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Capítulo 3: El Lunes de las Sombras

last update Date de publication: 2026-10-19 23:24:55

El edificio de Logística e Innovación del Norte se alzaba frente a ella como una catedral de cristal y acero, fría, majestuosa y desapegada. Alexa Grey ajustó la tira de su bolso sobre el hombro, sintiendo contra su pecho el peso plástico de la tarjeta de identificación temporal que le habían entregado en la recepción del vestíbulo. El lunes no empezó con un amanecer esperanzador, sino con un cielo plomizo y cargado de lluvia que parecía reflejar el estado de su ánimo: una mezcla de determinación punzante y una ansiedad física que le provocaba una ligera náusea.

Tras subir en el ascensor exprés hasta el piso treinta y nueve, Alexa se encontró con el laberinto de cubículos grises que albergaba al departamento administrativo central. El sonido monótono de docenas de teclados retumbaba en el aire como el zumbido constante de un enjambre de insectos metálicos.

—Bienvenida a la trinchera, Grey —le susurró una voz a su espalda apenas se sentó en su nueva estación de trabajo.

Alexa se giró y encontró a Julián, un hombre de unos treinta y tantos años con ojeras profundas y una sonrisa que, aunque cansada, tenía una chispa de camaradería genuina. Era el analista de datos del área, el tipo de profesional que sobrevivía a la rutina a base de ironía y litros de café negro.

—Gracias, Julián. Espero no ser un estorbo por aquí —respondió ella, intentando organizar los expedientes que le habían dejado sobre el escritorio.

—El único estorbo real aquí es el café de la máquina, que sabe a aceite de motor usado —rio él en voz baja, inclinándose hacia su cubículo y señalando con la cabeza hacia el pasillo principal—. Ah, y ten mucho cuidado con Valeria. Es la supervisora del área. Tiene el instinto de una hiena y un olfato impecable para la debilidad ajena. Acaba de ver cómo te sentabas y ya está sacando conclusiones sobre cuánto tiempo vas a durar en la torre.

Alexa miró de reojo hacia el pasillo. Valeria no caminaba; se desplazaba con una seguridad arrogante y pretenciosa, sus tacones de aguja resonando contra el suelo con la cadencia rítmica de un martillo. Su mirada, gélida y analítica, se posó en Alexa por un segundo antes de desviarse con un gesto de desdén apenas perceptible.

—No te preocupes por ella —intervino una voz suave y cálida a su izquierda—. Valeria desprecia a todo lo que llega nuevo antes de haber tenido la oportunidad de pisotearlo. Soy Lucía. Estoy en el área de facturación y tesorería. Si necesitas ayuda para descifrar el software de la empresa, avísame. No es tan complicado como parece.

Lucía tenía una sonrisa dulce y unos ojos grandes que transmitían una calma inusual en medio de aquel ambiente tenso. Alexa sintió un alivio inmediato; tener a alguien aliado en ese piso era una ventaja invalorable.

—Te lo agradezco muchísimo, Lucía —sonrió Alexa—. Creo que voy a necesitar toda la ayuda posible para ponerme al día.

—Cuenta con eso —aseguró Lucía con empatía—. Aquí nos protegemos entre nosotras.

Sin embargo, la pequeña tregua fue efímera. A medida que avanzaba la mañana, Alexa descubrió que el trabajo en el piso treinta y nueve no solo era abrumador por el volumen de documentos acumulados, sino por una extraña y abrumadora sensibilidad que empezaba a manifestarse en su propio cuerpo. El ruido ambiente, el constante "clic-clac" de las teclas, el murmullo de las conversaciones a varios metros de distancia y el olor a perfume barato de Valeria mezclado con el aire acondicionado se amplificaban en sus oídos con una nitidez casi dolorosa.

Cuando Valeria se acercó finalmente a su escritorio para dejarle una montaña de carpetas, Alexa pudo oír no solo su tono de voz, sino el ritmo acelerado de su corazón y el leve silbido de su respiración entrecortada. Era como si sus sentidos estuvieran siendo afinados por una mano invisible.

—Señorita Grey —dijo Valeria, apoyándose en el borde del cubículo de Alexa con una postura invasiva que violaba su espacio personal—. Espero que su tan cacareado "impresionante currículum" se traduzca en una velocidad de procesamiento decente. Aquí no pagamos sueldos por la nostalgia de sus puestos anteriores.

—Tengo perfectamente claro cuál es mi función aquí, Valeria —respondió Alexa, manteniendo la espalda erguida.

—Eso espero —siseó la supervisora, dando un golpe seco sobre la pila de documentos—. Empiece por clasificar e ingresar este inventario de auditoría. Si para las seis de la tarde no está terminado y subido al sistema, tendré que reportar a recursos humanos que su contratación fue un error precipitado.

El calor regresó a la nuca de Alexa, esta vez acompañado por una punzada de dolor en la base del cráneo. El instinto salvaje, esa parte de su ser que aún no reconocía del todo, se tensó como un resorte listo para saltar. Alexa pudo oler el miedo sutil de Valeria —un rastro metálico, agrio y amargo que emanaba de su piel—, algo que nadie más en la oficina parecía percibir.

Alexa apretó los dientes en silencio, forzando a sus ojos a mantener su color castaño habitual, ocultando el destello dorado que amenazaba con brotar desde el fondo de sus pupilas.

—El inventario estará ingresado y verificado en el sistema a las seis en punto, Valeria —respondió Alexa, manteniendo la voz firme, gélida y carente de cualquier emoción vulnerable.

Valeria la estudió con el ceño fruncido, visiblemente irritada por no haber obtenido la reacción de llanto o sumisión que esperaba. Sin añadir una sola palabra, dio media vuelta y se alejó.

Julián, desde el cubículo contiguo, lanzó un silbido bajo y admirado.

—Vaya... Eso ha sido increíblemente valiente. O una sentencia de muerte autoimpuesta —comentó él—. ¿Cómo demonios haces para no inmutarte cuando te habla así?

—Simplemente no me dejo intimidar por burocracia barata —respondió Alexa, comenzando a teclear.

—Aun así, ten cuidado —advirtió Lucía en voz baja desde el otro lado—. Valeria tiene acceso directo a la oficina del piso cuarenta. Si se la pones difícil, no dudará en subir a quejarse arriba.

—Que suba a donde quiera —sentenció Alexa.

Sus dedos volaban sobre el teclado a una velocidad prodigiosa, sus sentidos trabajando con una precisión que ella misma no alcanzaba a comprender. Mientras el sistema procesaba los datos, el recuerdo de la cuenta bancaria en ceros y la imagen de Mateo jugando en el apartamento se sentían como un eco lejano. 

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