ログイン—¿Acaso sucedió algo? ¿Don Díaz te está complicando las cosas?Aunque esa frase parecía solo una dulce muestra de afecto entre ambos, Gabriel era muy perspicaz.Camila solía ser reservada. Incluso si lo extrañaba con locura, rara vez lo expresaba cuando estaba fuera de casa. A menos que estuvieran frente a frente, en la intimidad de su habitación.—No es eso.Lo cierto era que, desde su llegada, Camila sentía una constante inquietud. Ignoraba qué le ocultaban Patricia y Don Díaz, y ese tal Christian la tenía un poco agobiada. Por eso extrañaba a Gabriel más de lo normal, él era su mayor fortaleza y lo único que deseaba era regresar a su lado lo antes posible. Anhelaba abrazarlo con fuerza y dormir junto a él.Sin embargo, Gabriel era de los que le daban demasiadas vueltas a las cosas. Si le contaba todo esto, él se alteraría antes de que a ella le pasara algo de verdad. Además, ya tenía planeado regresar al país ese mismo día. Para cuando Gabriel despertara, ella ya estaría en casa.
Al caer la noche, la lluvia cesó por completo.El aire gélido lo envolvía todo. El viento agitaba las hojas de los árboles con un sonido similar a un llanto sordo, infundiendo una profunda sensación de soledad y desolación en el corazón.Gabriel seguía de pie en el pequeño balcón de su oficina, contemplando el edificio de enfrente, donde las luces apenas parpadeaban.Óscar se acercó en silencio y le sugirió con suavidad:—Señor, ya es tarde. Permítame llevarlo a casa.Camila no estaba en casa, por lo que su departamento al otro lado de la calle permanecía en total oscuridad. Regresar a su propia casa solo lo haría sentir aún más solo.Durante esos últimos días, Gabriel pasaba las mañanas en el hospital recibiendo tratamiento y las tardes en el Grupo Torres atendiendo asuntos de trabajo. El médico le había advertido que no debía sobreesforzarse. Para que el tratamiento conservador funcionara, lo más importante era mantener un buen estado de ánimo.Óscar recordaba todo esto a la perfe
Valentina dijo en voz baja:—Si tu padre se entera de esto, me va a odiar a muerte.—¿No es un poco tarde para preocuparte por eso?Leonardo soltó una leve carcajada. Mientras Valentina hablaba, él ya había abierto el equipaje de la joven. Sin embargo, Valentina no tenía casi nada de equipaje. Salió de la casa de la familia Herrera sin llevarse nada, y la ropa que compró de manera improvisada en el hotel durante esos días ni siquiera alcanzaba para llenar una bolsa de compras.Leonardo frunció el ceño y colgó la ropa de Valentina en el armario con ademán despreocupado. Luego, sacó una tarjeta de compras del bolsillo y la dejó sobre la cama.—Lo que debes pensar ahora es en tu nueva vida.La tarjeta que Leonardo le entregó era de un centro comercial de lujo y no tenía límite de crédito. Sabía a la perfección que si le daba dinero en efectivo, el orgullo de Valentina no lo soportaría. Por lo tanto, usó el contrato que acababan de firmar como excusa, después de todo, ahora eran marido
—Ya está excelente, no hace falta cambiarla. Te hice gastar mucho dinero por mi culpa —dijo Valentina en voz baja.El lugar que Leonardo había elegido era inmejorable. A ella le encantó en cuanto entró. La vista, el jardín y, sobre todo, su balcón favorito.Aunque la mansión de la familia Herrera también era lujosa, a Valentina siempre le había correspondido el rincón más frío. Sin embargo, aquí cada rincón irradiaba calidez y libertad. Cuando la lluvia pasara y el cielo se despejara, el sol iluminaría el balcón y tal vez podría llenarlo de flores.Pero Valentina reaccionó rápido, ya que Leonardo tomó un contrato que le entregó su asistente y se lo acercó.El contrato tenía decenas de páginas y el asistente se apresuró a explicárselo a Valentina con todo detalle. Leonardo había cancelado sus compromisos laborales de esos días justo para preparar ese documento, en el cual se prometían y garantizaban todos los derechos de la joven. Durante el tiempo que durara su matrimonio con Leonar
—Sí, volvamos —dijo Leonardo con voz profunda, antes de que su asistente terminara de hablar.Ya había esperado demasiado. Ella no vendría.Leonardo bajó la cabeza y dio unos pasos hacia la salida, cuando de pronto sintió una presión en el pecho. Levantó la vista y vio a Valentina frente a él, empapada. Ella apoyó la palma de la mano con suavidad sobre su pecho y lo empujó un poco hacia atrás.—Leonardo...Valentina estaba sin aliento. Había tomado un taxi, pero el tráfico estaba fatal. Temiendo que el registro civil cerrara, recorrió el último tramo corriendo bajo la lluvia. Al ver que Leonardo de verdad la estaba esperando en la puerta, sintió que la sangre le hervía de emoción. Aquel clima gélido y desolador ya no le parecía tan terrible.—Viniste.Los ojos de Leonardo se iluminaron y amagó una sonrisa, pero al segundo siguiente le tomó la mano y la estrechó en sus brazos.El asistente se acercó de inmediato. Aunque su paraguas era grande, resultaba estrecho para los tres, así qu
La voz de Valentina se apagó. Laia pareció comprender lo que cruzaba por su mente.—Porque a lo que más le temes es a que él ni siquiera haya ido.Al verse despojada de su última excusa, Valentina agachó la cabeza y se quedó en silencio, incapaz de articular palabra.Laia apretó los labios y, tras un largo instante, recogió los restos del desayuno de la mesa.—Vámonos, es hora de volver a trabajar.—¿Así nada más? —preguntó Valentina, mirándola con asombro.Creyó que Laia le diría algo más. Por ejemplo, que le reprocharía su actitud cobarde y egoísta por no pensar en los demás, o tal vez que intentaría consolarla un poco.Laia la miró fijamente a los ojos y esbozó una leve sonrisa.—No necesitas que los demás juzguen tus asuntos. Yo no puedo aliviar tu sentimiento de culpa, ni tampoco puedo empujarte a tomar una decisión que solo te corresponde a ti. Si de verdad creyeras que él no iba a ir, no estarías tan angustiada. Y si de verdad no quisieras ir, tampoco le darías tantas vueltas a







