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Capítulo 9

Author: Bianca Soledad
Dicho esto, solté su mano y entré a la casa con Gabriel.

Después de que Vicente se fuera, sobre los escalones de la entrada quedó la pomada para quemaduras que había traído del hospital ese día.

Aunque la pomada aún no había caducado, lo que alguna vez sentí por él llevaba ya mucho tiempo vencido.

Toqué el brazo de Gabriel.

—¿Escuchaste todo?

—Sí.

—¿Estás un poco molesto? Porque le expliqué tanto...

Él sonrió:

—No. Es mejor que haya quedado claro. Sé que no harías nada inapropiado.

A diferencia
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    Dicho esto, solté su mano y entré a la casa con Gabriel.Después de que Vicente se fuera, sobre los escalones de la entrada quedó la pomada para quemaduras que había traído del hospital ese día.Aunque la pomada aún no había caducado, lo que alguna vez sentí por él llevaba ya mucho tiempo vencido.Toqué el brazo de Gabriel.—¿Escuchaste todo?—Sí.—¿Estás un poco molesto? Porque le expliqué tanto...Él sonrió:—No. Es mejor que haya quedado claro. Sé que no harías nada inapropiado.A diferencia de la leve agresividad que siempre emanaba de Vicente, Gabriel era como el sol cálido de primavera, siempre sereno.El calor volvió a brotar en mi pecho. Le di las gracias en voz baja.—Gracias, cariño.—¿Qué?El cuerpo de Gabriel se tensó de golpe.Desvié la mirada, demasiado avergonzada para verlo.—Dije: gracias, cariño.No lo había oído mal. No era un sueño...La voz de Gabriel tembló.—¿Podrías decirlo una vez más?—Ay, qué pesado. Cariño, cariño, cariño...—¿Así está bien?Su rostro se son

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    Al verme salir, su expresión se ensombreció.—Isabella.Lucía demacrado, completamente diferente al hombre lleno de brío que recordaba.Suspiré, sabiendo que no podría evitar este encuentro.—¿Qué quieres?Me detuve, sin dar más pasos hacia él.Él estaba al pie de los escalones, yo en lo alto.Me miraba desde abajo.—¿Hemos llegado a este punto de distancia?Sonreí levemente:—Ya no es necesario, ¿no crees?El dolor le asomó a los ojos. Me miró, con las palabras trabadas en un nudo en la garganta.Después de forcejear consigo mismo, habló como resignado.—Isabella, si te digo que te amo... ¿podemos volver? En el futuro seré bueno contigo. ¿Qué dices?Lo miré atónita.—Vicente, ya estoy casada.Extendí mi mano, mostrándole el anillo en mi dedo anular.—¿Quieres ser el amante?—¿Qué tiene de malo?Respondió con total seriedad, palabra por palabra.—Si tú estás dispuesta.Mi corazón se sintió como si un martillo lo hubiera golpeado.Me faltó el aire.Di dos pasos atrás y negué con la cabe

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    —¿Qué le voy a hacer? Es que me gustas.Lo miré completamente atónita.¿Qué había dicho?Que le gustaba.Pero, ¿no nos habíamos unido solo para cumplir con el mandato familiar?Gabriel enrojeció bajo mi mirada.—¿Lo olvidaste? Nos conocimos antes.Por supuesto que lo recordaba.El año que conocí a Gabriel, yo tenía siete años, él ocho.Los Morales acababan de mudarse a la villa junto a la nuestra. Yo sentía curiosidad por el recién llegado.No por otra razón, solo pensaba que era muy guapo.Corrí a buscarlo para jugar, pero quizás el momento no era el adecuado, porque nunca logré verlo.Luego, un día lluvioso, en el camino a casa desde la escuela, vi a un grupo de niños rodeando a Gabriel, exigiéndole dinero para "protegerlo".Yo, con mi sueño de heroína, bajé del cielo blandiendo un palo y ahuyenté a esos mocosos.Pensé que finalmente tendría la oportunidad de conocerlo, pero al día siguiente escuché que se había mudado.Dije, con dificultad:—No será que desde ese entonces...Gabriel

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    —A un payaso.Las pupilas de Vicente se contrajeron bruscamente. Forzó una sonrisa rígida.—Basta ya de berrinches, Isabella. No te cases con el primero que pase solo por darme celos.Al ver la expresión de Vicente, que pretendía ocultar la verdad, de repente me pareció todo tan patético.El hombre al que amé tantos años, en realidad no era tan bueno.Sonreí con sarcasmo:—Vicente, ¿qué eres tú para mí? ¿Por qué iba a querer darte celos?Vicente, al ver mi expresión decidida, sintió un frío que se extendía desde el fondo de su corazón.Solo entonces descubrió que la mirada con la que yo lo veía ya no era la de antes.Ahora había indiferencia, desapego, burla.Solo faltaba el amor de antaño.El corazón de Vicente se encogió de dolor, como si una mano invisible lo hubiera comprimido hasta deformarlo para siempre. Fue una fractura en el alma: como el metal rendido, sin elasticidad para el retorno.Una sonrisa tensa se dibujó en la comisura de sus labios.En realidad, debería haber previs

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    —¿Cambiamos también el sofá por uno nuevo? Y también...Vicente se masajeó la sien y, por primera vez, respondió a Valeria con evasivas:—Lo que tú digas. Tengo que ir a la oficina.Dicho esto, ignorando los gritos de Valeria a sus espaldas, se alejó decidido en su auto.En la oficina, sobre el escritorio de madera no estaban el pan y la leche a los que ya estaba acostumbrado.En el cajón, la medicina para la resaca que yo siempre dejaba lista ya estaba vacía.Llamó a Laura para que le trajera un café. Al probarlo, sintió que la proporción entre leche y café estaba mal en todos los sentidos.—¿Por qué sabe diferente el café?Laura vaciló un momento antes de decir con cuidado:—Antes, su café lo preparaba siempre Isabella...Otra vez yo...Por primera vez, Vicente sintió que yo ya me había infiltrado en cada aspecto de su vida.Suspiró, y entonces se volvió hacia la secretaria para preguntarle:—¿Cuándo regresa?Laura se sorprendió, un poco confundida:—Sr. Delgado, ya renunció. Usted m

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