INICIAR SESIÓNUna semana antes.
«El espejo no miente», decía la mente de Lenis por sí sola, con vida propia, mirándose.
La secretaria acababa de darse una ducha y con un albornoz grueso color blanco puesto, peinaba su cabello mojado, echándoselo para atrás.
«El espejo no miente», volvía a decirse. Debía pintarse el cabello, empezaban a notarse las raíces de su naturaleza rubia. A pesar de haberse descubierto, el miedo seguía latente. No podía dejar que el cabello de antes regresara a perturbarle su paz. No podía permitir que lo de antes regresara y succionara esa paz que ya, alguna vez, había dado por perdida.
La discusión con George sobre no ir a trabajar continuó en la cena. Él estaba determinado a imponerle cosas y mandatos que ella luchaba por comprender, pero no podía adaptarse meramente. Sabiendo que se encontraría con Peter y tal vez con un poco de paciencia lograría armar seguridad a su alrededor con su ayuda, en el fondo de su ser, el anhelo más grande era hacer las cosas por sí misma.
Recordó a Sias y un nudo en la garganta la apretó. Aquello trajo consigo las memorias del día que lo conoció y supo que era el hijo consanguíneo de su padrastro. Sias era un sujeto bien parecido, que se aprovechaba de aquello para mantener a raya su verdad, representando un lujo a través de una pantalla snob sin precedentes, mientras, por dentro, guardaba una increíble personalidad, justa, consciente y protectora.
Recordaba como si fuese ayer —así como su muerte—, la noche que Sias le dijo: “te ayudaré, sola no podrás hacerlo”. Y precisamente por eso lo recordaba, más allá de su deceso: querer hacer las cosas por sí misma le hacía rememorar que antes, sola, no lo lograría. Deseaba ser ella misma su propia abogada, su propio chaleco antibalas, también su consejera personal, su propia vía de escape y su estratega de profesión.
Ya era miércoles, un día antes de las celebraciones de junta en el consorcio. Estaba segura que si el señor Bastidas conseguía quién le ayudase con las reuniones, ella perdería su trabajo. Pero, ¿por qué se quedaría tranquila sin luchar por conservar su empleo? ¿A caso ya no había escapado de aquella oscuridad del universo?
Tomó con sus dedos el reloj de muñeca que se colocaría dentro de unos minutos para ver la hora. Eran las 06:00 de la mañana. Desde las 05:00 estaba despierta organizando todo. No había escuchado ruido en el apartamento. Estaba esperando también eso, conocerle las horas de sueño al dueño, para determinar si podía irse a trabajar ese día o no.
Al cabo de un rato, se colocó su atuendo de oficina. Ese día de labores pensaba irse sencilla, con una falda negra pagada al cuerpo que cubría apenas sus rodillas, zapatos negros de tacón alto, camisa de mangas tres cuarta color blanco perla, su habitual recogido de cabello, dejando algunos rulos sueltos, y su perfume preferido, que no podía faltar.
Salió de la habitación discretamente, estando muy segura que el dueño de aquel departamento no se había despertado. Ya eran casi las 06:15 AM.
Y le pareció extraño, la verdad. Vislumbraba a George J. Miller un sujeto madrugador. Lo conoció una mañana, ella acudió a su oficina una mañana también. «¿A qué hora se despierta para ir a trabajar?», se preguntó.
El sol apenas estaba saliendo cuando abrió la puerta de la recámara de invitados. La cerró con cuidado de no generar ruido y miró la puerta de la habitación de él.
Se permitió por unos segundos soñar que era esa puerta blanca la que cerraba, que de esa habitación salía, que trancaba la madera con tiento para no despertarle, para dejarle dormir un poco más porque tal vez se lo merecía. No lo conocía sin sus prendas y era obvio que aquello era un deseo muy reciente, pero su mente ya le hacía la jugarreta y lograba dibujarlo con líneas candentes y llenas de sudor.
Suspiró y negó con la cabeza junto a una mordida de carrillo y labios, todo a la vez. No se equivocaba: verse suspirando por un hombre la hacía sentirse más enloquecida y muy dentro de sí se creía incapaz de seguir adelante en estos temas. Lenis pensaba que no importaban cuántas bocas besara, o las de quién, se sentía bien hundida. Según su criterio, había que ser bien fuertes para lograr salir de ese arenero.
Siguió de largo por el pasillo de habitaciones, se preparó un desayuno rápido y ligero que guardó en una bolsa hermética, un zumo de naranja en un vaso de metal con tapa, tomó su bolso, retocó su maquillaje, dejó una nota donde explicaba brevemente dónde estaría (si no lo hacía, se culparía por portarse mal, como niña) y salió por fin del apartamento, sintiendo el triunfo bañarle el ánimo.
Aún iba bien de tiempo y no hubo problemas con el dueño…
—Buenos días.
Lenis se quedó paralizada y le dio la espalda a la puerta, lentamente, para ver quién la había saludado.
La sonrisa congelada y los ojos secos por la brisa entrando en ellos… Peter Embert estaba de pie frente a ella en su gran altura, teniendo Lenis que mirar un poco hacia arriba a pesar de los tacones. Las cejas levantadas de él parecían ser reprobatorias, como siempre la había mirado.
Pero después él sonrió, dándole a entender que bromeaba. Lenis puso los ojos como bandejas de plata, jamás lo había visto sonreír.
—¿Siempre has sido madrugadora? —preguntó el agente, mirando su reloj.
—Pues… —Lenis se sentía un poco desconcertada, ddaba que ese de allí fuese el cascarrabias del jefe de seguridad del consorcio donde ella trabajaba—, sí —pudo articular—, suelo salir bien temprano y ahora más, ya que estoy lejos de la oficina. —Lenis hablaba en voz baja, no quería que Miller se diera cuenta de nada.
—¿Y te vas a trabajar sin antes hablar conmigo? —Él resopló y exhaló bastante aire—. Vine a eso, debemos cuadrar cómo serán las cosas de ahora en adelante.
Ahora, quien miraba su reloj era ella.
—Claro, señor Embert, podemos hablar de todo lo que usted desee, pero llegaré tarde a trabajar…
—Llámame Peter. —Ella arrugó la cara—. Max no me informó que irías hoy. Tengo entendido que no sería así. Además, pensé que George te había avisado que nos encontraríamos aquí.
Lo cierto es que ella le había pedido al abogado convocar a Peter. No era que no lo recordase, simplemente no sabía que al final, George había cumplido con su petición.
—George no me ha dicho nada. —Ella miró la puerta—. Le escribiré que ya hablamos y que pronto me reuniré con usted…
—No, él sabe que estoy aquí.
Ella mantuvo sus cejas fruncidas.
—¿Ah sí? —Volvió a mirar el apartamento—. Bueno, yo… —«No sabía que ya estaba despierto», se dijo ella mentalmente. «¿Me habrá escuchado?»
—Yo te llevo. Hablamos en el camino —dijo el recién llegado.
Lenis tenía una tarea pendiente con Peter: darle las gracias por lo que hizo por ella. Sin embargo, sintió incomodidad cuando le tocó aceptar el aventón al trabajo.
Asintió y se dirigieron al estacionamiento.
Desde el ascensor hasta que arrancaron dentro del vehículo, Peter no dejó de mirar los alrededores, siempre alerta; algo que ella ya había visto, pero nunca para cuidarla. Sintió aquello muy extraño. A pesar de todo lo que había sucedido, no se sentía digna de tales cuidados.
En el camino, hubo un momento de silencio, pero el trayecto era largo, así que ella lo aprovechó.
—Quiero agradecerle por lo que hizo por mí, señor Embert.
Él no despegó su mirada del camino. Solo hizo una mueca que indicaba disminuir las gracias, que no eran necesarias...
—Llámame Peter —reiteró.
—Cuando desperté, pensé que estaba en su casa —le dijo ella, pasando de largo la petición de tuteo.
Ahí fue cuando él la miró, pero tan solo por un segundo.
—¿Por qué pensaste eso?
—Porque solo lo recuerdo a usted. —Silencio… y una exhalación que ella intentó no fuese escuchada—. Gracias de nuevo.
Peter superaba reveses de vida demasiado fácil. Su tenacidad, entrenamiento y manera de ser, le habían hecho un tipo duro, capaz de sobrevivir a cualquier situación, bien sea física o emocional, pero por alguna razón no podía olvidar el rostro de Lenis debajo del cuerpo inerte de Carl. La mirada más sufrida, más enloquecida y cansada, más fuera de sí —pero aun así— determinada que había visto en su vida, fue la de esa mujer ese día, quien acababa de defenderse con uñas y dientes, disparando un arma a matar, sin contemplación, pero con el terror clavado en todo su ser.
«¿Cómo olvidar algo así?», se preguntaba él.
Peter sintió desde entonces que la empatía por ella podría ser infinita. Además, el tema de ser quien era él, quien era ella, toda la historia que aún ella desconocía, añadía peso a sus ganas de protegerla. Sintió terrible el haber desconfiado tanto al principio, de haber sido rudo con ella a tal punto de provocar su desagrado para con él, algo que Max le había mencionado que ella sentía.
—George estaba conmigo, yo lo llamé…
—Sí, ya me contó. He intentado recordarlo, pero no lo logro. Tengo la noción de haber sentido a otra persona… Obviamente ya sé que era él.
—Bien. Entonces, sabes perfectamente que tu vida sigue en peligro. Ya no me encargo de llevar o traer a nadie, pero haré una excepción. No seré tu chofer, seré tu guardaespaldas…
—¿Cómo dice? —preguntó ella, alarmada.
«Aquí vamos», se dijo Peter a sí mismo. George le había advertido que no sería fácil que ella aceptara algo así.
—Primero, llámame por mi nombre, soy Peter. Segundo, prefiero ser yo mismo quien te lleve o te traiga.
—No, imposible… No.
—¿Cuál es el problema? Lo que sucedió no fueron tres tonterías, Lenis. Sabes de lo que él puede ser capaz y pronto emitirás una demanda en su contra. Tendrás seguridad a la mano sí o sí.
—¿Por qué el dueño de una empresa de seguridad me cuidaría «a mí?» Está bien, agradezco enormemente toda la ayuda, ¿pero quién soy yo? No soy la única mujer, ni la primera ni la última que ha vivido algo así. ¿Qué me hace diferente? ¿Que me conoces, que soy la secretaria de tu cliente? Si esto es obra del señor Bastidas, hablaré con él, me parece exagerado. Estaría bien tener un número de teléfono por si algo sucede. O tal vez, me enseñe alguna técnica de aviso inmediato…, o guardo su número en llamadas de emergencia, o me da la dirección de a dónde podría dirigirme en caso de sufrir algún altercado…
—¿A caso no tienes miedo? —le interrumpió, sintiendo bastante molestia—. ¿Por qué no le temes a ese desgraciado de Smith? ¿A caso no sabes a qué se decida? ¿Con qué tipo de personas trabaja? ¿No fue de él que escapaste y te cambiaste el nombre, «Lisa»? —enfatizó el nombre—. ¿No temes que esta vez él pueda «ganar»? —Hizo una pausa—. Te quitará la vida, te dejará lanzada en unas alcantarillas como trapo viejo y seguirá golpeando y amenazando a cuánta mujer tenga de frente como si nada hubiese sucedido, ¿es eso lo que quieres? —Peter se había detenido a un lado de la carretera—. ¿Ah, Lenis? ¿Eso es lo que quieres que te pase? ¿Quieres que te llamen Lisa de nuevo? —Miró su cabello. Ella lo había ocultado de alguna forma, pero ya se le veían las raíces—. Ahí tienes esa realidad tuya saliendo, brotando… Tu cabello rubio, eso no podrás esconderlo por mucho tiempo. ¿Qué quieres? ¿Por qué eres tan terca y no dejas que haga mi trabajo?
Lenis tenía los dientes apretados, los puños, la garganta, sentía ganas de meterse en una gaveta oscura, cerrar los ojos allí dentro, hacer respiraciones repetidas y volver a salir como nueva.
Peter miró hacia abajo, hacia el regazo de la mujer. Notó que sus hermosos dedos se cerraban y se abrían en puños.
La miró a la cara. «Dios…», pensó.
Ya era suficiente, él tenía que detenerse.
Peter exhaló bastante aire de nuevo y miró al frente.
—Lo siento —le dijo él, sintiéndose verdaderamente arrepentido. Ambos hicieron silencio. Ella secó la esquina de sus ojos y él, al notarlo, se sintió como una basura—. Eres… Mira, Lenis. —Tragó grueso—. Conozco a George y a Max desde hace varios años, tenemos un vínculo… —Detuvo lo que diría. «No puedo contarte nada todavía», pensó—. Ellos son muy importantes para mí, somos grandes amigos —prefirió decir—. Tú eres importante para ellos también. —Lenis, quien había perdido su mirada en ningún punto en específico, lo miró directo al rostro—. Sé que fui duro contigo, suelo ser así con todo el mundo, pero tienes que entender que es mi trabajo. Ahora… puedo ver por qué Max te contrató, eres buena, eres profesional y leal. Admiro la lealtad. Admiro… Te admiro, debo confesar. No es nada fácil por lo que has pasado y te apoyo. ¿Cómo lo hago? Poniendo a tu disposición lo que conozco y sé hacer. Solo debes aceptarlo. También eres cliente de George y una de las más importantes, tu caso es relevante. Y él… él es un abogado responsable que siempre está velando por la seguridad de la gente a quien defiende.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







