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El mal padre

last update Veröffentlichungsdatum: 27.02.2022 01:24:11

Giancarlo:

Toda esta situación me provoca una gran ira y por supuesto celos. Ese tipo le ha hecho tanto daño y se atreve a molestarla. No puede dejarla tranquila y olvidarse de su existencia. Suspiro frustrado, porque ahora Antonella está molesta conmigo.

Lo peor fue escucharla llorar quise entrar, pero prefirió no insistir en este momento porque terminaríamos diciendo cosas que no sentimos. Pero acaso no puede entender que me fastidia que la llame, que la busque y viendo como resultado sus lagrimas. La última vez casi terminamos si no es porque insistí.

Iré a revisar unos asuntos en la oficina, junto a las órdenes de compra. Tal vez de esa forma consiga calmarme y ella igual, luego la llamare para preguntarle como esta, repetirle que es importante y que no pienso dejarla.

Antonella:

Recién me he puesto camino a la clínica dos horas después. Tenía la esperanza que Giancarlo volviera pero no lo hizo supongo porque es muy orgulloso y también celoso. Además debe tener cosas que hacer como dijo a un comienzo, estoy mal interpretando sus acciones sin embargo me propuso quedarme con él todo el día en la cama, a veces no lo entiendo primero propone una cosa y después se contradice.

Tomo un taxi, en el camino me pregunto ¿Qué tan grave estará Alexandra? ¿Será verdad que Giovanni no tuvo nada que ver? A pesar de todo lo que hizo me preocupa su estado, en si ella me da lástima. Al no medir las consecuencias de sus actos ella misma ha terminado lastimada, todo fue por dinero. Si voy donde ella es más por el juramento de sangre que hicimos, el de ser amigas por siempre. Yo deseo cumplir con mi palabra.

El celular suena devolviéndome a la realidad, veo su nombre en la pantalla. Le contesto: Aló. ¿Qué sucede?

—Eres muy importante para mí. – Es su respuesta.

—Claro. – Soy sarcástica.

—Me molesta que hables con él, te hizo mucho daño… – Me expresa.

—Él pero Alexandra es mi amiga.— Le digo.

—Ella es una gran amiga.— Se burla.

—Pero aún lo es. – Defiendo mi postura.

—Recuerdas la última vez que la viste. No sé qué te dijo pero terminaste mal… No deseo verte de nuevo así. – Me habla.

—Ella no tuvo nada que ver. – Miento.

—Antonella me preocupo por ti. – Me confiesa.

—No tienes de qué, estaré bien… Tal vez ella tuvo sus razones para hacer lo que hizo, Alexandra conoció antes a Giovanni, ella fue quien me lo presento. – Le cuento.

—Ojala nunca lo hubiera hecho. – Reniega.

—Hubieron cosas buenas. – Trato de maquillar la situación, no quiero que se oponga más o se compliquen las cosas.

—También muy malas… Debí conocerte antes. – Siento que se reprocha así mismo.

—Ahora estamos juntos ¿Verdad? – Tengo dudas.

—Si ¿Dónde está para alcanzarte? – Pregunta.

—En la clínica virgen del Carmen, voy a necesitar a mi chofer. —Bromeo al final.

—mmm… —

—Nos vemos, bye. – Me despido.

—Bye. –

Voy por el ascensor hasta llegar al séptimo piso. Apenas se abren las puertas puedo vislumbrar a Giovanni en la sala de espera, al sentir el sonido del ascensor él gira y es donde nuestras miradas se cruzan. Aquellos cálidos orbes grises que antes me cautivaban están en este momento todos apagados junto a un rostro demacrado, con ojeras y el rostro sin afeitar aparte está la ropa que pareciera que no se la cambio hace un par de días muestran a un Giovanni totalmente diferente al que conocí.

Él se abalanza sobre mí, abrazándome: Nella, gracias por venir. Te necesito tanto.— Si antes se veía desaliñado el olor de alcohol lo hace ver como uno de esos borrachos de la calle, me pregunto ¿Cómo lo dejaron pasar? – Haz estado bebiendo. – Lo empujo.

—¿Qué querías? Alexandra me vuelve loco. – Hace ademanes con sus manos, solía hacer eso para expulsar su frustración. – Ahora me tiene peor, no entiende que su vida es más importante que la de esa niña.

—Es tu hija. – Le recuerdo.

—¿Quién sabe? – Da un bufido.

—Lo mismo dijiste conmigo, luego que sucedió. – Me molesta su actitud.

—Lo que te hice fue un grave error, lo acepto. Tú, en si lo nuestro fue muy diferente…Alexandra ha salido con varios sujetos con los cuales aún frecuenta. Te aseguro que se acostó con todos ellos… Me han llegado fotos hasta la oficina ¿Qué quieres que piense? – Se sienta en el sillón.

—Tal vez estés mal interpretando todo. – Intento arreglar las cosas.

—Las fotos eran demasiado explicitas pero deje el margen de la duda por lo que sucedió entre nosotros. Sólo por eso llevado la fiesta en paz, evito en lo posible de verla.— Está un poco más sereno. – Desde que nos vimos por última vez no le puesto ni un dedo encima… — Hace una pausa. – Fui un maldito contigo y con él peor.

—Giovanni.— Susurro.

—Nuestra relación fue lo mejor que paso en mi vida. Si no lo hubiera echado todo a perder. – Da un golpe a su rodilla.

—Los hubiera no existen, Giovanni. —Le contesto con cierto toque de dolor porque hay tantas cosas que quisiera cambiar. – Voy donde Alexandra.

—Está en la habitación 708.— Me avisa.

Avanzo por el largo corredor, la habitación se encuentra al final donde está un gran ventanal desde donde se ve la ciudad. En un piso más arriba me encontré hace un tiempo atrás cuando Giovanni me golpeo e hizo que perdiera a mi bebé, que curioso que la trajera a la misma clínica. Recuerdo que cuando me dieron el alta pase por un ventanal similar. Muevo la cabeza para intentar olvidar aquellos hechos.

Al ingresar a la habitación veo varios aparatos, reconocí unos cuantos pero no sé sus nombres en este momento. Por lo visto si está grave pensé que sería una exageración de él para que viniera.

—Antonella viniste… No creí que lo hicieras. – Su voz se siente muy apagada.

—No te esfuerces. Puede hacerte daño. – Le recomiendo.

—Qué más da… Si estoy aquí es por culpa de Giovanni.— Está toda dolida.

—¿Te pego de nuevo? – Le pregunto, sí que es un mentiroso incluso hablo de él como para que creyera en su palabra.

—Si… No vez el parche en mi cabeza. – Está exaltada.

¿Eso te hizo él? – Le pregunto negando con la cabeza.

—Me dio una cachetada tan fuerte que hizo que perdiera el equilibrio y chocara contra el lava manos… Perdí el conocimiento, ni siquiera sé cómo llegue aquí. – Se pone a llorar.

—Cálmate, no le hace bien a la bebe…— Trato de tranquilizarla en su estado es peligroso. – Alexandra debí haberlo imaginado… Tenía que cuidarte. Soy una mala amiga.

—Nella eres la mejor… En cambio yo te hice tanto daño. Debe ser verdad lo que dice Giovanni sólo saco lo peor de él. – Se castiga a sí misma.

—No le hagas caso… Ahora preocúpate por ti y tu bebé… Deberías permitir que te hagan la cesárea para que ambas estén bien.— La ánimo.

—No… Es muy pequeña y podría morir. – Se angustia.

—Ambas corren peligro… Si tú no estás ¿Quién la va cuidar?— Le pregunto.

—Tu… Antonella prométeme que la cuidaras.— Me toma de las manos.— Al menos deseo redimir mi error, devolviéndote lo que te quite.

Me toman por sorpresa sus palabras, ella quería morir, simplemente por eso.

—Alexandra no es necesario, tu vivirás cuidaras de esa niña. La veras crecer y todo… — La aliento.

—No y tú que. –Me dice.

—Estoy bien ahora… Con quien estoy es un buen hombre. – Le cuento.

—Me lo dijiste la vez pasada. Siempre fuiste afortunada.— Mira a otro lado.

—No lo creo, Alexandra… —Río. – Han pasado tantas cosas en mi vida que muchas veces lo dudo. – Evito pensar en las cosas tristes.

—Giovanni aún sigue enamorado de ti… Aparte estás con un hombre que por lo visto te hace feliz… ¿Qué más puedes pedir?— Me ve de una forma fría.

—Giancarlo no es perfecto, por lo menos no para mí Alexandra… No entenderías.— Niego con la cabeza, como explicarle que siento que no merezco a Giancarlo. – Piensa en ti, en tu hija… Tienes mucha suerte al tenerla Alexandra no la desperdicies y confía en ella debe ser fuerte como tú, estoy segura que resistirá.

—Lo pensare pero si me pasara algo vela por ella y no me refiero a Giovanni. –Toma mi mano de nuevo.

—¿De quién? – La cuestiono.

—De todos… Sólo si me pasara algo.— Sonríe.

—No te pasara nada… Cuando te mejores si quieres puedes venir a visitarme con la bebé, el aire fresco les sentara bien y ver los animales de la hacienda le encantara.— Le planteo.

—Hablas igual que él—Dice de la nada.

—¿Qué Giovanni? – Me desconcierta, no creí que fuera de esos.

—No… Digo si, olvídalo. Tendré en cuenta tu consejo.— Se gira.

—Decidas lo que decidas tienes todo mi apoyo. – Le sonrió.

—Gracias por venir… Me ha dado sueño.— Bosteza.

—Descansa, es lo mejor. Cuídate mucho. Hasta pronto. – Me despido.

Salgo para encontrarme con un preocupado Giovanni: ¿La convenciste?

—En serio Giovanni ¿Cómo puedes tener cara para estar aquí? – Lo veo molesta.

—No sé de qué hablas Antonella. –Se hace el desentendido.

—Todavía me dices que no le has puesto un dedo encima, sigues siendo el mismo monstruo que conocí…. – No estoy molesta, si un poco pero más que eso decepcionada.

—No le he pegado, ni siquiera tocado… Te lo juro Antonella… Por la vida de nuestro hijo.— Usa eso en defensa.

No lo soporto y le doy una bofetada: Eres un pobre y maldito alcohólico… Un desgraciado… Que ni siquiera es lo suficientemente valiente para asumir la responsabilidad de sus actos…

—Antonella, te lo… — Lo corto.

—Ni se te ocurra de nuevo hablar de él… Escuchaste, no vuelvas en tu vida a mencionarlo en mi presencia— Estoy furibunda, me voy no pienso oírlo más.

—Antonella. —Me llama.

Por suerte el ascensor me espera y lo cierro antes que él consiga entrar. Cuando supuse que todo el mal rato se había terminado tuve que encontrarme con mi querido y adorado ex suegro.

—Valla por lo visto hay una plaga de sanguijuelas en este lugar. – Me insulta, lo ignoro e intento pasar de largo.

Me toma del brazo de forma muy brusca: Suélteme.— Le exijo.

—Ni creas que voy a permitir que mi hijo vuelva contigo. – Me advierte.

—Me alegra porque a ese no lo quiero verlo en mi vida. – Le aclaro.

—Por eso estás aquí, se nota que no lo quieres. Mujerzuela. – Sigue agrediéndome verbalmente.

—Si estuve aquí fue por Alexandra… Se nota que su hijo sigue siendo un cobarde golpeador de mujeres, sin importarle su estado… Si que lo crío bien. – Lo encaro al viejo ese.

—Mocosa insolente. – Levanta la mano.

Me cubro el rostro esperando: Ya vi de quien lo aprendió.— iba pegarme pero él golpe nunca llego.

—Aléjese de ella si no quiere que llame a seguridad. – Escucho a Giancarlo.

—Giano.— Susurro.

Ambos se quedan mirando y el señor Coppola es quien rompe el silencio: Con su permiso.

—¿Estás bien? – Me pregunta.

—Sí, salgamos de aquí— Le pido.

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