FAZER LOGINMaximiliano miró su reloj de muñeca, medio oculto bajo la manga de su smoking color negro.
La gala benéfica había comenzado, su madre ya había dado el discurso inicial y su abogado, junto a Lenis, no llegaba.
—¿Qué pasó, por qué aún no están aquí? —preguntó él a T.C a través de una llamada.
—Ellos se han detenido a pocos metros del destino. Esperamos coordenadas o algún movimiento.
Max miró su alrededor y a la gente reunida en las mesas redondas dispersas bajo los grandes toldos blancos, inocente de su preocupación.
—Está bien. —Colgó.
Él no se sentía bien, tenía un mal presentimiento. Estaba enterado de todo lo ocurrido en el edificio donde vivían su secretaria y su abogado. Asistió a La Nave para ver la cara de Cindy D’Vigo, una mujer que él había conocido en los últimos momentos como pareja de George. Vio en ella la ambición y la derrota, dos caras que parecían ambas my falsas, porque la mujer se presentaba dentro de la sala interrogatoria como alguien que pronto saldría victoriosa y ese hecho puso a Peter y a Max a pensar en una próxima movida.
Seda, junto a unas personas representantes de un par de organizaciones sin fines de lucro en apoyo a personas víctimas de violencia de género, aún se encontraba sobre el escenario, cuando Maximiliano divisó a Peter en un extremo de la celebración, haciéndole señas con la cabeza para que lo siguiera.
El CEO caminó a su encuentro, empezando a perseguir al rubio musculoso vestido de smoking negro también, quien se alejaba del toldo rumbo al jardín de la mansión.
El sitio lleno de plantas y flores de distintas especies quedaba a un costado de la entrada principal de aquel hogar, donde de igual forma se ubicaba la acera y parte del estacionamiento, lugar preparado para recibir a los invitados de la noche.
Cuando Peter encontró el punto exacto sin demasiada bulla de fondo, un pequeño revuelo a su izquiera llamó su atención, al igual que la de Max.
El vehículo color gris de George iba llegando. El séquito de seguridad, hombres todos vestidos de negro con pinganillos en los oídos, ya se encontraban preparados para recibir a la pareja.
Maximiliano llegó hasta Peter y ambos, el agente y el CEO, no compartieron palabra alguna por presenciar la llegada de sus amigos.
George se bajó del vehículo, lo rodeó, mientras un empleado de la señora Seda abría la puerta del copiloto. Entonces, se acercó a Lenis y extendió su mano para ayudarla a bajar.
T.C ya se encontraba junto a ellos, totalmente alerta, identidificando a su jefe —Peter Embert— desde su posición, asintiéndole levemente con la cabeza.
—Jefferson no se encuentra en la capital —informó Peter—. Ha burlado los sensores, aunque nos percatamos de ello por la ausencia de repotes de nuestro informante allá… ¿Max? ¡Max!
El empresario miró a Peter luego de escuchar su grito.
—¿Qué pasó? ¿Para qué me llamaste?
Peter lo miró, sorprendido.
—¿Es en serio? —Bufó y negó con la cabeza—. Como te estaba diciendo, Jefferson no está en la capital. He reforzado la seguridad. Por favor, está siempre atento, imaginamos que viajó hasta acá.
P.J Harvey con su tema musical Catherine, recibió a Lenis Evans del brazo de su pareja, el exitoso abogado George J. Miller, y casi como se había quedado Maximiliano Bastidas, el público en general, mientras seguían sentados frente a sus mesas redondas de manteles blancos y vajilla de lujo, reacionaron ante la llegada de la pareja. En definitiva, Lenis se veía más hermosa que nunca y el abogado no se quedaba atrás, haciendo suspirar a más de una persona entre el público.
Uno de los encargados de la organización dirigió a la pareja hasta la mesa selencionada para ellos, donde se encontraban algunas personas de la jet-set de la ciudad. Todos se saludaron amenamente, George sabía quienes eran cada quien, aunque en momentos anteriores, solamente conoció en persona algunos pocos, hasta ese momento.
Lenis se sentía un poco intimidada, pero George le confortaba cada minuto sosteniendo su mano, acariciando sus brazos con disimulo, haciéndola reír con chistes, intentando que —si lo distraían con alguna conversación— tenerla en cuenta, haciéndola parte de la charla.
Seda, junto a sus colaboradores sobre el escenario, entregaron reconocimientos a las organizaciones asistentes y dio apetura a la recaudación, indicando los canales para hacerlo a todos los presentes, tras un discurso inspiracional que mantuvo a la audiencia en silencio por varios minutos.
Luego, un gran pastel fue rodado sobre una mesa y llevado por el chef encargado de su preparación, por lo que todos, sin excepción, rodearon aquella tarta de cumpleaños y entonaron la famosa canción, celebrando un año más de vida de Seda Bastidas.
Lenis agradeció haber insistido en ir, a pesar de sentirse con timidez en algunas ocasiones, sobre todo cuando preguntaban cómo ella y George se habían conocido.
Cuando preguntas así surgía, el abogado respondía con la verdad: que él quedó deslumbrado desde la primera vez que puso sus ojos sobre ella en la oficina de su gran amigo Maximiliano Bastidas.
“Siempre la verdad ante todo, Lenis”, le había dicho George en su oído, algo en lo que ella estaba muy de acuerdo, luego de tanto tiempo manteniendo un disfraz para esconderse. Al final, eso mismo que su pareja le dijo en confidencia, le hizo sentir más cómoda consigo misma en aquella celebración.
La ceremonia dio paso al banquete, donde los mesoneros colocaron frente a los presentes platos con exquisiteces saladas y dulces, junto a bebidas con o sin licor, postres, decorados tropicales y femeninos, todo dando alución a la belleza de la mujer, una de las más agasajadas de la noche, aunque quedadó claro desde un principio que cualquier persona víctima de acoso sexual, familiar o de patriarcado debía ser incluído, haciéndole honores también.
Luego de la cena, la cual todos parecían disfrutar, otra anfitriona invitó a los prsentes a acudir al salón de baile, aledaño al comedor y al escenario, espacio semiabierto junto al gran jardín de la mansión, donde una banda versionaba canciones en vivo al estilo balada, con instrumentos de orquesta.
Lenis sonreía con los labios cerrados y la mirada brillosa por lo hermoso que habían decorado el sitio: con luz baja, dejando entrar el delicioso clima exterior, pero sin que el choque entre el salón y el exterior se notase demasiado.
George los posicionó a ambos en la pista y comenzaron a moverse lentamente al son de Camille y Nouvelle Vague con In a Manner of Speaking.
George atrajo a Lenis a su pecho y acarició su espalda, descansando su palma abierta sobre la parte baja, mientras ella rodeaba su cuello con ambos brazos y se miraron, bailando, como si se trasladaran a otro plano donde solo existían ellos dos.
El abogado apretaba la mandíbula porque sencillamente debía aguantarse las terribles ganas de devorarle la boca. Aún más cuando ella, con las mejillas un poco sonrojadas, acercó sus labios a los suyos y rozó de derecha a izquierda y de vuelta, con un toque que parecía amaestrado.
—Estás brillando —le anunció él, haciendo que ella arrugara su nariz y cejas, riendo por lo bajo, lamiento sus labios—. ¿Por qué te ríes? —preguntó sonriendo él también. Acercó su boca al oído de ella y susurró—: Deberías ver cómo la gente queda ciega ante ese brillo.
Lenis exhaló y cerró los ojos, absorbiendo ese nivel de halago al estilo George, sintiédose verdaderamente a salvo en sus brazos y agradeciendo a todas las deidades por permitirle estar con él esa noche.
Recostó su cabeza en su hombro y siguieron bailando —casi sin darse cuenta— otra canción más del mismo estilo musical, sintiendo George, como nunca antes, estar en casa.
A la distancia, en el espacio entre el salón comendor y el de baile, Maximiliano los observaba, serio, con las manos en los bolsillos.
Peter se acercó a él y le dijo:
—Debemos informarle —apuró el agente.
—Espera un momento. Déjalos —comandó el CEO, sin dejar de mirarles.
Peter pensó en un «cómo prefieras», solo emitiendo muecas, mientras se apartaba del lugar para seguir coordinando a su personal de seguridad y sobre todo, seguir recibiendo reportes sobre el paraero del ex esposo de Lenis.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







