ANMELDEN—Derek no volvió a casa esa noche. Miré el techo de la habitación hasta el amanecer, los ojos ardientes de contener el llanto. Cada crujido del suelo en el pasillo me hacía albergar esperanza: quizá había vuelto, quizá recordaba su promesa. Pero no, no regresó.
Ya sabía dónde estaba: en los brazos de Anita, la ropa interior mojada sobre el escritorio, el mensaje en mitad de la noche. Todas las pistas apuntaban a la misma conclusión: fui una tonta por creerle una vez más. A las siete de la mañana, por fin me levanté. Mi cuerpo pesaba como si mil piedras me oprimieran. Me duché con agua caliente, intentando lavar la vergüenza y el dolor que se adherían a mi piel. Frente al espejo, observé mi cuerpo regordete: los pliegues del vientre, los muslos anchos, los brazos gruesos. Giré, me evalué desde todos los ángulos, y las lágrimas volvieron a caer. Es mi culpa. Si fuera delgada, si fuera tan hermosa como Anita, Derek no se habría ido. No habría buscado placer en otra mujer. Tomé la toalla, me sequé el cuerpo con brusquedad y me puse un sencillo vestido de casa color gris, el color que reflejaba mi corazón. En el comedor, la larga mesa de ébano ya estaba dispuesta para el desayuno: croissants calientes, mermelada de fresa casera, frutas frescas y café negro con un aroma penetrante. Los sirvientes se movían en silencio, sirviendo jugo de naranja en las copas. Nathaniel ya estaba sentado al final de la mesa. Traje negro, corbata plateada, el cabello perfectamente peinado. Leía el periódico financiero, su rostro impasible, sin expresión, sin emoción. Me senté frente a él, en el lugar que solía ocupar. Intenté sonreír, formar una pequeña curva en mis labios. Pero la sonrisa se rompió antes de completarse. Las lágrimas simplemente brotaron. Bajé la cabeza, cubriéndome el rostro con ambas manos, los hombros sacudidos por el sollozo. Nathaniel no se movió. Me miró en silencio detrás de sus gafas. —Lo siento —sollocé, mi voz entrecortada por el llanto—. No puedo contenerlo. Derek no volvió anoche. Se fue con Anita. Lo sé porque vi su nombre en su teléfono. Nathaniel bajó el periódico. Sus ojos me miraron sin parpadear. —Pero yo tengo la culpa —continué, secándome las mejillas con la mano—. Si mi cuerpo no fuera así, si fuera delgada y esbelta como Anita, quizá no se habría ido. Quizá aún me amaría. Lo he intentado todo: dietas, ejercicio, pastillas para adelgazar... pero mi cuerpo sigue igual. No puedo cambiar, no puedo ser lo suficientemente buena para tu hijo. Sollocé con más fuerza, el pecho oprimido. —Ya no puedo más. No puedo seguir con este matrimonio. Estoy cansada de que me traten como basura. Cansada de que me amen solo cuando necesitan algo. Cansada de ser el hazmerreír en la oficina, en casa, en todas partes. Yo... Me detuve. ¿Para qué contarle todo esto? Él es el padre de Derek, siempre defenderá a su hijo. Por mucho que me queje, por mucho que Derek me lastime, al final la sangre es más espesa que las lágrimas. Miré a Nathaniel con los ojos hinchados, preparada para escuchar la defensa de Derek. Pero Nathaniel no habló. Solo me miró y, lentamente, se levantó de su silla. Su chaqueta negra cayó con pulcritud, sus manos ajustaron su corbata. Sus pasos eran silenciosos sobre la gruesa alfombra mientras rodeaba la mesa y se acercaba a mí. Lo miré desconcertada. —Derek no volvió, lo sé. Vi su coche estacionado en el apartamento de Anita hasta las tres de la madrugada. Tragué saliva. —¿Lo sabías? —Siempre lo sé todo, Seraphina —se detuvo justo a mi lado, mirándome desde arriba—. Pero te equivocas en una cosa. No fue tu cuerpo lo que alejó a Derek. Derek se fue porque es un cobarde que nunca ha sido lo suficientemente maduro para valorar lo que tiene. No es tu culpa. Las lágrimas volvieron a brotar. —Pero... —No hay pero —sus dedos fornidos se alzaron, tocaron mi barbilla, levantando mi rostro para que lo mirara—. Hoy hay una reunión de la junta directiva a las diez. Eres mi secretaria y debes prepararte. Reí con amargura. —¿Para qué? ¿Para qué arreglarme, maquillarme, ir a la oficina y escuchar los susurros de los empleados que insultan mi cuerpo, solo para seguir siendo el blanco de burlas? ¿Para qué trabajar si mi propio esposo no me considera digna? Miré a Nathaniel con los ojos llenos de desesperación. —Tú nunca lo entenderás. Porque nunca has sido la persona que recibe insultos todos los días por su cuerpo. Nunca has sido alguien cuyo esposo prefiere a otra porque eres demasiado gorda. Tú... Me detuve. Las palabras se me atascaron. Nathaniel seguía mirándome. —¿Crees que no lo entiendo? He vigilado a mi hijo durante años. Conozco cada una de sus mentiras, cada una de sus traiciones, y ya he preparado todo para destruirlo si te lastimaba. Abrí los ojos con incredulidad. —¿Qué? Nathaniel se inclinó, su rostro acercándose al mío, nuestros alientos se encontraban, nuestros labios a solo unos centímetros. Podía sentir el calor de su cuerpo fornido. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podía oírlo. —Hay algo que aún no sabes. No te ofrecí ser mi secretaria para ayudarte a vigilar a Derek. Te lo ofrecí porque quería tenerte cerca. Me sobresalté. —¿Suegro? —Llámame papi —me interrumpió, sus dedos se deslizaron de mi barbilla a mi mejilla, secando las lágrimas aún húmedas. Tragué saliva, mi cuerpo temblaba. —Esto es una locura. Eres mi suegro. —Y Derek es tu esposo, el que te traiciona. Ya tengo todo preparado: pruebas de malversación de fondos, grabaciones de la infidelidad y los papeles del divorcio con una cláusula que te otorga el setenta por ciento de los bienes. —¿Por qué haces todo esto por mí? —pregunté. —Desde el primer día que entraste a esta casa con tu vestido blanco el día de tu boda, supe que había cometido un gran error al dejar que Derek se casara contigo. Se acercó más. Retrocedí lentamente, mi espalda chocó contra la pared. Nathaniel me encerró con ambos brazos, atrapándome entre su cuerpo fornido y la fría pared. —¿Tienes miedo? —preguntó. —Esto está mal. —Déjalo estar mal —su rostro se acercó, sus labios casi rozando mi oído—. Mereces a un hombre que te trate como una reina, y yo te daré eso, junto con la caída de Derek. Seguí en silencio, el corazón latiéndome con fuerza. —Solo necesito una palabra de tu boca. Di que sí, y Derek lo perderá todo. Lo miré, dispuesto a destruir a su propio hijo por mí. —Sí. Nathaniel sonrió. Su mano tomó la mía, apretándola con firmeza. —Destruyamos a Derek —dijo. Apreté sus dedos con fuerza. —Pero... ¿por qué? ¿Por qué quieres destruir a tu propio hijo? —pregunté. Nathaniel me miró fijamente, sus ojos grises brillaron con una intensidad que nunca antes había visto. —Porque él te tiene a ti, y nunca supo lo que valías. Porque te vio como un objeto, como un accesorio, como algo desechable. Y yo... —hizo una pausa, su pulgar acariciando el dorso de mi mano— yo te he visto como eres desde el primer día. Fuerte, hermosa y mucho más de lo que él merece. Me quedé sin aliento. —Pero es tu sangre. —La sangre no lo es todo, Seraphina. A veces, la sangre solo te recuerda quién te traicionó. Y yo estoy cansado de proteger a un hijo que no merece mi apellido. Sus dedos se enredaron con los míos, su mirada se clavó en la mía. —Derek no es mi único heredero. El testamento se puede cambiar. Y si estás conmigo, no solo tendrás justicia, tendrás todo lo que él siempre temió perder. Mis labios temblaron. —No sé si pueda hacer esto. —No tienes que hacer nada, solo quédate a mi lado. Y deja que yo me encargue del resto. Apreté su mano con más fuerza. —¿Y después? Nathaniel sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. —Después... el mundo es nuestro.Nuestra boda no se celebró con prisa.Pasamos por un periodo de cortejo nuevamente, aprendiendo a conocernos como dos personas que habían crecido y cambiado.Nathaniel empezó a asistir a sesiones de consejería de pareja conmigo, no porque estuviéramos enfrentando una gran discusión, sino porque queríamos asegurarnos de que nuestra decisión estuviera construida sobre una comunicación sana y confianza.También hablamos del pasado con honestidad.Nathaniel no me obligó a mudarme a Londres. En cambio, estuvo dispuesto a dividir su tiempo entre Londres y Boston hasta que encontráramos el mejor arreglo para nuestra familia.Tampoco me pidió que dejara mi trabajo ni mi propia vida.Seguí siendo yo misma.Y él aprendió a amar a la mujer que ahora estaba frente a él, no simplemente recordando a la mujer con la que se había casado años atrás.Seis meses después de que Nathaniel se recuperara por completo, me invitó a cenar a un pequeño restaurante con vistas al río Támesis.El lugar era sencill
Una semana después, el médico permitió que Nathaniel recibiera más visitas.Vine con Louis por la mañana.Nathaniel estaba sentado reclinado en la cama cuando entramos en la habitación. Su cara ya no estaba tan pálida como antes, aunque todavía se veía cansado.—¡Papá!Louis corrió hacia él, luego se detuvo antes de abrazarlo con cuidado.Nathaniel se rio suavemente.—Viniste otra vez, pequeño campeón.—¡Vengo todos los días!—En ese caso, tengo que mejorar rápido para poder sacarte a pasear.Louis asintió con entusiasmo.Dejé la bolsa en la silla, luego ayudé a Nathaniel a arreglar su almohada.—Te ves mejor.Nathaniel me miró. —Me siento mejor.—El médico dijo que todavía tienes que descansar.—Lo sé.—No seas terco.Sonrió.—Sigues igual.Levanté una ceja. —Y a ti todavía te gusta ignorar los consejos de los demás.Nathaniel se rio suavemente, luego hizo una mueca porque el movimiento le dolió en el cuerpo.Inmediatamente lo miré con preocupación.—¿Estás bien?—Bien. Solo un poco
POV de Sera—Gracias.La voz de Nathaniel sonaba tan débil que apenas podía oírla.Apreté su mano con más fuerza, temiendo que si la soltaba, desapareciera de mi vista otra vez.—No me des las gracias. Necesitas descansar.Nathaniel me miró con ojos todavía apagados. Intentó mover la cabeza, pero inmediatamente hizo una mueca de dolor.—¡No te muevas! —grité, presa del pánico.Sonrió levemente. —Todavía te gusta regañarme.Me quedé en silencio.Incluso después de un accidente que casi le quitó la vida, Nathaniel todavía tenía tiempo para hacer una broma.Mis lágrimas volvieron a fluir.—¡Casi haces que te perdiéramos! ¿Sabes lo asustada que estaba cuando recibí esa llamada? Ni siquiera podía pensar con claridad. Solo quería llegar aquí de inmediato.La sonrisa de Nathaniel desapareció lentamente.—Sera...—No me importa lo que pasó entre nosotros todo este tiempo. No me importa nuestro pasado. Solo no quiero que Louis pierda a su padre.Me quedé en silencio, dándome cuenta de lo emoci
POV de Sera Entré a la casa con pasos temblorosos. Louis estaba sentado en la sala, jugando con sus bloques de madera, acompañado por Eleanor que leía un libro de cuentos. Se giró cuando entré, y su sonrisa se desvaneció de inmediato al ver mi cara. —¿Mamá? ¿Por qué? —preguntó, poniéndose de pie y corriendo hacia mí. Me arrodillé, abrazándolo con fuerza. —Louis, cariño, tenemos que ir a Londres. —¿Londres? ¿Ahora? —Sí. Tu padre está enfermo. Está en el hospital. Los ojos de Louis se abrieron de par en par. —¿Está enfermo? ¿Por qué? —Tuvo un accidente. Tenemos que visitarlo. Louis me miró durante un largo rato, luego asintió lentamente. —Quiero verlo. Le besé la frente, conteniendo las lágrimas. —Vamos, hagamos tus maletas. Dos horas después, estábamos en el avión. Louis se sentó a mi lado, con la cara pegada a la ventana. Miré a Louis y mi corazón se destrozó. Solo tenía siete años. Acababa de conocer a su padre y ahora tenía que enfrentar la posibilidad de que su
POV de SeraLa llegada de Derek fue realmente más allá de mis expectativas.Estaba sentada en el porche de la casa de papá, disfrutando del té matutino, cuando un coche se detuvo frente a la puerta. Levanté la cabeza, frunciendo el ceño. ¿Quién vendría tan temprano?La puerta del coche se abrió y una figura salió. Jadeé.Derek.Mi exmarido. El hombre que una vez destruyó mi vida. El hombre que una vez fue infiel, que una vez me hirió, que una vez me hizo sentir sin valor.Caminó hacia mí con pasos cuidadosos, todavía un poco rígido, pero mucho mejor que la última vez que lo vi. Sonrió levemente, una sonrisa frágil, una sonrisa llena de algo que no podía explicar.—Sera —dijo.—Derek.Se detuvo frente a los escalones del porche, sin atreverse a subir sin mi permiso. —¿Puedo hablar?Dudé un momento, luego asentí. —Siéntate.Subió al porche con cuidado, luego se sentó en la silla frente a mí. Nos quedamos en un silencio incómodo, sin saber qué decir.—Te ves bien —dijo.—Gracias. Tú tamb
POV de SeraPasaron seis meses desde el primer encuentro entre Louis y Nathaniel.Al principio, pensé que su relación sería incómoda. Después de todo, Louis acababa de conocer a Nathaniel, mientras que Nathaniel tenía que recuperar el tiempo perdido durante cuatro años de la vida de su hijo.Sin embargo, me equivoqué.Nathaniel realmente lo intentó.Llamaba a Louis cada domingo por la noche, a veces leyéndole un cuento antes de dormir, a veces escuchando a mi hijo hablar largo y tendido sobre sus amigos de la escuela. Incluso empezó a memorizar los nombres de todos los amigos de Louis, aunque yo misma a veces tenía problemas para recordarlos.Cada pocas semanas, Nathaniel venía a Boston para pasar tiempo con su hijo.Ya no traía regalos caros cada vez que visitaba. Después de ver varias veces que Louis estaba más interesado en jugar a la pelota que en abrir cajas de regalos, Nathaniel finalmente entendió que mi hijo no necesitaba artículos de lujo.Louis solo necesitaba su tiempo y Na







