LOGINA la mañana siguiente me desperté temprano, más por la costumbre que por necesidad. Miré la hora en mi teléfono, apenas eran las cinco de la madrugada, demasiado temprano para un domingo, pero volver a dormirme resultaría imposible, siempre fue el tipo de persona que una vez despierta no puede seguir durmiendo. La cita me tenía nerviosa, llevaba tanto tiempo que no salía con alguien… después de Antonio no pude ver a ninguna otra persona de esa manera, de muchas maneras él había sido el único amor de mi vida, nunca creí posible volver a enamorarme.
No tenía mucho que hacer así que revisé mis mensajes. Había recibido uno de Lucía pasada la medianoche, decía: “Rachel, las chicas ya están a salvo, voy a salir del estado por un par de días, no podré comunicarme. Ten cuidado.” No respondí, una respuesta era innecesaria, no sabía en qué asuntos estaría metida o si estaría trabajando en más de un caso a la vez y no acostumbraba a contestarle a menos que ella pidiera una respuesta.
- Supongo que debería arreglarme para la cita. -dije, pensando en lo agradable que sería tener un día libre de preocupaciones por primera vez en años. -Tenis y ropa cómoda… puedo hacer eso.
Desayuné un par de quesadillas y una taza de café antes de vestirme. Christian me recogió a las diez en punto en la esquina, aceptó sin protestar que no quisiera darle mi dirección y llegó puntual, ambas cosas que aprecie bastante. Él llevaba un pantalón de mezclilla azul, sudadera negra y tenis de una blancura impecable. Cómodo, casual y de todas formas lucía como si cada prenda hubiera sido hecha específicamente para él.
- Wow, te ves hermosa. -dijo mirándome con esos ojos tan únicos.
- ¿Bromeas? -respondí señalando mi pants negro y blusa morada de manga larga. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta y mis lentes. - Me has visto con vestido y maquillaje…
- Si, y luciste incómoda durante cada instante de esa fiesta. -recordó. Me senté a su lado y el chofer comenzó a conducir a través de las calles vacías por la hora. Casi nadie estaba en la calle un domingo a las diez. -Ahora, ¿puedes adivinar a dónde vamos?
Mientras decía eso me señaló una canasta de picnic que compartía el asiento trasero con nosotros. Sonreí.
- ¿Vamos a Chapultepec?
- Excelente. ¿Sabes? Es mi lugar favorito en la ciudad entera, desde pequeño cuando podía me gustaba perderme en el bosque y pasar horas escuchando a los pájaros.
- Es un lugar hermoso, perfecto para una primera cita. -confirmé.
Me pareció tierno, podía escoger cualquier lugar; desde restaurantes costosos hasta escapadas exóticas y aun así prefirió llevarme a un lugar importante para él, un lugar donde le gustaba pasar el tiempo, donde se sentía a salvo. Eso me conmovió mucho más que cualquier gesto vacío.
- ¿Eso crees? Luisa se negaba a ir conmigo…
- Bueno, no soy Luisa. -le recordé con una sonrisa, cada vez me desagradaba más su ex.
El coche nos dejó en la esquina, a media cuadra de metro Auditorio, donde nos habíamos encontrado aquella noche… sonreí al recordarlo. Caminamos hasta la entrada del bosque, el sonido de las hojas movidas por el aire pronto reemplazó el de los autos que avanzaban por la calle a gran velocidad. Andamos con las manos entrelazadas por un camino de piedra, desde ahí se podía ver el lago con su verdosa superficie y los brillos del sol al reflejarse sobre el agua como un vestido con lentejuelas que parecía en perpetuo movimiento. Podía escuchar diversas especies de pájaros, pero sólo logré ver a una grulla blanca, su plumaje contrastaba con la verdura de agua y los árboles que la rodeaban. Lamenté no haber llevado mi cama como de seguro Christian lamentó no llevar su cuaderno de dibujo.
Sin ninguna prisa rodeamos el lago hasta llegar a un gran puente de piedra grisácea, Christian me contó una anécdota de cuando era niño y su madre logró impedir que saltara al agua porque había visto un pez y quería nadar con él.
¿Qué edad tenías? -pregunté conteniendo la risa al imaginarlo.
- Hmmm no recuerdo, quizás cuatro o cinco años… ella siempre lo contaba a sus amigas y nunca logré olvidarlo.
- Es tierno…
- ¿Bromeas? Es vergonzoso. Hasta los socios de mi padre lo sabían. Por años fui el niño que casi salta a un lago.
Seguimos riendo, nos detuvimos en una zona con mesas detrás de un lago más pequeño, estaban cubiertas por un amplio dosel de hojas y lejos de donde pasaban las personas. Nunca lo había visto tan relajado, colocó la cesta en la mesa y comenzó a sacar cosas, incluido un mantel de cuadros rojos y blancos. La comida consistía en ensalada de pasta fría, croissants, empanadas de atún, jugo espumoso de uva y fresas cubiertas de chocolate.
- Vaya, todo estuvo delicioso. -dije cuando terminamos de comer, mientras habíamos hablado de cosas triviales como el clima y lo fresco que se sentía el aire en el bosque. -Debo admitir que es una de las citas más agradables en las que he estado.
- Rachel, yo… quería hablar contigo, aprovechando que aquí no está mi padre ni nadie del trabajo…-por un momento miró a un pequeño insecto que caminaba por el mantel. A lo lejos una ardilla nos observaba esperando recibir algún pedacito de comida. -Yo… no soy alguien que tenga citas casuales, no busco algo a corto plazo. Tu me gustas, Rachel Guerra.
- Yo, lo entiendo, imagino que quieres saber si yo también busco una relación en serio. -respondí, no sabía qué decirle. – Nunca me han gustado las citas casuales, pero… siendo honesta no estoy segura de poder entregarle mi corazón a alguien.
- Podemos tomarlo un paso a la vez, si quieres. No me importa la opinión de mi padre o sus intentos de comprometerme con Dalia, yo te quiero a ti, Rachel.
Por un momento, estuve a punto de decirle la verdad, que no era Rachel, que nunca lo fui. En vez de eso clavé mis uñas en la palma de mis manos.
- Okay, un paso a la vez. Puedo hacer eso. Me gustas mucho y no quiero cerrar mi corazón a las posibilidades.
Emocionado por mis palabras tomó su rostro entre sus manos y me besó, un beso suave y delicado, apenas un roce de labios. Mi mano izquierda se aferró a su sudadera, mientras que la derecha se perdió en su suave cabello.
Después de recoger las cosas y tirar la basura en su lugar regresamos al puente, una larga calzada se extendía hacia ambos lados atravesando el bosque. Brillantes puestos cubiertos con lonas coloridas ofrecían alimentos, bebidas y souvenirs del lugar, los oferentes gritaban mil productos distintos creando una extraña cacofonía de voces.
Compartimos algodón de azúcar y sin separarnos regresamos a la salida. Temía el momento de despedirnos, me preocupaba mi inminente regreso a la realidad, donde Christian era el hijo de mi peor enemigo, comprometido para casarse con una exitosa empresaria. No podía negar que la fantasía era mejor que la realidad, pero no se puede vivir en una ilusión.
- ¿Puedo llevarte a tu casa? -preguntó Christian, negué con la cabeza, si llegábamos juntos acabaría invitándolo a pasar.
- No, necesito ir a… hacer unas compras.
- De acuerdo, ¿al menos puedo acercarte a la tienda?
Miré alrededor, casi sin darnos cuenta habíamos regresado a la calzada, su chofer esperaba estacionado enfrente de nosotros.
- Así está bien, lo prometo. Me la pasé muy bien. -dije, sin intentar contener la enorme sonrisa que invadía mi rostro,
- Yo también, te veré el lunes.
Nos despedimos, yo me quedé ahí hasta que su auto se perdió en la distancia.
Miré el pasillo, las sillas vacías acomodadas a cada lado y el altar al otro lado. Todo estaba listo para la boda, adentro de la cabaña se preparaba la comida para la fiesta y Christian se arreglaba, sería la boda perfecta, de eso no tenía la mejor duda. - ¿Estas lista?- Le pregunté a Luisa, ella esperaba cerca, una bata larga cubría su vestido blanco. Nunca esperé que una noche de copas después de aventarle huevos a la casa de su ex fuera a convertirnos en buenas amigas, o que después de eso él le suplicaría que regresaran o que ella aceptaría gustosa. Mi vida cambió radicalmente mientras esperaba a que Christian saliera del hospital y cuando al fin lo hizo pude estar a su lado durante su recuperación, conciente de que cada instante de su sufrimiento pudo ser evitado si tan solo hubiera confiado un poco más en él. Cuando lo vi salir del hospital, pálido y con una mueca de dolor en sus delgados labios, me prometí que nunca volvería a verlo lastimado por mi causa. - Así es, nunca pe
Decir que me sorprendió ver a mi madre sería restarle importancia al suceso. No la había visto desde el funeral… nuestra última reunión fue hostil y yo decidí no buscarla cuando decidió irse a la ciudad a perseguir su olvidado sueño de ser actriz. Las dos dijimos, más bien gritamos, cosas terribles que probablemente ninguna había olvidado o perdonado, palabras dichas con la única intención de lastimar. Nunca fui muy cercana a ella, mucho menos después de la muerte de mi padre. Su muerte también fue la de nuestra familia como la conocíamos. No había cambiado mucho desde la última vez que la vi, solo lucía más arreglada. Ahora llevaba el cabello rizado y teñido de un color cobrizo. Llevaba un abrigo negro, zapatos de tacón alto, labios pintados de rojo... nunca la había visto lucir tan bien. Una parte de mi ser la odiaba por eso. Quizás nunca podría mirarla tan feliz sin recordar el pasado, cuando le dio la espalda a todos. - ¿Podemos hablar? Hay una cafetería cerca de aq
El momento pareció congelarse, con nosotros tres ahí, en la encrucijada al final del camino. Era el problema final… Sentía mi respiración demasiado fuerte y tanto Christian como Antonio parecían dos gatos a punto de destrozarse con colmillos y garras. Por lo menos Antonio tendría que decidir a quién intentaría matar primero, eso considerando, claro está, que estuviera solo.-Vete, Daleman. - Solo me iré si ella me lo pide. -respondió él con mirada desafiante.- Si quieres que siga con vida… deberías pedirle que se vaya. Ahora. - Advirtió Antonio.- Christian…-comencé a decir, no estaba muy segura de qué palabras usar para decirle lo mucho que lamentaba toda la situación, nunca debí involucrarlo, nunca debí dejarlo sin una explicación, nunca debí enamorarme de él, sin embargo, ahí estábamos, los dos en el claro del bosque donde mi vida se hizo pedazos.- No.- Aún no digo nada…- La respuesta es no. Sé que quieres protegerme de todo esto, pero no lo necesito y yo decidí buscarte y dec
Si pensábamos que tendríamos tiempo para prepararnos antes de tener que confrontar Antonio, estábamos completamente equivocados. No nos permitimos ni una noche de libertad, sabíamos que debíamos aparentar normalidad y tranquilidad mientras en realidad nos encontrábamos planeando una salida a la situación.- Antonio no es tan impulsivo como mi padre, pero no va a desperdiciar el tiempo.- Eso no puedo asegurarlo. - respondí recordando cómo Antonio solía ser conocido por su espontaneidad y por saltar antes de mirar abajo. - Ahora me confunde mucho… siento que en realidad nunca lo conocí.- Debió ser toda una sorpresa para ti. -Christian tomó mis manos entre las suyas, estábamos sentados en la sala de su apartamento.- Solo un poco… digo, sí me sorprendió, pero Lucía me lo advirtió justo a tiempo. Si no, ¿Quién sabe si lo habría creído?- Me gusta pensar que habrías visto la verdad. Quizás no al inicio, pero eventualmente.Miré sus manos, dobladas sobre su regazo. Me sentía tan cobarde,
Al día siguiente Christian me despertó con el sonido de sus pasos de un lado al otro de la casa. Solo caminaba así cuando se sentía increíblemente ansioso. En contadas ocasiones lo había visto tan preocupado, y eso incluía varias reuniones con su padre. Debería levantarme del sillón y buscarlo, ¿cómo llegué al sillón? Lo último que recordaba era caer de rodillas en el suelo de madera, incapaz de contener las lágrimas y dos fuertes brazos rodeándome en un cálido abrazo.Mis sueños estuvieron plagados de una mezcla entre recuerdos del pasado y del día anterior. Veía a Antonio, joven, lleno de sueños recostado a mi lado sobre el césped, antes mirábamos las estrellas con los corazones llenos de esperanza… lo veía en el sótano, con el estómago pesado por la culpa y después nos encontrábamos en aquel claro del bosque, bajo un cielo sin estrellas. El olor a pólvora me asfixiaba. Él me miraba, los ojos vacíos de toda emoción… Despertar fue un verdadero alivio.La conversación con Antonio fue
Tras dos semanas de encierro en la cabaña todos comenzábamos a volvernos un poquito locos. Christian pasaba casi toda la noche despierto haciendo llamadas e investigando, mientras que el ruido despertaba a Antonio y lo hacía pasar el día de mal humor. Sus pesadillas aún lo atormentaban de noche, aunque no eran tan terribles como las de aquel primer día en la cabaña. Yo intentaba mantener la cordura aun cuando escuchaba a uno quejarse del otro a cada oportunidad posible.- No lo soporto. ¿Sabes que es un maldito egoísta? Siempre se acaba el agua caliente y claro, no puedo decir nada porque es su casa… pero también se toma la última taza de café todos los días…-se quejaba Antonio cuando estábamos solos.Christian era menos vocal en su desagrado, solo se apresuraba a salir de cualquier habitación donde estuviera Antonio. “Va a ser imposible que se lleven bien” pensé. Eran peor que perros y gatos, con uno gritando y quejándose como niño chiquito y el otro haciendo lo mejor para manteners







