MasukRegresar a la Ciudad de México no trajo consigo las vacaciones que Christian y yo esperábamos o necesitábamos, apenas aterrizó el avión su teléfono comenzó a sonar sin pausa. Los problemas no se hicieron esperar ni un minuto. Por mi parte tenía mucho por hacer, comenzando por revisar los archivos de Luisa. Me esperaban tediosas horas leyendo lo que bien podría ser su diario.
-Iremos de inmediato a la compañía. -Christian miró su reloj preocupado, pasaba del medio día y el tráfico era insoportable. -Eso si logramos llegar, claro.
- ¿Ya contactó al señor Daleman?
-Él sabe que llegamos, pero nada más. Será mejor que no se involucre, yo puedo manejar estas crisis menores.
-Un posible asesinato en la empresa no suena a una “crisis menor”, señor. -repliqué. Christian se limitó a ignorarme mirando por la ventana del auto. Una persona murió, ¿acaso no lo entendía?
La noticia voló como el polvo, un empleado de alto nivel falleció en la empresa poco antes de que esta abriera en la mañana, los conserjes encontraron el cuerpo y alertaron a las autoridades. Se esperaba pronto una declaración de la compañía al igual que su cooperación.
“Vaya semana, no hace más que empeorar” pensé.
-Es posible que debamos cerrar los pisos superiores un par de días, apenas tengamos la información completa quiero que empieces a buscar un lugar para trabajar por lo menos una semana.
- ¿Para cuantas personas, señor?
-Unas doscientas al menos, que sea céntrico y esté disponible mañana.
- ¿También lo quiere bueno, bonito y barato, señor?
-No me importa el costo, no podemos darnos el lujo de cerrar, ni siquiera por un día ¿sabes cuántos proyectos perderíamos? Muchas familias dependen de nuestra compañía, le damos trabajo a miles de personas…
-Nunca dije lo contrario, será difícil encontrar algo a tan corto plazo-respondí, molesta por su tono. El volteo para verme, aparté la mirada. No necesitaba que sus ojos de cachorrito pateado me hicieran sentir mal. -Me encargaré en cuanto pueda, señor Daleman.
-Por favor, aunque estés enojada conmigo, no me digas Daleman.
-Es su apellido, señor.
Ante eso permaneció callado por el resto del viaje. No estaba acostumbrado a que alguien le hablara de forma tan sincera y siendo honesta quizás no debería hacerlo. Necesitaba recordar constantemente que se trataba de un Daleman, no una persona común y corriente, quizás así lograría mantener a raya esos estúpidos sentimientos.
-Yo, no quería contestarte así, lo lamento. -murmuró el apenas bajamos del auto.
-Esta bien, no hay problema.
-Sólo lo dices porque soy tu jefe.
-Supongo que no hay forma de averiguarlo, señor.
Me sorprendió que a pesar de eso me invitó a subir a su apartamento, no me sorprendió en lo más mínimo descubrir que vivía en un lujoso penthouse cerca de Chapultepec, con una hermosa vista del bosque desde la terraza, la espesa arboleda creaba un interesante contraste con los altos edificios aledaños.
El lugar era de concepto abierto, predominaban los tonos grises con cierta tendencia a tonos oscuros en las superficies, como las mesas, la isla de la cocina e incluso una mesita en medio de la terraza. Había muchas cosas que atestiguaban el bienestar económico de Christian Daleman, desde la enorme pantalla que resaltaba en la sala hasta la computadora de último modelo sobre un escritorio, ubicado a la mitad entre la sala y la terraza. Trabajar ahí, con esa vista debía ser hermoso. A pesar de los costoso, todo lucia muy impersonal, dudaba mucho que él hubiera escogido la mitad de los muebles o las decoraciones. ¿Cuánto tiempo llevaría viviendo ahí? El espacio casi lucía como una casa que se arregla para ser vendida.
-Puedes trabajar aquí, rara vez uso el comedor. -comentó, señalando la mesa. -La cocina queda a la derecha, si quiere ahí está mi cafetera. ¿Hasta qué hora podrías quedarte?
-Lo que sea necesario, señor.
-Bien, debo tomar unas llamadas, ve empezando con lo del lugar, por favor.
-Si, señor.
Christian sacó su teléfono y ya estaba hablando con alguien antes de salir a la terraza, claramente no quería que escuchara. Me senté a la mesa, como si estuviera en una biblioteca saqué mi computadora portátil en el más absoluto silencio.
Buscar un edificio en renta sonaba más fácil de lo que era, la mayoría o no eran del tamaño preciso o estaban muy lejos de la zona, al final conseguí tres posibilidades, la primera un edificio que rentaba los pisos superiores, la segunda una serie de oficinas en renta no muy lejanas entre sí, la tercera y mi favorita era una casa antigua, de esas que recuerdan haciendas con sus patios cuadrados y cuartos de techos altos. La propiedad era enorme, tenía más de veinte cuartos y no quedaba muy lejos de la empresa. El dueño la rentaba como espacio para oficinas y vivía en un departamento encima de la casa.
Muy satisfecha con mi trabajo esperé a que Christian regresara. El problema de los espacios con concepto abierto es que puedes ver casi todo, si miraba a la derecha veía la cocina, con sus muebles y electrodomésticos nuevos, si miraba a la izquierda veía la sala y más allá la terraza. Christian estaba ahí, sentado en uno de los sillones, el teléfono en mano y la mirada perdida en el bosque. El cielo lo enmarcaba de azul, volviendo aun mas prominente el color de sus ojos.
“No puedo creer que esté pensando en sus ojos en vez de intentar sacar provecha a esta visita” me regañé, si, era un hombre muy guapo, pero no por eso debía olvidar mi razón para estar ahí.
-Rachel, ¿podrías traerme una taza de café? -se asomó al terminar la llamada.
-En seguida, señor. Le mandé tres opciones a su correo, sería bueno contactarlos hoy.
-Bien, voy a revisarlas, gracias.
Tuve el cuidado de bloquear mi computadora, después de todo ahí tenia ciertos archivos de Luisa que no tenían ninguna razón lógica para estar en mi poder. La cocina parecía sacada de un catálogo, con sus resplandecientes electrodomésticos, estufa con horno y una isla de mármol en el centro. Daban ganas de cocinar ahí, mi cocina cabía en ese espacio unas cinco veces, al menos.
Pronto el olor del café llenó el ambiente. Ese aroma me traía tantos recuerdos… de mis padres desayunando antes de un arduo día de trabajo, de Antonio sonriendo con una taza en la mano, amaba el café con locura, incluso tenía varios cafetales en el terreno de sus padres y tostaba sus propios granos. Recordaba mi primer trabajo en una cafetería cerca de la escuela y las clases en la universidad cuando sólo la cafeína me mantenía despierta.
Esos recuerdos me tranquilizaron, ya no me sentía tan enojada con él cuando le llevé su café a Christian, seguía en la terraza y si lograba leer su postura correctamente hablaba con su padre. Sus palabras lo confirmaron pronto.
-Papá, esto no es mi culpa, no es como si yo lo hubiera matado… ¿es en serio? ¿Entonces debí ver el futuro o algo así?
Me sentía una intrusa en su conversación así que dejé la taza sobre la mesita y me retiré lo más rápido posible. Comenzaba a preguntarme si debería irme cuando mi jefe regresó, su expresión era de cansancio, con los ojos un poco enrojecidos y la mirada perdida.
- ¿Está bien, señor?
-Estoy de maravilla, ¿no se nota? La compañía pasa de un problema a otro, mi padre quiere sacarme de la empresa y todo eso encima de dos años tan malos que preferiría no haberlos vivido, ¿y me preguntas si estoy bien? ¿cómo crees que estoy?
-Creo que se siente estresado y se está desquitando con la persona equivocada, señor.
-Mejor vete, mañana resolveremos esta montaña de m****a.
Asentí y en cuestión de minutos ya estaba caminando en la calle. Nunca lo había visto tan enojado, tan fuera de control, era como si estuviera a punto de explotar en cualquier momento. Tiempo después descubriría que estaba más enojado consigo mismo que con cualquier otra persona, pero en ese momento temía una reacción similar a las de su padre, quien en sus escasas visitas a nuestra casa logró dejar una muy mala impresión a todos los presentes. Incluso doña María, la chismosa de la cuadra, hablaba mal de él.
En casa, si es que podía llamar mi casa al apartamento, pasé la información de Luisa a mi otra computadora, no volvería a arriesgarme con eso, nadie podía saber que la tenía. La información, si era descubierta llevaría a todos a la inevitable conclusión de que el misterioso micrófono lo planté yo. Me quedé hasta tarde en la noche revisando sus archivos, leyendo correos electrónicos y viendo fotos, al parecer Luisa se sentía toda una fotógrafa y tenía imágenes de casi cada evento de la compañía, invaluables pues me permitieron notar la ultima aparición del señor Daleman en la fiesta de año nuevo, dos años atrás.
-Interesante, ¿por qué se esconde, señor Daleman? -murmuré, trabajar en la compañía me acercaba cada vez más a mi meta…
Miré el pasillo, las sillas vacías acomodadas a cada lado y el altar al otro lado. Todo estaba listo para la boda, adentro de la cabaña se preparaba la comida para la fiesta y Christian se arreglaba, sería la boda perfecta, de eso no tenía la mejor duda. - ¿Estas lista?- Le pregunté a Luisa, ella esperaba cerca, una bata larga cubría su vestido blanco. Nunca esperé que una noche de copas después de aventarle huevos a la casa de su ex fuera a convertirnos en buenas amigas, o que después de eso él le suplicaría que regresaran o que ella aceptaría gustosa. Mi vida cambió radicalmente mientras esperaba a que Christian saliera del hospital y cuando al fin lo hizo pude estar a su lado durante su recuperación, conciente de que cada instante de su sufrimiento pudo ser evitado si tan solo hubiera confiado un poco más en él. Cuando lo vi salir del hospital, pálido y con una mueca de dolor en sus delgados labios, me prometí que nunca volvería a verlo lastimado por mi causa. - Así es, nunca pe
Decir que me sorprendió ver a mi madre sería restarle importancia al suceso. No la había visto desde el funeral… nuestra última reunión fue hostil y yo decidí no buscarla cuando decidió irse a la ciudad a perseguir su olvidado sueño de ser actriz. Las dos dijimos, más bien gritamos, cosas terribles que probablemente ninguna había olvidado o perdonado, palabras dichas con la única intención de lastimar. Nunca fui muy cercana a ella, mucho menos después de la muerte de mi padre. Su muerte también fue la de nuestra familia como la conocíamos. No había cambiado mucho desde la última vez que la vi, solo lucía más arreglada. Ahora llevaba el cabello rizado y teñido de un color cobrizo. Llevaba un abrigo negro, zapatos de tacón alto, labios pintados de rojo... nunca la había visto lucir tan bien. Una parte de mi ser la odiaba por eso. Quizás nunca podría mirarla tan feliz sin recordar el pasado, cuando le dio la espalda a todos. - ¿Podemos hablar? Hay una cafetería cerca de aq
El momento pareció congelarse, con nosotros tres ahí, en la encrucijada al final del camino. Era el problema final… Sentía mi respiración demasiado fuerte y tanto Christian como Antonio parecían dos gatos a punto de destrozarse con colmillos y garras. Por lo menos Antonio tendría que decidir a quién intentaría matar primero, eso considerando, claro está, que estuviera solo.-Vete, Daleman. - Solo me iré si ella me lo pide. -respondió él con mirada desafiante.- Si quieres que siga con vida… deberías pedirle que se vaya. Ahora. - Advirtió Antonio.- Christian…-comencé a decir, no estaba muy segura de qué palabras usar para decirle lo mucho que lamentaba toda la situación, nunca debí involucrarlo, nunca debí dejarlo sin una explicación, nunca debí enamorarme de él, sin embargo, ahí estábamos, los dos en el claro del bosque donde mi vida se hizo pedazos.- No.- Aún no digo nada…- La respuesta es no. Sé que quieres protegerme de todo esto, pero no lo necesito y yo decidí buscarte y dec
Si pensábamos que tendríamos tiempo para prepararnos antes de tener que confrontar Antonio, estábamos completamente equivocados. No nos permitimos ni una noche de libertad, sabíamos que debíamos aparentar normalidad y tranquilidad mientras en realidad nos encontrábamos planeando una salida a la situación.- Antonio no es tan impulsivo como mi padre, pero no va a desperdiciar el tiempo.- Eso no puedo asegurarlo. - respondí recordando cómo Antonio solía ser conocido por su espontaneidad y por saltar antes de mirar abajo. - Ahora me confunde mucho… siento que en realidad nunca lo conocí.- Debió ser toda una sorpresa para ti. -Christian tomó mis manos entre las suyas, estábamos sentados en la sala de su apartamento.- Solo un poco… digo, sí me sorprendió, pero Lucía me lo advirtió justo a tiempo. Si no, ¿Quién sabe si lo habría creído?- Me gusta pensar que habrías visto la verdad. Quizás no al inicio, pero eventualmente.Miré sus manos, dobladas sobre su regazo. Me sentía tan cobarde,
Al día siguiente Christian me despertó con el sonido de sus pasos de un lado al otro de la casa. Solo caminaba así cuando se sentía increíblemente ansioso. En contadas ocasiones lo había visto tan preocupado, y eso incluía varias reuniones con su padre. Debería levantarme del sillón y buscarlo, ¿cómo llegué al sillón? Lo último que recordaba era caer de rodillas en el suelo de madera, incapaz de contener las lágrimas y dos fuertes brazos rodeándome en un cálido abrazo.Mis sueños estuvieron plagados de una mezcla entre recuerdos del pasado y del día anterior. Veía a Antonio, joven, lleno de sueños recostado a mi lado sobre el césped, antes mirábamos las estrellas con los corazones llenos de esperanza… lo veía en el sótano, con el estómago pesado por la culpa y después nos encontrábamos en aquel claro del bosque, bajo un cielo sin estrellas. El olor a pólvora me asfixiaba. Él me miraba, los ojos vacíos de toda emoción… Despertar fue un verdadero alivio.La conversación con Antonio fue
Tras dos semanas de encierro en la cabaña todos comenzábamos a volvernos un poquito locos. Christian pasaba casi toda la noche despierto haciendo llamadas e investigando, mientras que el ruido despertaba a Antonio y lo hacía pasar el día de mal humor. Sus pesadillas aún lo atormentaban de noche, aunque no eran tan terribles como las de aquel primer día en la cabaña. Yo intentaba mantener la cordura aun cuando escuchaba a uno quejarse del otro a cada oportunidad posible.- No lo soporto. ¿Sabes que es un maldito egoísta? Siempre se acaba el agua caliente y claro, no puedo decir nada porque es su casa… pero también se toma la última taza de café todos los días…-se quejaba Antonio cuando estábamos solos.Christian era menos vocal en su desagrado, solo se apresuraba a salir de cualquier habitación donde estuviera Antonio. “Va a ser imposible que se lleven bien” pensé. Eran peor que perros y gatos, con uno gritando y quejándose como niño chiquito y el otro haciendo lo mejor para manteners







