniéndole la mirada con frialdad. Ya se había acostumbrado a su forma de irrumpir en
La luz del jueves entró a raudales por los inmensos ventanales de la presidencia, tiñendo el despacho de una claridad fría que contrastaba con la agitación interna de Alexa. Había llegado diez minutos antes de las ocho, con los nervios a flor de piel y una taza de café humeante entre las manos. Cada segundo que pasaba sintiendo el peso de la expectativa la obligaba a repasar mentalmente cada palabra del texto publicitario que había redactado el día anterior.El lujo de desaparecer en la naturaleza.Había sido una apuesta arriesgada, un golpe de intuición nacido de su doble formación en administración y publicidad, pero sabía que si el concepto fallaba, Damián no dudaría en recordárselo con esa arrogancia imponente que lo definía.A las ocho y diez en punto, la puerta del asensor se abrió con un chasquido suave. El Alfa apareció en el umbral, impecable en su traje gris plomo, con los hombros anchos llenando el espacio y la mirada fija en ella. Su sola presencia hizo que el aire en la e
El resto de la tarde transcurrió bajo un silencio denso y pesado que se podía cortar con un hilo. Desde su escritorio, Alexa sentía la vibración constante de Damián al otro lado de la puerta de caoba, como si la presencia del hombre atravesara la madera. No se habían dirigido la palabra desde el altercado con Samara. Alexa se concentró febrilmente en los números, los informes y la correspondencia, utilizando el trabajo como una barrera contra el calor extraño que todavía le cosquilleaba en la nuca.A las seis de la tarde, Elena se despidió con una reverencia respetuosa y abandonó la planta, dejándolos solos en la penumbra.Alexa guardó sus bolígrafos, apagó el ordenador y se dispuso a tomar su bolso. No pensaba quedarse un segundo más de lo necesario cerca de un hombre que le desordenaba la mente con solo mirarla. Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso hacia el ascensor, la puerta del despacho se abrió con suavidad.Damián estaba apoyado en el marco. Se había quitado la
El beso se volvió más voraz, un choque destructivo de lenguas y alientos donde la arrogancia de Damián chocaba de frente con la fiereza indómita de Alexa. La presión erecta y dura de su cuerpo contra la cadera de ella hacía estragos en el juicio de ella, quien se aferraba a la solapa del traje del Alfa con las uñas clavadas en la tela. El aire en el despacho olía a fuego, pino quemado y a una necesidad salvaje que amenazaba con devorarlos sobre el mármol.De pronto, el chasquido metálico de la cerradura resonó en el silencio de la entrada. La puerta de caoba se abrió de par en par con absoluta desenvoltura, revelando a una mujer alta, despampanante, vestida con un traje ceñido de alta costura y tacones de vértigo.Samara.Como secretaria personal y encargada de la logística de viajes internacionales del Alfa, poseía acceso libre al despacho sin necesidad de anunciarse con Elena. Pero la sonrisa autosuficiente que traía en los labios se congeló de golpe al presenciar la escena.Damián
El traslado al área de creatividad no le dio un solo segundo de respiro. Durante dos horas intensas, Alexa se instaló frente a las pantallas del departamento de publicidad junto al señor Smith. Sus dedos volaban sobre el teclado con una destreza feroz, puliendo cada línea del dossier, reformulando los textos del folleto y reorganizando la narrativa del hotel campestre en el Caribe bajo la mirada entre sorprendida y maravillada del jefe de creativos.A la una y cincuenta de la tarde, Alexa y el señor Smith ingresaron de nuevo al despacho de la presidencia. Damián Vane los esperaba de pie junto al enorme ventanal, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir y la chaqueta apoyada en el respaldo de su sillón. La camisa negra, con las mangas arremangadas hasta los antebrazos, dejaba al descubierto unos brazos firmes y marcados que exudaban una masculinidad brutal.—Está listo, señor Vane —anunció el señor Smith, proyectando en la pantalla principal la nueva propuesta gráf
Alexa terminó de acomodar sus carpetas en la mesa auxiliar cuando el pesado chasquido de la puerta de caoba rompió el silencio. Damián Vane emergió de la sala de juntas, imponente y magnético en su traje de corte perfecto. Su presencia llenaba el espacio con una densidad casi palpable, emanando esa masculinidad dominante que a Alexa le aceleraba el pulso de forma inevitable. Detrás de él caminaban dos hombres con el rostro desencajado por la tensión: el abogado senior de la firma y el jefe del departamento de publicidad.—Elena, señorita Grey —la voz de Damián resonó grave, profunda y carente de rodeos—. A mi despacho. Abran la libreta de actas y tomen nota de esto.Alexa cruzó el umbral tras Elena, sintiendo cómo el intenso aroma a madera de pino y tierra mojada la envolvia de inmediato. La amplia oficina respiraba un lujo sobrio: grandes ventanales, tonos oscuros y una enorme mesa de reuniones repleta de planos y carpetas de la empresa.—Repítales el desastre, Licenciado Rivas —orde







