INICIAR SESIÓNDonald, el guardaespalda y mano derecha de Jefferson Smith, con su cabello rapado, gran estatura y dura mirada, observaba a Lenis desde un vehículo color negro con matrícula del estado.
Colocó su teléfono celular en el tablero central del carro y tecleó su pantalla para hacer una llamada.
—Dame buenas noticias —escuchó a través del speaker.
—Tío, tengo a la señorita Evans localizada, pero no se encuentra sola.
—¿Con quién está?
—Con Tyler Clement.
—¿Aún con ese guardaspalda de pacotilla?
—Afirmativo.
Se escuchó un largo suspiro.
—Déjalos —dijo Jefferson—. Aplicaremos el plan B.
—Como desee.
La llamada se cortó.
***
George llegó al restaurante, donde ya se encontraban Peter y Maximiliano en una de las mesas del centro.
El maître saludó al abogado, mientras una dama ofrecía acomodarle la chaqueta de traje en un perchero, a lo que George se negó, alegando que sería un almuerzo rápido.
—Pensábamos que no llegarías —dijo Peter un poco molesto.
George y Maximiliano se miraron.
El primero, con una cota de locura implantada en su cerebro. El segundo, intentando descifrar por qué su amigo quería medio matarlo con sus ojos.
—¿Qué te pasa? —preguntó Max. Ya los tres jefes se encontraban sentados en la mesa.
El mesonero llegó, tomó las órdenes y se retiró. Aun así, George no dejó de atravesar a Max con la mirada.
El CEO le hizo la misma pregunta anterior, pero de forma silenciosa, solo geticulando con mano, cara y hombros.
El abogado pasó la lengua por sus dientes. Peter comenzaría a hablar sobre el asunto por el cual los citó a ellos, pero notó de inmediato la tensión que había en el ambiente.
George esperó que una orden de bebidas llegara a la mesa, así que tomó su vaso de cerveza y le dio un buen trago primero, matando la amenazadora sed y calmando rabias también.
Entonces, se enderezó, aunque bien recostado en el espaldar de su silla, y encaró a Maximiliano.
—¿Por qué lo hiciste?
Peter arrugó la cara y miró a Max, alzando las cejas hasta el tope del cabello justo al verle la expresión de acierto y camuflada sorpresa.
El agente no sabía de qué hablaba George, pero se podía dar una idea muy cercana a la verdad.
Luego, miró a George, quien esperaba la respuesta.
Maximiliano parecía estar sonriendo, pero muy parecido a un feo dibujo sobre un agreste lienzo. Lanzó una especie de risa que sobre la bulla del lugar, los otros dos pudieron escuchar, mirando el mantel y negando con la cabeza un par de veces.
—Ella te lo contó… —susurró como para sí mismo, pero George lo escuchó.
—¿Me vas a responder? —preguntó George.
El CEO elevó el rostro, dirigiéndolo a su abogado.
—No. No te voy a responder —zanjó Max, contundente.
Peter bufó y la tensión se congeló cuando los platos llegaron a la mesa.
Comenzaron a comer en un silencio sepulcral, que Peter prefirió dejar correr antes de emitir cualquier palabra.
—Aprovecharé que estamos los tres, tenemos que hablar. —El agente limpió su boca con una servilleta de tela para continuar—. Como siempre prefiero cenar en casa que en estos lugares tan llenos de gente, hablaré rápido para poder comer e irme de este sitio.
El comentario aflojó un poco la tensa cuerda que sostenían George y Max, ya que a ellos siempre les causaba gracia la hostilidad que Peter sentía ante los lugares públicos y por la gente en general.
—¿Vas a ir a la fiesta de mamá? —le preguntó el CEO a Peter.
—No como tú deseas que vaya —respondió el agente, señalándo.
George masticó un poco de la carne que había pedido, mirándolos.
—Mejor zanja el tema por el cual nos convocaste, Peter —dijo el abogado—. No vaya a ser que Max vuelta a hacerte otra de sus preguntas. —Sonrió con burla, sin dejar de comer y beber.
Maximiliano masticó también de su risotto sin decir una sola palabra.
—Le he propuesto a George llevarse a Lenis de viaje por un tiempo —anunció Peter, mirando a Maximiliano. Luego miró al abogado—. ¿Se lo mencionaste a Lenis?
—Sí. Dijo que hablaríamos sobre eso después de la fiesta.
Max había dejado de comer y preguntó:
—¿Y por qué ese viaje?
—Por precausión —explicó Peter—. Las cosas no están bien. Jefferson no ha hecho nada, ningún tipo de movimiento, sabiendo que lo buscan por asesinato. Pensamos que se escaqueará y puede arremeter en contra de Lenis y de George.
»Quiero sacarlos del panorama hasta que le toque a Lenis declarar. Además, tenemos al contratista y la desaparición de su hija, este tema en específico es algo muy delicado. Este señor es un sujeto de temperamento muy voluble, como pude investigar. Además, actualmente atraviesa una situación endeble y dolorosa que puede terminar afectando a Lenis colateralmente.
—Pero el señor Lugano los contrató a ustedes para investigar la muerte de su hija —acotó Max.
—Sí, pero no sabemos si le guste enterarse que mi agencia te tiene a ti y George de clientes. Tú eres el jefe de Lenis Evans, siendo Lisa Diaz también, ex esposa de Smith e hijastra de un estafador. Y tú —miró a George—, su abogado. Cambiará de agentes y quien sea que trabaje para el señor Lugano, le proporcionará los datos que nosotros no queremos darle todavía. —Max asintió, no muy convencido, porque ya sabía lo que Peter diría a continuación—. Te buscaremos otra secretria temporal, Max. Lenis tendrá que entrenará. Y tranquilo, no será por mucho tiempo.
El CEO negó con la cabeza y recostó su cuerpo en el espaldar de su silla.
George no le quitaba ojos de encima. Max lo notó y se dio inicio nuevamente al duelo de miradas que se había quebrado por el discurso de Peter.
El CEO entonces, mirando a George, le preguntó a Peter:
—¿Estás seguro que la idea del viaje no fue de George?
El abogado se echó a reír.
Peter casi pone los ojos en blanco.
—No responderé a eso. —El agente decidió desviar el tema—. Por cierto, Lenis quiere encontrar a Turgut.
Max miró a Peter de súbito.
—¿Perdón?
Peter asintió.
George siguió comiendo, escuchando y observando.
—Quiere encontrar a su madre y no soy quién para impedírselo —contó el agente, comiendo también.
Max quedó sin saber bien qué decir. Ninguno dijo nada por varios minutos.
—¿No les parece extraño? —pregunto el empresario.
George se limpió la boca con la servilleta de tela.
—¿Eso te parece extraño? —le preguntó el abogado.
—Señores —interrumpió Peter—, no sé qué m****a pasó entre ustedes, pero debemos cuadrar bien cuándo empezará la acción con Lenis. La puse bastante en contexto con lo que sabemos…
—¿Ella sabe con qué cargos, las autoridades están buscando a Jefferson? —indagó Max.
—Negativo —respondió el agente.
—No quiero que lo sepa todavía —aportó George.
—Lenis debe decidir qué paso dar a continuación —dijo Peter—. Ella tiene varias ideas, así que le propondré aprovechar el viaje para comenzar.
—¿Para comenzar qué? —preguntó George—. ¿Cuáles fueron las ideas que ella te propuso para encontrar a su madre… o a Turgut?
Por segunda vez, Max despegó su mirada del abogado para anclarla en Peter, igualmente interesado en la respuesta.
—Ella me informó de una posible vivienda que Turgut podría tener en Ankara…
—¿Ankara? ¿Ankara, Turquía? —preguntó Max, un poco sorprendido.
—Sí —respondió Peter—. No la tenemos registrada porque no fue embargada tras la investigación por timo. Sabemos que él no podría esconderse allá, porque también es buscado por las autoridades turcas. Eso significaría salir de una boca de lobo para meterse en otra. Pero Lenis piensa que él aún conserva la propiedad. Ella cree que puede llegar hasta allí y tal vez obtener algo que le indique donde buscar.
George miró a Peter, congelado.
—¿Pondrás a Lenis a perseguir, literalmente, a su padrastro… en Turquía?
—A su padrastro, no. A su madre —corrigió Peter.
—No. Negativo —dijo el abogado, dejando a un lado de su plato la servilleta de tela—. Te volviste loco, Peter.
—No lo estoy diciendo yo, eso lo que ella quiere —aclaró el agente—. No somos nadie para impedírselo, Miller.
—Lenis puede creerse invencible, pero no lo es. Es un ser humano y puede darse durísimo contra una pared, sin contar el peligro. —Ambos jefes miraban fijamente al abogado—. Ella es mi mujer. No voy a permitir ese plan por nada de este mundo.
Se hizo de nuevo el silencio en esa mesa.
—Sé que queremos lo mismo que ella —continuó George—, ¿pero a cambio de qué? ¿De la muerte de uno de nosotros?
—¿Qué estás diciendo, George? —Peter intentó hacerlo razonar—. Si no aprovechamos que ella nos pondrá un poco el camino fácil para acceder a información privilegiada, no llegaremos nunca a nada. ¡Nunca! Eso lo sabes tú…
—No, no, negativo…
—Tenemos todas las herramientas, tenemos los equipos y aun así, no hemos logrado nada. Si quieres hablar de alguien invencible, estoy por creer que ese tipo lo es. —George se echó a reír sin nada que le causara gracia, mientras Max restregaba sus párpados—. Si no actuamos ya, estamos jodidos. ¿Y Jefferson? Ese imbécil no dirá nada por mucho que lo obliguemos, porque es más fácil para él sufrir cualquier tortura, a que lo den por culpable de algo que comprometa su jodido puesto de trabajo.
Max observaba aquel discurso de Peter, con la sangre corriendo veloz por las venas. Y cuando giró su rostro hacia George, pudo alinear sus pensamientos con sus muecas y con su desagrado por la situación.
—No descartamos la posibilidad de que estando preso, el tipo cante —continuó Peter, hablando sobre Jefferson—, pero vuelvo y repito, como en otras ocasiones: ya definimos que no es bueno revelar nuestro deseo de traer al exiliado de vuelta a este páis. Un interrogatorio hacia Jefferson, sin tener nosotros la delantera, lo revelaría. Eso no nos conviene. No tenemos más opción que Lenis. Nos cayó del cielo y aún no hemos hecho nada con ella. —George miraba a la nada, pero sin dejar de prestar atención—. Déjame decirte algo, George. El enterarnos que Turgut tenía una propiedad por fuera de nuestra investigación, ya es un avance. ¿Y cómo obtuvimos esa información? Gracias a Lisa Díaz, nada más y nada menos. Debes confiar en su fortaleza y en mis habilidades para cuidarla. Ella logró escapar de un matrimonio abusivo con la ayuda de un informático, inexperto en defensa personal, confiando en uno de los hombres con el mayor y más directo parentesco con Ferit.
»Se cambió el nombre, el color de cabello, consiguió salir adelante y fue sincera la mayor parte del tiempo… ¿Cómo es que ella no podrá ayudar? ¡Es perfecta! —Peter se cayó para tragar un poco de saliva que le ayudara a aclarse la voz—. Lo entienden, ¿no? Entonces, pongámosle fecha a esta operación ya mismo.
George no quería admitirlo, pero Peter tenía toda la razón. Lenis era una opción de oro y la agencia del rubio era profesional, una de las mejores.
Max tragó de su bebida e intervino:
—Primero el viaje, luego la audiencia con Jefferson, después Turquía… ¿Ese es el orden?
Peter lo miró.
—Quiero que ella hable primero con su tía, luego el viaje, después la audiencia, por lo que tiene que regresar…, después Turquía. ¿George? —Se giró hacia él.
El abogado suspiró, moviendo su quijada.
—¿Cómo sabemos que “la tía Carmen” hablará? ¿Necesitamos plata para eso? —preguntó George, haciendo un gesto con sus dedos que describían el dinero.
A lo que Peter respondió:
—No. Aunque parezca increíble, no necesitaremos dinero. La tía Carmen no hablará, a menos que Lenis le enseñe un documento que tú, mi querido Miller, harás realidad.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







