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Capítulo 48

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-04-10 12:00:00

—¡Max, espera! —Lenis dejó todo intacto en la mesa, casi no había comido por completo, para ir detrás de su jefe, quien se había retirado de la mesa con bastante molestia—. ¡Oye! —Lo atrapó ya subiendo por las grandes escaleras que dirigían hacia las habitaciones de la casa.

Max se volteó y la encaró.

—¿Ahora qué sucede, Lenis? El desayuno se te va a enfriar.

Ella alzó las manos haciendo señas de que no siguiera, que la escuchara.

—Sé que eres un buen hombre. Sé que ustedes tres lo son. Entiendo todo perfectamente, ¡pero debes entenderme!

Maximiliano tomó a Lenis del antebrazo, mirando para todos lados, no quería que nadie más los escuchara. El personal encargado del mantenimiento y del buen funcionamiento de su casa ya había visto y oído demasiado.

Caminó sin soltarla hacia un costado de la escalera. Siguieron rápidamente derecho, luego cruzaron unas puertas, entraron por un pasillo. Después, él empujó unas puertas color caoba y la cerró tras de sí. Lenis casi no logra ver dónde se encontraban, pero en un rápido vistazo pudo darse cuenta que aquella habitación se trataba de un despacho.

El silencio les cubrió, exceptuando por sus aceleradas respiraciones.

—Es preferible que lo que tengas que decirme, me lo digas aquí —dijo él.

Ella miró de nuevo su alrededor y luego a él, asintiendo.

—No quiero que estemos mal. Adoro mi trabajo, confieso que no lo quiero perder. Además, sé lo mucho que actualmente tu consorcio está beneficiando a la gente. Yo quiero ser parte de eso. Me voy, es cierto que ya no quiero estar aquí, pero no quiero que lo malinterpretes ni que pongas palabras en mi boca…

Max dio un paso hacia adelante, atrapó a Lenis por la nuca y la cayó con un beso.

La secretaria se quedó inmóvil.

Sus ojos se habían cerrados gracias al sorpresivo movimiento, pero Max unió más sus bocas, arrastrando sus manos hacia los hombros de ella, suavemente y a la vez, intenso, haciendo presión sobre uno de los labios más sensuales que él haya visto, pero que no se abrían.

Lenis fue despegando sus párpados aún junto a él, anonadada por lo que su jefe había hecho.

Max dejó de besarla y abrió los ojos, escudriñando el gris que le miraba, sorprendido.

El dueño de aquel rincón del mundo despegó sus manos del cuerpo de Lenis, separándose por completo.

—No te imaginas cuántas veces quise hacer eso —susurró Max, Lenis aún no reaccionaba—, pero sé cuál es mi lugar. —Exhaló profuso aire—. Eres increíble, Lenis. Una mujer muy especial. Ojalá puedas perdonar.

Ella cerró los ojos un segundo y al abrirlos, se dio cuenta que él estaba a punto de abandonar el despacho, pero se detuvo.

Sin darse la vuelta, con la mano en el picaporte de la madera, él giró un poco la cara para decirle:

—No pediré un lo siento por el beso. —Abrió la puerta y salió en definitiva, dejándola sola en el sitio con sus lamentos.

***

Lenis se encontraba en el carro de Jacinto, directo al hotel donde se hospedaría por una semana.

Pensó mucho sobre lo que acababa de suceder en la casa de su jefe. No sabía cómo lidear muy bien con ese beso y aquellas palabras. No sabía qué tan incómoda sería ahora la relación de trabajo entre ellos en el consorcio. Solo se podía sentir (y le desquiciaba) cómo si hubiese engañado a George J. Miller, sabiendo perfectamente que no podía ser cierto que sintiera algo parecido.

George, por su parte, se encontraba con Peter en el apartamento del primero, justamente en la terraza, hablando precisamente de Lenis, siempre Lenis, y el plan que parecía irse al garete cada día más.

Otro de los temas que ambos jefes tocaban era el apartamento de al lado. El equipo de Peter investigó a profundidad y los posibles compradores se trataban de una pareja de ancianos que decidieron mudarse a la ciudad como retiro y deseaban hacerlo en uno de los complejos habitacionales más seguros de la metrópolis.

Peter le comentó a George que había investigado todo sobre la pareja, buscando alguna conexión con el administrador del complejo, una persona que ya para ese momento tenía una boleta de reclamo oficial, sumando una de las tres que podrían despedirlo, por no avisarle al departamento de seguridad de la venta online del piso.

El agente, como era lo habituam, tenía sus ojos y la tecnología trabajando encima de la pareja de ancianos, convencido de que ellos eran una pantalla que pretendía cubrir al verdadero dueño, sospechando así las manos de Jefferson Smith metidas en ello, involucrando a un esquirol, que vendría siendo el mencionado administrador.

—Aún no tengo pruebas de que esté involucrado, pero tiene una advertencia y las nuestras llevan peso legal, por delito e incumplimiento de contrato —explicó el rubio y musculoso agente de seguridad, dándole un trago largo a su cerveza.

George hizo lo mismo con la suya.

—¿Tú crees que Jefferson me quiera joder? —preguntó el abogado.

Peter hizo una mueca de no saber.

—Lo que sí estoy seguro es que trama algo. Hoy se fue a la capital, ya no está cerca, pero lo veo todo demasiado ligero. Sabemos que él debe cuidar una reputación, conservar el puesto, así su sistema de corrupción que con ese cargo se mantiene bajo perfil y al ojo público. Es una rata, el hijo de puta, pero Lenis… George, he visto esto en otras ocasiones en mi carrera. Lenis, o Lisa Díaz, más correctamente, es su obsesión. Un sujeto como Jefferson no dejará de tener esa obsesión por ella de la noche a la mañana. Y mucho menos si la tuvo en un determinado tiempo.

»Un año es mucho tiempo, hay hombres que consiguen a esa mujer que tanto anhelan tan solo por unos días y hacen todo el daño del mundo. —George apretó la mandíbula y miró hacia ningún punto en específico del paisaje—. Tenemos que estar bien alertas en todo momento con este tipo. Pienso que Lenis no puede quedarse sola. Y sé que me vas a reclamar, pero a que Max no es mala idea que esté. Allá está segura… Como aquí, pero allá también. El sistema de cámaras es excelente y la casa está alejada de la ciudad per sé. Además, es una fortaleza…

En ese momenro, Peter recibió una llamada.

—Precisamente es Max —informó el agente y contestó.

Escuchó, sin saludar previamente, y arrugó mucho las cejas.

—¿Y T.C? —Max le respondió al otro lado de la línea—. Ya coordino. Pero, ¿qué pasó? ¿Discutieron? —Miró a George, quien ya tenía su rostro alertado y curioso—. Ok, está bien, no te preocupes. Él está aquí conmigo… Ok, bien. Ya coordino, ya coordino. —Y colgó.

—¿Qué pasa?

—Lenis está en un hotel, Jacinto la llevó.

—¿Qué? Pero, ¿por qué? ¿Está sola?

Peter no respondió. En vez de eso, marcó el número de su agente de mayor confianza.

—Cuéntame… —pidió el rubio—. Ok, perfecto. Haz lo que tengas que hacer. Si ves que es inseguro, aunque ella no quiera, te la llevas de ahí. Si de hoteles se trata, ya sabes a dónde la tienes que llevar. —Colgó—. T.C está con ella. Se está hospedando en un hotel del centro.

—¿Pero qué coño pasó? Yo la vi muy férrea en querer seguir quedándose a que Max. A menos que… —George pensó alguna vez, que quizás la idea de querer irse a que su jefe fue para castigarle, darle celos. Desechó ese pensamiento, porque no tenía nada seguro en su cabeza.

—Llama a Max, tal vez a ti te cuente qué fue lo que sucedió —propuso Peter, no quiso decirle que Max y ella al parecer había discutido.

Al teléfono, la voz de Max no era buena, parecía bastante molesto y hasta dolido.

George marcó el número del CEO, quien tardó en responder.

—¿Qué pasó? ¿Por qué Lenis se fue?

—Se quiso ir, George, ¿qué quieres que te diga?

George se levantó, no le extrañaba que Lenis quisiese independencia, pero algo no andaba bien, tenía un presentimiento que quería comprender.

—¿Pero… ustedes están bien? —quiso saber el abogado y cuando Max no respondió de inmediato, sintió algo en su estómago que lo paralizó.

George rascó su frente y esperó la respuesta.

—Sí, no pasa nada. Ella se reincorporará el lunes al trabajo, todo bien —respondió un Max que parecía descontento con cada palabra que salió de su boca.

—Está bien. Bueno…, si ya T.C está con ella, no hay nada de qué preocuparnos. Smith ya agarró vuelo, así que…

Max asintió allá en su casa, pero le regaló silencios a Miller.

—Sí, está bien. Nos vemos, te dejo, debo irme —se despidió Max, colgando de inmediato.

George había caminado tanto, que había llegado ya casi ante las puertas de vidrio, por lo que le daba la espalda a Peter.

El dueño del apartamento bajó ambos brazos con celular en mano, absolutamente pensativo.

Eventualmente, se giró y se regresó a la terraza. Se sentó lentamente y bebió un trago de su cerveza.

—¿Dónde es que ella se está hospedando?

Peter lanzó una ligera risotada sin poderlo evitar.

***

Lenis sintió un toque en la puerta de su habitación y se extrañó bastante. Acababa de llegar a aquel hotel tres estrellas del centro de la ciudad.

Se acercó a la puerta y un alto T.C, con su mirada bonachona de ojos claros, aunque igual de intimidante, le sonrió desde el otro lado del umbral.

—Esto no puede ser —susurró casi para sí la secretaria, aunque el guardaespaldas escuchó, sonriendo aún más.

—No sabía que me era tan solicitado por usted, señorita Evans —ironizó.

—Pasa —invitó, con voz resignada—. Imagino que no viniste solo a cuidarme, sino a llevarme a una de esas jaulas de oro que tus jefes pagan, ¿no es así?

T.C sonrió un poco triste, de medio lado.

—Nada es a la ligera y nadie la obliga a ninguna cosa, señorita Evans. Si no desea irse de acá, está en su derecho, pero como responsable de su seguridad, mi mejor recomendación es que no siga hospedándose acá.

—Mmm, claro, tu recomendación. ¿Y a dónde me llevaría esa “recomendación”? ¿A la casa de Peter, a la tuya?

T.C no toleraba las bromas de mal gusto, pero la entendía.

—A un hotel asignado.

Ella detuvo lo que estuviese haciendo y lo miró.

—Increíble —dijo, con un nuevo susurro.

Ella miró sus cosas. No eran muchas, todo estaba guardado en su maleta blanca, la misma que George le había regalado. Además de una bolsa de un grueso papel y con el logotipo de una tienda que Gladis le había dado, donde pudo guardar un par de zapatos y unas prendas sin lavar, no llevaba nada más.

Se sentó a pensar en su situación. T.C, quien permanecía de pie a un lado de la puerta principal como un centinela, no se iría tan fácil. Lenis se sentía cansada de ir, venir, de lo incierto en su vida y se preguntó de qué huía.

La vibración de un celular se coló entre tanto silencio. El guardaespaldas metió su mano por el interior de su traje de chaqueta y contestó.

—Clement… Sí… Aún no hemos partido, señor. La señorita Evans no… —La voz de T.C se fue desvaneciendo, a medida que la vio acercarse a él.

—¿Es George?

Él asintió lentamente, con el rostro serio y curioso.

Ella elevó una mano y sutilmente pidió que le pasara el teléfono.

T.C no solía hacer tal cosa, pero ella también era su jefa, así que le cedió el aparato.

—¿T.C? ¿Estás ahí?

—Soy yo.

Se hizo un momentáneo silencio.

—Lenis… —El anhelo en la voz de George le hizo cerrar los ojos—. ¿Cómo estás? Quedé preocupado cuando Max me contó que te fuiste.

Lenis se quedó quieta, sintiendo un arsenal de cosas dándo vueltas por todo su cuerpo. En definitiva, el abogado tenía el poder del sobresalto y el deseo arraigados en su ser, influyendo sobre ella sin ningún precedentes.

—¿Qué te contó Max? —Ella tragó grueso y supo que de ese modo le había despierto la curiosidad al abogado.

Luego de un par de segundos, él habló:

—¿Qué tiene que contarme?

Ella se sentó de nuevo al borde de la cama.

—Quiero… sentirme bien con todo esto que me está pasando —dijo ella—, despertarme un día y alegrarme por la vida que llevo, por mis circunstancias. Quiero, brindar con la persona correcta, un nuevo triunfo.

George no dijo nada de inmediato.

Ella continuó:

—Tú me hiciste sentir feliz, George. Había pasado un buen tiempo que no despertaba tan contenta. ¿Por qué tuviste que hacerme eso? —Su voz falseó.

T.C apretó la mandíbula y se retiró hacia el pasillo de habitaciones, dándole privacidad.

—Lenis, yo jamás me había enamorado. —La secretaria sintió que su corazón se salía de su pecho—. Todo lo que sucedió entre nosotros dos en esos maravillosos días fue cierto. Todas las veces que nos besamos, todas las veces que hicimos el amor… —Lenis tragó para humedecer su garganta y calmar su sed—. Lenis, te extraño junto a mí. Sé que esto que te digo no hará que regreses conmigo, pero quiero que sepas cuánto te extraño, cuánto deseo ser esa persona correcta con la que celebres cada uno de tus logros y triunfos.

La secretaria sintió sus mejillas humedecidas. Secó sus lágrimas y carraspeó un poco su garganta.

—Debo dejarte, George. Quiero descansar y devolverle el celular a T.C.

Él asintió como si ella pudiese verlo.

—Claro, sí, por supuesto. —Él entendió claramente su corte de la conversa, sin embargo, tenía que intentarlo todo siempre, sin descanso alguno—. ¿Puedo llamarte ahora más tarde?

—George… —lanzó como un triste quejido.

—Ok, ok, que descanses bien.

Ella colgó sin decirle nada. Se levantó, abrió la puerta y le entregó el celular a su dueño.

—Gracias y disculpa —le dijo a T.C.

Él asintió, guardándose el dispositivo en el interior de la chaqueta.

Ella se dio media vuelta, avisándole que se recostaría un rato, y cerró la puerta de su habitación tras de sí.

Al cabo de unas horas, sin poder conectar con el sueño, tomó sus bártulos, revisó su monedero, desconectó el celular de la corriente, dejó una nota escrita y salió, sigilosa, de aquel hotel del centro.

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