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Capítulo 2

Penulis: Gabriela Olmedo
Al día siguiente, mi mamá llegó a mi oficina con la caja de la pulsera de esmeraldas que me había dejado mi abuela. Al abrirla, vi un recibo de reparación. El broche de oro tenía una marca reciente de soldadura donde lo habían tenido que reparar.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Ella evitó mirarme a los ojos.

—Vivian se la probó y se le atoró en la mano. Forzó el broche hasta romperlo.

Antes de morir, mi abuela me tomó de la mano y me dijo que quería verme usarla el día de mi boda. Nunca pudo hacerlo. La pulsera se convirtió en el último recuerdo que me dejó.

—¿Quién le dio permiso de tocarla?

—Solo quería que la viera. ¿Yo cómo iba a saber que tú tienes la muñeca tan delgada? —Sacó otra caja y me empujó una pulsera de esmeraldas completamente nueva—. Julian la compró esta mañana. Es de diseñador y costó mucho más que la original. ¿Ves? No pasó nada.

—¿De verdad crees que son lo mismo?

—Por Dios, es una simple pulsera.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué no le prestaste la tuya para que la rompiera?

El rostro de mi madre se endureció.

—Grace, solo te vas a casar, no es para tanto. ¿Por qué eres tan insoportable?

Mis compañeros de trabajo empezaron a disimular, mirándonos de reojo. Cerré la caja, sin ganas de dar un espectáculo en la oficina, pero ella me agarró del brazo.

—Vivian no pasó la evaluación de su pasantía. La sucursal de Puerto del Sur necesita una gerente de alquileres, ¿no? Habla con tu jefe y consíguele el puesto.

Se trataba de eso, claro. Pero ese era el puesto por el que yo había trabajado seis meses. La semana anterior, el director me dijo que sería mío si aceptaba mudarme a Puerto del Sur. Pero lo rechacé por la boda y porque Julian no quería una relación a distancia. Ahora pretendían entregárselo a Vivian.

—Ella estudió arte. Nunca ha trabajado en el sector comercial.

—Nadie nace sabiendo, enséñale.

—El puesto es de la empresa, no mío. Si lo quiere, que envíe su currículum.

—¡No la quieres ayudar, eso es todo! —gritó mi mamá—. Vivian no es como tú, que conseguiste un buen trabajo apenas te graduaste. A ella nada le sale bien. ¿Tanto te cuesta ayudarla?

—A mí tampoco me regalaron mi carrera.

En ese momento llegó Julian con el almuerzo. Destapó el recipiente y dejó el tenedor junto a mi mano.

—¿No dijiste que te dolía el estómago? Come algo.

Mi mamá le contó todo de inmediato. Julian escuchó en silencio, con gesto serio.

—Bueno, la verdad es que Vivian no sabe nada de alquiler comercial —dijo. Pensé que por una vez se pondría de mi lado. En cambio, añadió—: La galería de Derek Cole necesita a alguien para operaciones. Puedo presentarla.

Mi mamá quedó satisfecha.

—¿Ves? ¡Julian siempre encuentra una solución!

Lo miré.

—El mes pasado quería trabajar por mi cuenta en la galería de Derek. Me dijiste que él era muy exigente y que no pidiera favores.

—Tú ya tienes un trabajo de tiempo completo, no necesitas sobrecargarte. Vivian no tiene ingresos ahora; es una situación diferente.

—Como ella no tiene dinero, ¿sí puede pedir favores? Y como yo tengo trabajo, ¿ni siquiera merezco intentarlo?

—Son cosas muy diferentes —replicó con un tono suave, pero vi impaciencia en sus ojos—. Estoy resolviendo el problema.

Claro. Siempre resolviendo problemas, solo que, cada vez, el problema que eliminaba eran mis sentimientos.

Esa tarde, Vivian me mandó un mensaje sobre su nueva oferta de trabajo. Me contó que Julian la había acompañado personalmente a conocer a Derek y que incluso había invitado a cenar al personal de la galería. En la foto aparecían juntos, muy pegados. Julian tenía la corbata mal anudada. Reconocí ese nudo. Vivian solo sabía atar la corbata de una manera.

A las cinco y media, Julian me mandó un mensaje: "Tengo cena con unos clientes esta noche. Come, no me esperes." A las seis pasé por la galería. Él estaba agachado frente a Vivian, curándole las quemaduras que le habían hecho los tacones en los talones, con la misma crema que yo usaba siempre. Me había dicho que la guardaba en el auto, por si la necesitaba.

Vivian me vio primero y le puso la mano en el hombro a Julian.

—No vayas a pensar mal, Grace. Solo le preocupaba que llegara tarde en mi primer día.

Él se levantó.

—Tenía los pies lastimados, no podía simplemente ignorarla —dijo. Guardó la crema, como si apenas en ese momento recordara que yo estaba ahí—. ¿Todavía te duele el estómago?

Negué con la cabeza. Me había dolido toda la tarde, pero en ese momento ni siquiera tenía fuerzas para decírselo.

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