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32. Amor.

Autor: Nocturnal
last update Data de publicação: 2022-06-13 03:32:50

Vimos el atardecer desde la ventana de la hogareña sala de la casa. Las paredes y pisos de madera le conferían una calidez extraordinaria. A diferencia de los departamentos este lugar se sentía lleno de vivacidad, con plantas en macetas cerca de cada ventana, libreros repletos de libros y una esponjosa alfombra roja entre el sillón y la televisión. Christian y yo dormitábamos sobre la alfombra, envueltos en una sábana, cansados por las actividades previas.

- Es una casa hermosa. -comenté, mi mirada se detuvo en las fotografías en la pared opuesta a la ventana. - ¿Acostumbras a visitar muy seguido?

- Solía hacerlo, pero desde que comencé a involucrarme más en la compañía dejé de tener tiempo. -sonaba triste. Besé su mejilla, esperando algún día poder borrar la tristeza de su corazón. -Está bien, las cosas cambian. Es imposible esperar que todo siga igual. Mi padre siempre presiona a mi padrino para que la venda.

- ¿Hay algo sobre lo que no opine el señor Daleman?

- Aun no lo encuentro, en serio, es como si olvidara que los demás podemos tomar decisiones. Nunca me dejó escoger una carrera y ahora no me deja escoger a mi futura esposa.

Me acurruqué contra su pecho, si alguien nos mirara solo podría ver mi cabello. Inhalé el olor de su piel, tan suave y pálida. Podría quedarme así por una eternidad. Entonces escuchamos el sonido de un auto al estacionarse afuera.

- Bueno, esta es la casa, espero que quede limpia después discutiremos la remodelación. -dijo una voz desconocida, aunque Christian parecía reconocerla. Era de un hombre, grave y con un tono de autoridad. - ¿Necesita algo más?

- Si, ¿no sé si pudiera enseñarme el interior?, así puedo comenzar a empacar las cosas. -le respondió una voz femenina.

- Claro, aunque no será necesario, debe empacarse todo. Pienso regalársela a mi ahijado cuando anuncien su compromiso, conozco a su futura prometida y sé que necesitará su propio espacio.

- Que considerado.

Escuchamos el sonido de la llave en el cerrojo y nos miramos, auténtico terror en nuestras miradas. ¿Quién diría que a su padrino se le ocurriría ir el mismo día que a nosotros? Me cubrí con la sábana y nos levantamos, Christian se tapó la entrepierna con una almohada del sillón.

- Vamos, debe haber ropa en mi cuarto. -susurró.

Acto seguido tomó mi mano y me guio escaleras arriba, al mismo tiempo que fuertes pasos se acercaban por el pasillo. Entramos por la segunda puerta de cuatro que se alcanzaban a ver en el pasillo del segundo piso. El cuarto de Christian tenía las paredes llenas de posters de películas antiguas y delicadas pinturas en acuarela. Nos detuvimos ante el ropero, Christian comenzó a sacar prendas, jeans y una playera para él, una sudadera y pantalones deportivos para mí.

- Esos me quedaron demasiado ajustados cuando los compré. -explicó mientras nos vestíamos. -Espero que te queden bien.

- Bueno, creo que servirán para esto. ¿Ahora qué? ¿cómo saldremos?

Afuera comenzaba a oscurecer, la noche podría servirnos de cubierta para escapar si tan solo lográbamos llegar a la puerta sin ser detectados.

- ¿Tienes miedo a las alturas?

- No necesariamente, pero ¿por qué preguntas? -volteó a ver la ventana, un brillo de determinación en sus ojos. - ¿Pretendes que salte de un segundo piso? ¿Y si alguno de nosotros se lastima y no puede moverse?

- Si quieres puedo saltar primero. Es muy seguro, puedo demostrarlo...

- Ese no es el problema…

Entonces escuché las voces y los pasos acercarse por la escalera. Abrí la ventana, asustada. No se veía tan alto, peor no nos daría tiempo. Los dos corrimos a escondernos en el closet. Me puse atrás de un par de camisas con estampado digno de un día en la playa. La puerta crujió al abrirse.

-Este es el cuarto de mi sobrino, aquí solo necesita limpiar, no mueva nada de su lugar, por favor. -seguía explicando su padrino.

- Sí, señor.

Christian tomó mi mano en la oscuridad del ropero, sentía su acelerado pulso y su respiración agitada que delataba su temor a ser descubierto por su padrino en una situación tan comprometedora. Gracias a su forma de hablar podía notar lo importante que era esta persona para él, quizás alguien en quien si podía confiar.

- Niño, sal de ahí. -dijo la voz posiblemente desde la puerta. -¿Crees que no vi tu coche afuera o la ropa de dos personas en la sala? Y no fingas que todo es tuyo porque nunca en esta vida te he visto usar un vestido. Aunque si fuera tuyo te diría que tienes buen gusto para la ropa.

- En realidad esperaba que no lo notaras. - Christian salió del ropero, una expresión de resignación en su rostro.

- También puede salir tu novia, no te preocupes, no la voy a perseguir con un b**e ni nada parecido.

Sonreí, su sentido del humor y el tono tranquilo de su voz desaparecieron mis temores. Salí, Christian tomó mi mano en la suya, nuestros dedos se entrelazaron como si fuera el gesto más natural del mundo. Me sorprendió descubrir que su padrino era la viva imagen del señor Daleman, pero con una expresión de amabilidad en su rostro, además sus ojos eran oscuros.

- ¿No nos vas a presentar? Christian deberíamos hablar sobre tus modales, mira que hacer que una señorita se esconda de tu familia no es muy agradable…

- Claro, Rachel él es mi padrino Ricardo Daleman. Ricardo, ella es Rachel Guerra, mi novia.-nos presentó Christian, señalándonos con sus manos al decir nuestros nombres.

- Es un gusto, señor Daleman. -respondí extendiendo mi mano. Él la tomó con una extraña sonrisa.

- Por favor, llámame Ricardo, no tengo nada en común con mis hermanos y ellos no tienen inconveniente en fingir que no existo. Soy el Daleman que nunca tuvo ningún interés por los negocios o ser el centro de atención y prefiero mantener las cosas así.

- Okay.

- Supongo que los dos conocen los riesgos si mi hermano descubre que están juntos a pesar del compromiso.

Christian hizo un ruido mitad quejido mitad suspiro.

- ¿Tú estás de acuerdo con el compromiso?

- Claro que no. Esas cosas nunca terminan bien. Sabes que si fueras mi hijo no haría algo parecido. -por aluna razón no me costaba creer en su palabra, al igual que Christian parecía una persona honesta. -Yo me salí a tiempo y la oferta sigue en pie si decides dejar el negocio familiar.

- ¿Qué oferta? -pregunté.

- Me ofreció un contrato como ilustrador. Mi tío es escritor…

Una vez pasada la incomodidad inicial Ricardo nos invitó a pasar a la sala por un café, me sentía un poco avergonzada, después de todo, él fue la persona que encontró mi ropa junto al sofá. Nos sentamos en dicho sofá, Christian a mi lado, aun sostenía mi mano, era tierno lo afectuoso que era cuando no sentía la necesidad de esconderse. Su tío regresó con tres tazas humeantes.

- En cuanto noté que seguían aquí le pedí a Irma que reagendáramos la limpieza. -explicó.

Nos pasó una taza a cada uno, fue uno de los mejores cafés que he probado en mi vida. En ese punto me di cuenta de que conocía a casa toda la familia de Christian y que yo no podía presentarle a nadie y aunque pudiera, no quería presentarle a mi madre. A pesar de todos los problemas de su familia, él tenía a alguien a su lado, tenía a Ricardo. Quizás lo más parecido sería don P**e, o Lucía…

- Rachel, ¿estás bien?

- Oh, sí, no es nada. - no había notado que permanecí varios minutos con la mirada perdida.- Solo me distraje un poco...

Más tarde ayudé a Ricardo a llevar las tazas a la cocina. Ahí insistí en lavarlas, era lo mínimo que podía hacer después de meterme a una casa ajena sin permiso. Mientras las enjabonaba Ricardo cerró la puerta y se acercó a mí.

- No soy de los que amenazan. -dijo con un gesto extraño. -A estas alturas debes saber que Christian es un buen chico, mejor de lo que él mismo nota a veces… él merece ser feliz y si eres una enviada de su padre o tienes otras intenciones este es el momento para alejarte.

- Entiendo su preocupación, pero de verdad amo a su ahijado.

- Como dije, no es una amenaza y en realidad no es mi lugar decirlo. Alguien debe preocuparse por su felicidad, es todo.

- Me alegra que tenga a alguien como usted de su lado y sé que al no conocerme mi palabra no vale nada, aun así, le prometo que no pretendo lastimar a Christian de ninguna manera.

Él sonrió, no hablamos más, continuamos lavando y secando las tazas en silencio. Al menos dije la verdad, no pretendía lastimar a Christian, no de manera intencional. Mis planes no tenían la finalidad de causarle ningún daño. La posible quiebra de la empresa familiar y demás consecuencias en realidad serían culpa de su padre y sus malas acciones.

- Bueno, chicos, fue un gusto verlos. -se despidió Ricardo, tenía una importante reunión y debía irse cuanto antes. -Si quieren pueden quedarse aquí, pronto va a anochecer, no creo que deban conducir en la carretera de noche.

- Gracias, tío, pero…

- Mi reunión no puede esperar, además estoy acostumbrado a manejar de noche. No te preocupes, Christian.

Ricardo se fue, Christian lo acompañó al exterior, era demasiado tierno y triste verlo así, porque nunca se veía tan relajado en la ciudad o cerca de su padre. “Perdóname” pensé, mientras veía las fotos que adornaban la pared, “No puedo ser quien mereces, solo puedo quedarme a tu lado y rogar porque no me odies en dos meses cuando descubras la verdad” sabía que me dolería ese momento, cuando esos ojos azules verdosos me miraran con frialdad en vez de afecto, cuando no quisiera tener nada que ver conmigo. Sacudí mi cabeza, nos quedaban dos meses. No tenía sentido preocuparme por lo inevitable.

Saqué mi teléfono, tenía tres mensajes, el primero era de don P**e, pidiéndome que fuera a visitarlo en el siguiente día feriado, el segundo de Lucía con un link a su último artículo sobre el señor Daleman, un artículo cuestionando la eficiencia de la policía en el caso Cruzz y exhibiendo evidencia contra Daleman. El último era de Aliado Anónimo y decía “Daleman sospecha, prosiga con precaución”.

Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. No era momento para dudar.  Hasta el momento no había sido el centro de sus sospechas y esperaba permanecer así. Escondí el teléfono cuando Christian regresó, acordamos aprovechar el ofrecimiento de su padrino y pasar la noche en la casa. Nos acurrucamos en su cama sobre las cobijas, sus cálidos brazos me rodeaban y cada cierto tiempo acariciaba mi cabello con gran gentileza. Me concentré en su acompasada respiración, en la forma en que parecíamos encajar como piezas de rompecabezas y el olor de su piel, una mezcla entre desodorante, café y vainilla.

- Te amo, Christian. -dije sin moverme.

- Yo también te amo. -murmuró, aunque por su voz pude notar que estaba más dormido que despierto.

- ¿Puedo contarte algo?

- Hm.

- Me gustaría congelar el tiempo y permanecer aquí a tu lado por toda la eternidad.

No respondió, voltee a verlo, ya estaba profundamente dormido.

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