INICIAR SESIÓNUna suave caricia de dedos atravesaba la delicada espalda de Lenis. Más tarde, los labios de George sustituyeron esas yemas, ascendiendo lentamente por todo ese terreno, uno del cual el abogado comenzaba a hacerse adicto.
—Me dijo Peter que Max estuvo aquí. —George dejó que su voz chocara contra la piel de Lenis.
—Así es —respondió ella con la voz ronca—. Vino a traerme trabajo. —Sonrió.
George hizo un sonido extraño, entre tos y carraspeo, pero no detuvo los besos y los toques en la espalda.
—¿Pasa algo malo? —preguntó ella. Se sentía obnubilada, nadie en su vida la había tratado de tal forma, pero pudo percibir que algo sucedía.
—Nada —casi susurró él.
Ella se volteó delicadamente y lo observó, mientras él quedó con medio cuerpo erguido casi encima de ella sobre la cama.
Lenis hizo una ligera señal de sus cejas para invitarle, sin necesidad de hablar, que le contara lo que pasaba.
Él miró su rostro con una leve sonrisa. De vez en cuando se mordía un carrillo, sobaba su labio inferior con la lengua… Ella lo miraba casi de la misma manera, pero evitando sonreír más abiertamente, arrugando los labios, entrecerrando los ojos… Parecía que ambos adoraban el reto de miradas o de pensamientos. O tal vez, de silencios.
—Existe una muy grande posibilidad de que le gustes a tu jefe, querida Lenis. —George miró más abajo. Ella estaba desnuda al completo. Y mientras decía aquello, fue pasando la yema de su dedo índice entre los senos.
Y fue bajando…, llegando a su bonito abdomen y recreándose con el ombligo.
La secretaria suspiró de placer. Estaba conteniéndose. No quería removerse y dejarse llevar tan rápido. Prefería que aquellos roces duraran mucho más.
—Objeción, su señoría. ¿Usted, abogado, está queriendo decir que yo le gusto a quién? ¿Al presidente de una de las corporaciones más influyentes de los últimos tiempos? —Ella se echó a reír en broma—. No juegues con esas cosas, J. Miller. No habla bien de ti estar calumniando a los amigos.
Él no había cambiado su rostro, su pose… El ceño pensativo, la mirada inteligente y calculadora, se mezclaba con diversión e ironía.
—Un hombre poderoso, ¿no es así? —dijo él—. Pero le he informado mal, señorita Evans. No es una posibilidad, es un hecho. Usted le gusta al señor Bastidas. Y mucho. —Hubo seriedad en esas últimas palabras.
La mano de George bajó hasta llegar al lugar más tierno de Lenis, donde se quedó muy entretenida jugando con lo que se topara.
La mujer luchó por no cerrar los ojos. Sus piernas estaban ligeramente cerradas, un tanto apretadas… No se doblegaría tan fácil.
—¿En qué argumentos se basa para tal acusación? —preguntó ella.
Él miró directo sus ojos.
—En la forma cómo le mira, señorita —contestó muy seguro de su respuesta.
—Objeción —repicó ella de inmediato—. Eso no puede ser posible, esas pruebas no son conocidas por la defensa.
Él no pudo evitar sonreír, aunque se recuperó rápidamente.
—¿Por qué lo dice, abogada?
—Es simple y evidente, señor Miller. Ambos me miran distinto. Tú, J. Miller, lo haces de forma distinta a él.
Él sonrió con algo de sorna, una negativa de cabeza también se asomó por allí. Acomodó su cuerpo de manera que sus rostros casi se tocasen. Él sobre ella, labios casi rozándose, alientos chocando…
—No es como usted cree, señorita Evans. —Metió dos dedos bien profundos allá debajo, haciendo que la mujer se arqueara. Por reflejo, ella colocó sus manos alrededor de las muñecas de George, quien se puso serio y penetró sus ojos con una mirada de acero—. Te sientes diferente cuando soy yo quien te mira. Muy distinto a cuándo es él quien te está mirando. Es por eso que no crees lo que digo, porque no lo puedes ver como yo lo veo y como él lo ve.
Lenis separó las piernas dándole todo el acceso al sueño de tales palabras. Echó su cabeza hacia atrás porque George la estaba volviendo cada vez más desinhibida.
En esa pose quedaron mientras se cumplían los minutos de satisfacción. Después, otras poses nacieron, otro tipo de caricias, mientras se dedicaban uno al otro sobre aquella cama. Luego, ya domingo, decidieron algo bueno: quedarse todo el día en el apartamento, consumando así las horas como si fuese tela al viento.
***
La oficina estaba en silencio. Eran las 18:30 del martes. La mayoría de los empleados en el piso de presidencia del consorcio se habían ido a sus casas, a excepción de Lenis, quien había estado concentrada en las últimas horas entre papeleo y documentos que su jefe debía firmar al día siguiente.
Maximiliano se había ido a un compromiso con su madre, por lo que su asistente personal le informó que aprovecharía para finiquitar trabajo rezagado. Para ese día, ella se había ido con unas prendas que había usado poco. Lenis estaba probando nuevos colores, más vivos. Una falda azul rey con una camisa blanca y accesorios dorados, como su reloj de muñeca, y la fina cadena con una pequeña cruz, la única cosa que no quiso empeñar, más unos zapatos de tacón y plataforma al frente color dorado que le daba un aire de elegancia pero a la vez sencillez, así como llevar temprano el cabello suelto, pero a esas horas y sola, recogerlo en una útil cebolla que en vez de regalarle informalidad, le embellecía aún más.
George le había informado que llegaría tarde, lo hizo pidiéndole disculpas por ese hecho. Él había estado pendiente de ella, ya que quedaban pocos días para la primera audiencia con el abogado de Smith y por supuesto, con el propio Jefferson.
El lunes, un día después del maratón de entrega en el piso del abogado durante todo el domingo, fue la primera vez que George inspeccionó de cerca la seguridad de Lenis. Cuando Peter (gracias al viaje que hizo) puso a cargo a su mejor hombre como chofer y guardaespaldas de la secretaria, George no tuvo tiempo de conocer al sujeto, aunque el propio Peter aquella vez le mostró el itinerario de Lenis, una foto del hombre que la cuidaba, un resumen de su biografía y experticia junto a cada uno de los cambios a realizar en el horario laboral, como el de ir lunes, martes y miércoles nada más esa semana que arrancaba.
Quien cuidaba de Lenis era un ex militar, alto, de piel morena y ojos claros, de 38 años de edad quien era apodado T.C (la abreviatura de Tayler Clement). A Lenis no le gustaba sentirse escoltada. Lo agradecía y T.C era profesional y agradable, pero no le gustaba demasiado todo ese protocolo.
Mientras Lenis trabajaba en su escritorio, George, en el bufete, terminaba una audiencia preliminar con uno de sus clientes en la sala de juntas. Él se encontraba junto a su secretaria cuando ella, sentada a su lado, sintió la vibración de un celular sobre la gran mesa de reuniones.
La mujer joven bien vestida, de reflejos grises en su largo cabello y pequeña estatura, miró a su jefe y se dio cuenta que estaba bien concentrado leyendo el informe que acababa de redactar en su laptop.
—Señor Miller, su móvil —informó ella.
Con el ceño fruncido por la concentración, apartó la mirada de la pantalla y miró su celular.
Se inclinó y tomó su móvil, clavando la mirada en él y quedándose congelado al darse cuenta de que era un número no registrado. Por alguna razón no se sintió bien.
La secretaria quedó extrañada porque él no tomó de inmediato la llamada, pero no le correspondía decir nada, se limitó a observarle.
George contestó.
—Diga.
Se hizo un silencio en la línea que no duró mucho.
—Vaya, no se equivocaron. —George se puso serio de inmediato al escuchar aquella voz—. Solo quería corroborar que el número que me han pasado era el de usted, señor Miller.
El abogado sintió cómo su espalda y su pecho se tensaban.
Colocó el celular en altavoz y presionó REC en la aplicación que grababa las llamadas.
—No debió haberse puesto en contacto conmigo, señor Smith, siempre debe hacerlo su abogado; en dado caso de ser necesario, claro está, porque no le encuentro sentido a esta llamada faltando poco para vernos en audiencia.
La secretaria no movió un solo músculo durante toda la conversa.
—No se haga el sordo, abogado. Ya le dije por qué lo he llamado. Cuando deseo saber algo de gran importancia, hago las cosas por mí mismo.
—Entonces, si ya corroboró que era yo, no vale la pena seguir hablando. Nos vemos en unos días. Buenas tardes…
—Me gusta mucho esa pareja que hacen ustedes dos —interrumpió a George, quien estaba a punto de trancar la llamada—. Fue bueno que la haya acompañado ayer a su trabajo. Me gustó eso.
George sintió la presión aumentar. «Así que nos está siguiendo», pensó él.
Sonrió, porque se había extrañado que esa misma noche que fue a entregarle los documentos, Smith no se manifestara. Pensó por un momento que el asesor no haría nada, esa llamada confirmaba lo contrario.
El abogado colocó el teléfono sobre la mesa, buscó el bolígrafo y anotó el número en un post it junto a un mensaje:
“Pídele a Peter que rastree este número”.
El escrito era para su asistente. La mujer asintió, tomó su celular personal y tecleó de prisa en la pantalla.
—¿Qué otra cosa se le ofrece al señor Smith? —preguntó el abogado con un tono que en otras circunstancias, y siendo ellos otras personas, sería de risa.
—Me sorprende mucho que Lisa haya acudido a ustedes y que haya decidido de repente hacerme enfrentar la justicia con su verdadera cara. Una pregunta, ¿su color de cabello también cambiará? Me fascinaba el de antes.
George, lo único que tenía que hacer era mantener la llamada. Aguantaría todo con tal de que así fuese.
—Puede corroborarlo usted mismo en la audiencia.
Se escuchó una risa.
—Tengo que darle crédito a mi esposa, siempre pensé que no sabía de la existencia de los hijastros de Ferit. Me siento engañado, debería denunciarla yo también. —George no se dejaría provocar, no podía permitirse cometer errores garrafales como soltar ningún tipo de información y menos un improperio. Y no solo se trataba de Smith, con todos sus casos era el mismo comportamiento, esa era una de las razones por las cuales aprendió a hacer la perfecta cara de póker y a interiorizar muy bien la reacción ante aspectos o situaciones de la vida, o ante sus propios pensamientos—. Lisa debe sentirse feliz a su lado, señor Miller, es bueno saberlo. Aún me preocupo por ella, aunque usted no lo crea.
George evitó resoplar de forma ruidosa y metió la lengua entre las muelas.
Negó con la cabeza.
«Este tipo está loco», pensó.
Miró a su secretaria y arrugó la cara al ver la de ella totalmente consternada.
La mujer escribió en el post it y lo puso frente a él, pero George no leyó de inmediato.
—Fue un gusto poder hablar de nuevo con usted, abogado. Por cierto, qué bella se ha puesto la señorita Lisa. Se ve espectacular con esos tacones dorados y esa falda azul rey.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







