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Capítulo 2

Author: Lulú Lorenza
La gente dentro del privado se puso de pie.

Alejandro fue el primero en acercarse.

—Rafael, hoy eres el protagonista. ¿Cómo se te ocurre llegar tan tarde? Al rato te tocan varias copas de castigo.

Rafael entró al salón y caminó directo hasta el sofá central.

Se sentó justo en la zona donde no alcanzaba la luz.

La mitad del rostro quedaba cubierta por la sombra.

Llevaba unos lentes de armazón dorado sobre el puente de la nariz recta y alta.

Sus modales eran sobrios, elegantes, naturalmente refinados.

Sacó un cigarro de la cajetilla, golpeándola con dos dedos.

—Se me atravesó un asunto. Me retrasé.

Alguien se acercó enseguida para encenderle el cigarro.

Rafael dio una calada y soltó el humo despacio.

Luego alzó la mirada entre la neblina gris.

—Alejandro... ¿no vas a presentarme?

Llegados a ese punto, aunque Alejandro seguía de mal humor, no tuvo más remedio que abandonar la idea de mandar primero a Mariana a casa.

Con evidente fastidio, volteó hacia ella.

—Hoy es el cumpleaños de Rafael. Ya que viniste, ve a brindar con él.

Mariana lo miró.

En el sofá, Rafael tenía las piernas largas cruzadas. Sostenía el cigarro con una mano y con la otra apoyaba el codo en el descansabrazos, con los dedos recargados en la sien.

La observaba con una leve curva en los labios.

Mariana lo reconoció al instante.

El abogado más caro de Monteluz.

Cofundador de Lex Iberia.

Y heredero de Grupo López.

También se decía que era amigo de la infancia de Alejandro.

Pero ella solo había visto ese rostro antes en Revista Económica.

—Rafael, ella es mi esposa, Mariana.

Alguien le sirvió una copa a Rafael.

Él la tomó y la levantó apenas hacia Mariana, a modo de saludo.

Mariana caminó hasta la mesa y se sirvió media copa.

—Rafael, feliz cumpleaños.

Alzó la cabeza y se la bebió de un trago.

Rafael se incorporó despacio y tomó su propia copa.

—Gracias.

Al verla todavía de pie, levantó la vista y señaló con la barbilla el espacio a su derecha.

—Siéntate.

Mariana asintió con cortesía.

Sin dudarlo, caminó hasta allá y tomó asiento.

Alejandro reprimió la expresión en el rostro y no tuvo más remedio que sentarse junto a ella.

Julieta quedó relegada en una esquina, incómoda, como si fuera parte del aire.

Desde que Rafael había entrado, todas las miradas la habían ignorado por completo.

Los mismos que antes gritaban y bromeaban ahora guardaban un silencio ejemplar.

Mariana quedó justo entre Rafael y Alejandro.

Percibió en Rafael un aroma tenue a madera, limpio y agradable.

Julieta, desde el otro lado de Alejandro, alcanzaba a ver solo el perfil de Mariana.

Abrió la boca como queriendo decir algo, pero se contuvo.

En cambio, arañó suavemente el antebrazo de Alejandro con los dedos.

Él no reaccionó.

Julieta lo entendió de inmediato.

Seguía molesto con Mariana.

Una sonrisa apenas asomó en sus labios antes de desaparecer.

Entonces reunió valor y trató de recuperar algo de protagonismo.

—Mariana, lo de hace rato fue un malentendido. No lo tomes a mal. No quise decir nada indebido. Como llevas tantos años fuera, pensé que quizá no conocías bien los asuntos de Alejandro.

Cambió enseguida el tono de voz.

—Aunque también regresaste tan de repente que ni tiempo nos dio de prepararte una comida de bienvenida.

Mariana giró el rostro hacia ella.

Su mirada bajó desde la cara de Julieta hasta la mano que seguía apoyada sobre el brazo de Alejandro.

Luego volvió a subir.

Julieta sonreía con aparente dulzura, pero escondía filo bajo esa suavidad.

Mariana sonrió apenas.

—Hoy regresé sin avisarle a nadie. Justamente quería darles una sorpresa... ¿verdad, Rafael?

Volteó ligeramente hacia él.

El semblante de Alejandro se ensombreció aún más.

Levantó los ojos hacia Mariana.

—¿Y qué tiene que ver Rafael en esto? ¿Acaso él te invitó hoy para que vinieras así, sin avisar?

Rafael movió apenas los dedos.

La sonrisa que reprimía detrás de los labios, en ese rincón donde nadie miraba, fue captada por Mariana.

Apagó el cigarro en el cenicero.

—Eso no es correcto. La verdad es que yo invité a Mariana desde hace tiempo.

En cuanto terminó de hablar, el ambiente se congeló.

Los rostros cambiaron de golpe.

Nadie respiró.

Alejandro se quedó inmóvil un instante.

—¿Ustedes...?

Por primera vez en toda la noche, no supo qué decir.

¿Desde cuándo?

¿Cuándo se habían vuelto tan cercanos?

Rafael captó la sorpresa de Alejandro y curvó los labios.

—Era broma. Hace un mes te invité a ti... ¿eso no significa que también invité a tu esposa?

Nadie podía objetarle nada a esa lógica.

Mariana sonrió apenas.

Solo había sido una broma, pero bastó para inquietar a Alejandro.

Coqueteaba con otras mujeres afuera, pero al mismo tiempo quería seguir reteniendo todo lo que tenía a su lado.

Qué descaro.

Su mirada se deslizó lentamente hacia Julieta.

—Entonces... ¿viniste sin vergüenza colgada del brazo de mi esposo?

Julieta se mordió el labio. Los ojos ya empezaban a enrojecérsele.

—Mariana, sé que estás molesta, pero hablarme así...

La voz se le quebró ligeramente. Las pestañas brillaban con lágrimas a punto de caer.

—De verdad no hice nada. Si te incomoda, me voy.

Hizo ademán de levantarse, pero con una lentitud calculada, hasta que Alejandro la sujetó del brazo.

Le habló con suavidad.

—No le hagas caso.

Después volteó hacia Mariana, con el ceño fruncido.

—¿Ya terminaste? Rafael está aquí. ¿De verdad quieres arruinarles la noche a todos?

La mano de Alejandro seguía rodeando la muñeca de Julieta.

Ella aprovechó para volver a sentarse a su lado, con la rodilla casi rozándole la pierna.

Mariana desenvolvió un caramelo.

Dejó el papel doblado en un pequeño cuadro sobre la mesa.

Se dijo a sí misma que aguantara un poco más.

Julieta fingía demasiado.

Toda una profesional.

Sonrió con calma.

—Alejandro, acabo de llegar. Ni siquiera me he acomodado al horario y vine corriendo a verte. Si Julieta es tu amiga, no voy a correrla.

En el ángulo donde Mariana no podía verlo, Alejandro apretó la mano de Julieta. Quiso decir algo más.

Pero Mariana ya había alzado la copa y no le dio oportunidad.

—Olvídalo...

Giró hacia Rafael.

—Hoy es tu cumpleaños. Si todos somos amigos, mejor sentémonos y pasémosla bien.

Rafael inclinó ligeramente la copa y la chocó con la de ella.

Después miró a Alejandro.

—Y tú también deberías considerar más a Mariana. No vaya a ser que alguien más aproveche el descuido y ni cuenta te des.

La música retumbaba en el privado.

Alejandro no alcanzó a escuchar lo que dijo.

Solo se rio por compromiso y volvió a tomar una copa con Rafael.

El ambiente se animó otra vez.

Un grupo comenzó a jugar en la mesa con bebidas, mientras Rafael parecía seguir ocupado con asuntos de trabajo, siempre mirando su celular y respondiendo mensajes.

Mariana se recargó en el sofá.

Su mirada recorrió discretamente a todos los presentes.

Si las fotos del correo anónimo eran reales, entonces quien las había enviado debía conocer bien lo que pasaba ahí.

Y esa persona, sin duda, estaba presente esa noche.

Ahora quería comprobar una cosa.

Aprovechando que nadie le prestaba atención, dejó caer la mano a un costado, sobre el sofá.

Rafael estaba sentado junto a ella.

La punta de sus dedos quedó a apenas unos centímetros del pantalón de él.

Tras un momento, movió la mano medio dedo más atrás.

Las yemas rozaron la tela del traje de Rafael.

No se apartó.

Se quedó ahí, como si hubiera sido un gesto casual.

Rafael bajó la vista.

Los dedos finos y claros aún llevaban el anillo de matrimonio.

Las uñas, en tono rosa nude, lucían limpias y perfectamente cuidadas.

No se movió.

No esquivó el contacto.

Solo bajó la mirada, luego volvió a alzarla, y de los dedos pasó a observarle el rostro.

Mariana giró apenas los ojos.

La mano derecha de él ya había descendido.

El dorso de su mano rozó el dorso de la de ella.

Un contacto apenas perceptible.

Mariana sonrió de lado.

Luego, con descaro, enganchó su meñique con el de él.

Dos dedos entrelazados en la penumbra.

No duraron ni tres segundos.

Después lo soltó y se puso de pie.

Con tanta naturalidad que parecía que no había ocurrido nada.

Entonces miró hacia Alejandro.

—Sigan jugando. Voy a salir a tomar aire.

Alejandro ni volteó a verla.

Pensó que otra vez estaba haciendo berrinche.

Mariana salió del privado.

La puerta se cerró a su espalda y bloqueó todo el ruido del interior.

No se fue lejos.

Solo se recargó en la pared junto a la entrada, con la mirada baja.

Ni un minuto había pasado cuando la puerta volvió a abrirse.

Rafael salió con el celular en la mano y se lo llevó al oído.

—Sí, dime.

Pero sus ojos permanecían fijos en el rostro de Mariana.

Ella sonrió.

Sabía que él la seguiría.
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