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33. Preparativos.

Auteur: Nocturnal
last update Date de publication: 2022-06-16 04:09:57

Había olvidado por completo mi promesa para acompañar a Christian a comprar su traje y el vestido de Dalia hasta que en vez de dirigirnos al día siguiente a la oficina fuimos a una de esas tiendas costosas que solo había visto en películas. En el exterior nos encontramos con Dalia, quien iba acompañada por dos amigas, Claudia y Mariana.

- Hola, Dalia. ¿Estás lista? -la saludó Christian. Yo me mantuve en silencio, esperaba que la presencia de sus amigas la hiciera olvidarse de mí.

- Por supuesto, nos preparamos para uno de los días más felices de nuestra vida. -respondió. - ¿te gusta mi vestido? ¿debería conseguir algo parecido?

Miré su vestido, era largo hasta la rodilla, de color azul marino con delicadas flores doradas. Era hermoso, con un escote en forma de corazón. En mi opinión se veía más cómoda de traje, aunque nadie pidió mi opinión. Christian sonrió.

- Deberías usar lo que más te guste.

- ¿Seguro de que no tienes una opinión?

- Dalia, yo ni siquiera estoy seguro del compromiso. -sus amigas hicieron una serie de muecas, como si su confesión volviera a Christian el mayor idiota del mundo. - ¿Podemos apurarnos?, tengo que visitar a mi padre en la tarde para repasar algunos detalles.

- Uno no puede apresurar ciertas decisiones, Christian. -replicó ella. Se apresuró con sus amigas a entrar.

Una vendedora con sonrisa digna de comercial de pasta dental nos guio al piso superior de la tienda, donde había varios probadores que más bien parecían salas bien amuebladas. Excesivamente amuebladas. Cada una tenía dos probadores, muebles para colgar atuendos, varios silloncitos y mesitas con copas de champaña. Salió uno de los encargados, Carlos, a saludarlos y asegurarles que el señor Daleman se encargaría de todos los gastos.

- Espero ayudarlos a volver su gran día tan especial como ambos merecen. -concluyó su discurso. -En seguida les traeremos algunas opciones. ¿También querrá ver vestidos de novia, señorita Dalia?

- Aún es muy pronto. -dijo Christian.

- ¡Me encantaría verlos! -dijo Dalia al mismo tiempo.

Christian y yo nos sentamos en un sillón hacia el extremo derecho del cuarto, llevaba mi laptop para seguir trabajando. No me importaba pasar la mañana ahí, nunca me molestaría acompañar a Christian, aunque incluyera convivir con una de las personas más desagradables y ofensivas, pero no me agradaba para nada atrasarme con el trabajo.

- ¿Y ya saben cuándo podría ser la boda? -preguntó Claudia rompiendo el silencio.

- A mí me gustaría una boda en primavera. -comenzó Dalia. -Me imagino una boda en exteriores, en algún lugar donde pueda verse el atardecer.

Christian no dijo nada, no le agradaba la idea de la boda, tampoco le gustaba sentir que no tenía control sobre su propia vida y la verdad, ¿quién podría culparlo? Me entristecía no poder hacer más por él, mi corazón me rogaba que luchara por permanecer a su lado, por ser yo quien se probaba vestidos y planeaba una boda, pero eso no sería justo.

- ¿Es necesario que ella esté aquí? -preguntó de repente Dalia, mirándome con su usual desprecio.

- Así es, si ella se va también yo me voy. -replicó él.

No volvió a sacar el tema, tampoco volvió a dirigirme la mirada el resto del día. El proceso de probarse vestidos fue desagradable y tardado, nada parecía agradarle y sobre cada uno tenía un millón de quejas que decía de la forma más hiriente posible. Las horas pasaban sintiéndose cada una como una eternidad. Un infinito de aburrimiento que se extendía y se extendía hasta que, por fin, pasadas las cuatro de la tarde, Dalia se decidió por un vestido verde esmeralda. El color iba perfecto con su piel y ella y sus amigas no dejaban de hablar de este como si fuera la solución al cambio climático. No lo soportaba, ¿cómo podía entusiasmarle tanto e comprometerse con alguien a quien apenas conocía y a quien no amaba ni un poco? Y si así era la búsqueda de un vestido para la fiesta de compromiso… no quería ni imaginar la de su vestido de novia.

Al salir de la tienda nos separamos, Christian y yo subimos al auto, en nuestra desagradable agenda quedaba visitar al señor Daleman. Por mucho que deseara evitarlo no había alternativa, comenzar a evitarlo solo aumentaría sus sospechas. Nos citó en un restaurante carísimo cerca del centro de la ciudad, quedaba a unas cuadras del zócalo y gracias al eterno tráfico en esa zona decidimos bajar del auto y caminar as últimas cuadras, el señor Daleman detestaba esperar.

Nos dejaron entrar sin confirmar a reservación, en una mesita casi escondida en la esquina más lejana estaba el señor Daleman, con su usual traje hecho a la medida, esta vez de color verde olivo con camisa blanca. Para mi sorpresa no estaba solo. A su lado estaba el señor Ricardo, el parecido entre ambos era innegable, siendo la principal diferencia que Ricardo llevaba ropa casual: pantalón de mezclilla, playera de una banda ochentera de rock y gafas de sol.

- Hola, padre. Lamento llegar tarde, pero Dalia tardó mucho en escoger su vestido…

- No hay excusas para la impuntualidad. -el tono del señor Daleman podría congelar el infierno. -Quise reunirlos a ambos para aclarar un par de temas. Secretaria Guerra, su presencia no será necesaria.

- Papá, ¿por qué…

- No te preocupes, Christian, te esperaré afuera. -dije, no quería dejarlo solo.

- ¿Ves? Ella no tiene problema con salirse un momento ¿Por qué tienes que hace un drama de cada insignificante detalle?

Caminé a la salida, afuera hacía un día esplendoroso, con escasas nubes blancas que en ningún momento lograban ocultar el cielo azul, aunque en a ciudad el clima solía ser un poco impredecible, el día podía parece el más agradable y cálido para concluir en la tarde con una fuerte tormenta capaz de derribar aboles. Recordaba un día así, cuando Antonio y yo corrimos en la lluvia, no acostumbrábamos a ir a la ciudad juntos y olvidamos llevar el paraguas. El tomó mi mano, no la soltó hasta llegar al pequeño apartamento que habíamos rentado para pasar la semana ahí. Al recordarlo noté cómo en casi todos nuestros intentos de viajar juntos llovió por lo menos una vez. En incontables ocasiones terminamos compartiendo un paraguas o apresurándonos a regresar a casa, una sonrisa en nuestros rostros a pesar de frío que no podía hacer nada contra la calidez del amor.

En vez de esperar ahí entré a una librería de usado cercana, no acostumbraba a leer por falta de tiempo, pero en mi infancia mis padres tenían que confiscar mis libros para asegurarse de que me fuera a dormir en vez de quedarme toda la noche leyendo. A mi padre le agradaba, a mamá le preocupaba, siempre quiso verme convertida en actriz.

La librería estaba en lo que parecía ser un espacio amplio, tan abarrotado con estantes y libros que recordaba un pequeño desván. Los libreros llegaban al techo y libros se apilaban en cada superficie, incluso había pilas en el piso.

- Buenas tardes, ¿buscaba algo en especial? -preguntó una ancianita de aspecto frágil y enfermizo desde el mostrador.

- No, solo estoy viendo. Gracias.

Me informó que tenían una sección de libros con 50% de descuento y no volvió a dirigirme la palabra. Me detuve en un librero cerca de la puerta, desde ahí podía ver el restaurante sin resultar demasiado obvia. Había quedado claro que el señor Daleman no confiaba en mí, necesitaba confirmar si en verdad sospechaba como dijo Aliado Anónimo o si solo era su usual paranoia. Uf, tantas cosas por hacer y solo dos meses para hacerlo todo.

Era raro, no me sentía tan presionada cuando mi venganza no tenía una meta exacta y marcada en el calendario. Me sentía demasiado ansiosa, como si tuviera el tiempo contado y un reloj gigante me lo recordara a cada segundo. Quedarme quieta en la librería me recordaba que debería estar haciendo mil cosas distintas. En cuanto llegara a casa me concentraría en continuar mi trabajo, porque terminaría lo que comenzaron mi padre y Antonio.

Tras casi una hora de esperar Christian salió solo, se veía muy molesto, aunque no tanto como cuando tenía que lidiar con su padre solo. En seguida salió Ricardo, suspiró y detuvo a un taxi. Yo atravesé la calle, él sonrió al verme.

- No sabía si me esperarías. -dijo, sin importarle quién pudiera vernos me rodeo con sus brazos.

- Sé lo difícil que resulta esto para ti, no pensaba abandonarte.

- Lo agradezco, ¿quieres que te acompañe a tu casa? Creo que el chofer se quedó cerca de aquí…

- Yo… está bien. -accedí, de todas formas, él ya conocía mi dirección y siempre antes de salir me aseguraba de dejar todos los papeles sobre Daleman bien guardados. - ¿Quieres pasar por café o ramen?

- Una taza de café sería genial.

- Genial.

Durante el trayecto a casa me sentí nerviosa, fuera de don P**e y Lucía no había dejado que casi nadie entrara ahí, mucho menos a alguien tan importante como Christian. Él debió sentir mi nerviosismo pues entrelazó nuestras manos.

- No tengo que bajar del auto si no estás segura. -ofreció cuando nos detuvimos ante el edificio.

- Estoy segura. -respondí.

Cuando por fin llegamos a mi apartamento, el café era lo último en nuestras mentes…

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